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En cuyo caso la actividad sufrirá una grave caída en su financiamiento. Y si no se impide por algún medio ese desfinanciamiento, las compañías de energía renovable no van a poder competir internacionalmente.
La preocupación está justificada, pues se estima que los subsidios van a caer de un pico de US$ 44.300 millones en 2009 a US$ 11.000 millones en 2014. Todavía las tecnologías como vehículos eléctricos, energía nuclear y biocombustibles avanzados no pueden autofinanciarse, especialmente si tienen que competir con la resurgente industria de gas natural, cuya sobreoferta ha llevado el precio a su nivel más bajo en 10 años.
Si no hay un cambio de rumbo en Washington la industria de la energía renovable en Estados Unidos entra en un cono de sombra. Hace apenas unos años, se la presentaba como la forma de salvar el planeta y la nación, como la respuesta al peligro del cambio climático, de los altos precios del petróleo y de la declinación industrial del país.
Estados Unidos ha sido hasta ahora el país que más invierte en energía limpia y el segundo consumidor de energía después de China. Juega entonces un papel fundamental en la industria mundial. Ahora, sin embargo, todo indica que la industria se estanca y hasta podría retroceder.
Recortes en otros países
No es Estados Unidos el único país que va en esa dirección. Alemania, Gran Bretaña, España, Italia y otros países europeos están recortando subsidios a las energías alternativas. Incluso China perdió envión a su anterior entusiasmo por los renovables.
Lo que ocurre es que en este momento tan difícil en todas partes crece la presión por recortar subsidios para aflojar la tensión sobre los presupuestos nacionales y las finanzas internas. En Estados Unidos, en particular, el tema está altamente politizado.
El colapso de Solyndra, el fabricante californiano de paneles solares que quebró el año pasado luego de recibir un préstamo del Gobierno federal por US$ 527 millones fue usado por los republicanos como ejemplo del desmanejo de Obama. “Política industrial y capitalismo de amigos en su peor expresión”, denunció Paul Ryan, presidente republicano de la comisión presupuestaria en la Casa de Representantes, refiriéndose al caso Solyndra.
American Wind Energy Association advierte que desaparecerán 37.000 empleos si las facilidades impositivas no se renuevan. Los incentivos estatales, algo menos resentidos que los subsidios, también sufren presiones. A medida que disminuye el apoyo federal, aparecen programas estaduales para amortiguar el golpe, pero ninguno de ellos tiene capacidad para sostener el crecimiento de la industria.
Un análisis retrospectivo que realizan algunos ejecutivos del sector reconoce que la administración Obama cometió dos errores centrales en su estrategia por la energía limpia. El primero fue confundir los objetivos. Creyeron que apoyando las energías renovables, además de crear fuentes de energía más limpia, más barata y más segura se crearían fuentes de trabajo. El problema es que esos dos objetivos a menudo están en conflicto, porque cuando aumenta mucho el número de empleos la energía deja de ser barata.
El otro error del Gobierno fue subestimar el tiempo que habría que suministrar ayuda. Se esperaba que las energías renovables no tardarían en estar en condiciones de competir con el carbón y el gas sin mucha ayuda del Gobierno. Ese día se ha corrido mucho más adelante en el futuro con la revolución que el shale gas ha provocado en Estados Unidos. El shale gas destrabó vastísimas reservas antes consideradas no comerciales gracias a una tecnología nueva llamada fractura hidráulica o “fracking”.
Los costos de la energía eólica y solar en particular habían bajado gracias al progreso técnico y a la inversión en nueva capacidad, y se calculaba que no tardarían en autofinanciarse. Pero la caída en los precios del gas natural tiró por la borda esos cálculos. Los precios de las energías renovables bajaron, pero los del gas bajaron más.

