Expropiación de YPF, Aerolíneas y Ciccone; millonadas en subsidios, créditos del Bicentenario; participación accionaria en 43 empresas privadas que pasaron de las AFJP a Anses; Aguas, Correo indicarían el avance en la economía estatal administrada por un Gobierno muy atento a quiénes son sus amigos y enemigos.
Por Rubén Chorny

Mario Rapoport
De presidir el ultraliberal Consejo Empresario Argentino, José Alfredo Martínez de Hoz se sentó en 1976 en el sillón económico del Gobierno de facto del general Jorge Rafael Videla. Las principales compañías privadas del país, todas ellas integrantes del extinguido foro libreempresista del ministro designado por la Junta Militar, en ese entonces recibían del Estado fuertes inyecciones de recursos, tanto en créditos como en comercio exterior.
Sociedades como Alpargatas, Acindar, Celulosa Argentina, Loma Negra, Propulsora Siderúrgica (Techint), alternaban en la grilla estatal de los negocios con las públicas Somisa, Gas del Estado, Segba, Aerolíneas e YPF.
La petrolera de bandera era frente al mundo la nave insignia de un Gobierno que había derrocado a la democracia recuperada apenas tres años antes. Todo un símbolo, perdía cientos de millones de dólares diarios, justo en los tiempos en que las colegas de todo el mundo aprovechaban el embargo de la OPEP para embolsar ganancias siderales.
¿Capitalismo de Estado? ¿Estado empresario? ¿Capitalismo de militares y aliados civiles con dinero del Estado limpio de polvo y paja? Desde el Instituto de Investigaciones de Historia Económica y Social de la UBA que dirige, Mario Rapoport, autor de libros que hurgan en la temática, busca en el túnel a través del tiempo un hilo conductor de la recurrencia idiosincrática nacional al tutelaje que, bajo cualquiera de sus formas, fue adoptando el Estado en la economía.
Rememora: “Desde el embargo petrolero y la liquidez que sobre todo EE.UU. volcó en préstamos a los países periféricos, vivimos de crisis en crisis: ya registré 40 en el mundo entre 1970 y 2007, la subprime fue la última. Cada una creó mayores condiciones de desigualdad, mayores problemas en otros países, porque iba rotando en distintos lados, desde el sudeste asiático hasta la Argentina, Brasil etc. La solución que se encontró ya se experimentó con los países americanos en los 70, y lo siguiente fue endeudar a la gente, a las familias y los países para tratar de mantener la demanda, lo cual terminó como terminó, creando una demanda artificial que no aguantó y como no había capacidad de pago, una parte del mazo de cartas quedó a punto de caer”.
Retrocediendo el almanaque hasta los años 30, Rapoport recuerda el fracaso del que venía la economía de mercado dentro de la visión liberal del mundo. Y que algo similar sucedió en los 70. “En aquella oportunidad cuando existía una gran libertad de mercado, surgieron más atentados a la democracia, como la aparición del fascismo y el nazismo, no precisamente porque hubiera un capitalismo de Estado anterior”, previene.

Eduardo Curia
Los años 30
En la Argentina –señala el investigador de origen peronista–, “la intervención del Estado ha tenido, en principio, la finalidad de parar la crisis de los años 30, y ahí sí podemos decir que, en la primera parte, hubo un atentado al principio democrático, porque emergieron Gobiernos elegidos mediante fraude”. Aclara, sin embargo, que “no necesariamente ambas cosas deben estar ligadas”.
A una metáfora floral apela el veterano economista del justicialismo Eduardo Curia, para describir la actual combinación pública y privada que viene gestando el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner: “Veo una especie de múltiples rosas que florecen por diversas circunstancias. No estamos hablando de una articulación muy acabada de sectores definidos y entonces ahí la gestión estatal, directa o indirecta, es simbiótica. El camino aún se va definiendo por accidentes que no comportan un sistema”, describe.
No ve la nacionalización de YPF, que según manifiesta debería haberse resuelto mucho antes inclusive de la “argentinización”, como “un caso abarcador, paradigmático, un clic que derive en un ahora vamos por todo en materia de presencia estatal global”.
En todo caso, insiste Curia, “en la Argentina, cuando uno dice Estado de gestión empresarial me parece que engloba una serie de contingencias. En algunos casos, abarca empresas que tenían que ver con el vector fuerte de las privatizadas en los 90. Entonces las fricciones, los regateos, hicieron decantar algunos pases a la esfera privada, mientras otras permanecían en el porfolio estatal, como Aerolíneas, cuya gestión privada anterior ha sido horrible, o de repente, Ciccone, cualquiera sea el encuadre que se le dé, que fue un tema jurídico controversial que devino en una estatización”.
El senador radical Ernesto Sanz lo pone en otros términos: “Si expropiamos una petrolera para intentar tapar una crisis energética, o una imprenta para ocultar un escándalo de corrupción, no estamos dando señales de confianza, no estamos generando inversiones de largo plazo”.
Y asegura que “el capitalismo de amigos sigue vigente, tanto desde afuera del Estado como desde adentro. Si lo analizamos en términos de grupo de poder, el kirchnerismo creció, se desarrolló y se sostiene en un exitoso modelo de capitalismo de amigos. Si lo vemos como país, como sociedad, es un fracaso”, brama.

Ernesto Sanz
El péndulo
La amplia adhesión popular que tuvieron las privatizaciones en los 90 trocó en mayoritaria aprobación de la participación estatal activa tras la crisis de 2001. Así lo demuestra una reciente encuesta de la Universidad Torcuato Di Tella, desde cuyo departamento de Ciencias Políticas y Estudios Internacionales, Germán Lodola describe que inicialmente se optó por nacionalizar unas pocas compañías donde habían surgido conflictos en torno del nivel de precios y las condiciones de mercado, como Correo Argentino, Aguas Argentinas, Aerolíneas Argentinas y, en menor medida, Edenor, que pasó a manos privadas locales. Empero, destaca la estatización del sistema de jubilaciones y pensiones como la acción más decidida, y la expropiación de Repsol-YPF, como la más audaz.
Según Rapoport, ni aun así podría hoy hablarse propiamente de capitalismo de Estado, sí de una importante intervención en la economía, como la de la época capitalista occidental, comenzando con Roosevelt, siguiendo después de la guerra por los países europeos, en la Argentina y otros lados”.
En la misma dirección, Curia cree que efectivamente la crisis de 2008 “a más de uno le habrá hecho leer a Keynes y su visión del rol estatal reestabilizador del ciclo económico cuando hay un despiporre”. Hasta el Gobierno de EE.UU. participó en General Motors y otras empresas, ejemplifica.
En el caso argentino, señala el economista peronista, “convergen síntesis, secuencias históricas nuestras y un empalme con lo que sucede a escala internacional. No solo se trata de la injerencia del Estado, que es polifacética y la que más me gusta, porque define a través de sus reglas de juego asignaciones preferenciales de recursos que orienta en general la economía, pero que las deja básicamente en manos de la gestión privada, sino que podría haber en nuestro caso una comprensión del Estado que dice no avancemos en la gestión”.

Germán Lodola
Revival peronista de los 40
¿Los influyentes de la Casa Rosada se mirarán en el espejo chino, ruso, de los emiratos árabes o de Venezuela, a la hora de avanzar sobre la economía nacional?
Rapoport lo descarta. Asimila la experiencia chavista, más bien, a la del primer peronismo en cuanto a que se distribuían las divisas generadas en el exterior a través del IAPI, apoyando a otros sectores de la economía. Pero recuerda que lo mismo pasaba con los Gobiernos conservadores del 30, donde las juntas de granos, las de carnes y otras también que intentaban distribuir hacia el sector agropecuario recaudaban las divisas.
“Bueno, todas esas medidas y otras más que se aplicaron en los años 30 y 40 en la Argentina, van en dirección de un capitalismo en el que el Estado toma un rol fundamental claro, o fíjese en la nacionalización del Banco Central, un momento en el que el Gobierno define toda la política financiera y crediticia del Estado. ¿Y a eso cómo lo llamaríamos?”, desafía.
Sanz alerta sobre el particular que “cuando el modelo político depende de las rentas del Estado y no de su calidad de gestión, el capitalismo de Estado es visto como un camino para hacer caja, no para generar eficiencia económica ni desarrollo a largo plazo”.
Luego de aclarar que aspira a que el Estado sea un agente de desarrollo e innovación, como lo ha sido en Inglaterra, Francia, Estados Unidos, o en otros de más reciente industrialización, como Japón y Corea, y lo está siendo en los países con perspectivas de desarrollo, como Brasil, el dirigente radical repudia al que distorsiona con ineficacia y miopía el desarrollo económico de un país. “En todos esos casos, la respuesta es capitalismo con Estado, con más o menos Estado, pero nunca capitalismo de Estado”, sentencia.
Curia también prefiere que el Estado defina más bien con la macroeconomía los grandes criterios de asignación dinámica de recursos productivos, si bien no se declara un dogmático en contra de la gestión directa estatal, “que puede aplicarse y funcionar según circunstancias”.
Explica: “Entre 2003 y 2007, las reglas eran más claras, con los llamados superávits gemelos, que se fueron desdibujando y esto dio lugar a que tuvieran que apelar a aspectos de intervención más direccionada por un tema de corrimiento de las dosis, lo cual se manifestó en el sector externo de la economía y del comercio”.
Pero pone el acento en que, prima facie, con un dólar que se ha abaratado sustancialmente, y siendo los valores internacionales de los productos argentinos comparativamente muy elevados sin la presencia de alguna intervención estatal ad hoc, la producción local y la sustitución de importaciones se tornarían inviables por la descolocación competitiva”.
Como si tomara la posta, Sanz se remite a 2006-2007 para ubicar el viraje del modelo de cuentas ordenadas y tipo de cambio competitivo que se aplicaba. “Se convirtió en predador, ineficiente, poco competitivo y soja-dependiente. Y en ese tren aparecieron medidas de corte populista”, indica.
Estado de bienestar
La corriente que impera actualmente en todo el mundo, de una participación creciente del Estado en las economías producto de la crisis del hemisferio norte que también asoma en los países emergentes, está directamente relacionada con la revisión del Estado de bienestar que surgió a partir de la guerra fría.
Reapareció bajo nuevos odres en 2008, según Lodola, un “Estado capitalista que gestiona la economía (especialmente en sectores estratégicos) sobre bases comerciales”.
Y no necesariamente lo asocia a prácticas autoritarias, porque así como China es “tal vez como el ejemplo más obvio de capitalismo de Estado”, en buena medida también lo son naciones democráticas como Sudáfrica, India, Brasil y Noruega en el área petrolera, y Japón en los 50”.
Indica que este tipo de capitalismo requiere que el Estado sea el propietario de empresas dedicadas a la explotación de recursos vitales para la promoción sostenida del desarrollo.
Rapoport pone el acento en la crisis desatada a escala mundial y en que la mayoría de los argentinos hemos estado de acuerdo en defender nuestra economía. “Me parece absolutamente válido plantear el tema de los dólares y cuidar reservas, en un mundo en el que, primero, la Argentina tiene todavía que terminar de pagar deudas, mientras desde otro lugar hay sectores a los que les importa tres rábanos que, en el caso de abrirse todas las canillas de dólares adquiridos, no solo no se inviertan en el país sino que salgan inmediatamente al exterior. La libertad de mercado no garantiza que, en sí, no se produzcan atentados contra la democracia. Evidentemente descapitalizar el país nos dejaría en situaciones sociales como la crisis de 2001”.
Sanz asevera también que, después de la experiencia del Estado ausente, la sociedad argentina elige al Estado presente, aunque con reservas relacionadas con una definición que está en barbecho: ¿Estado cómo?
“Aquí es donde podemos separar las sociedades exitosas, desarrolladas y con oportunidades de aquellas que carecen de certezas, se sostienen en movimientos pendulares faltos de equilibrio y no permiten vislumbrar certezas a mediano y largo plazo”, plantea.
Tras las bambalinas de la crisis aguarda el gran debate en ciernes: ¿quién será capaz de defender mejor el bienestar social: el capitalismo de Estado o el capitalismo de mercado?

