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Por Miguel Ángel Diez

El argumento es fascinante por sí solo, aunque su demostración no es tan sencilla. Pero corre a lo largo de estas líneas. Estados Unidos –como antes Gran Bretaña– ha sido la potencia hegemónica durante seis o siete décadas.
No más, su poderío económico está golpeado y hasta su capacidad militar comienza a verse disminuida. En simultáneo, más allá de la visibilidad notoria de varias economías emergentes, China ejercita sus músculos y ya es la segunda potencia mundial (si no la primera, como sostienen otros).
Pero además de China está India que avanza con celeridad para situarse en el pelotón de vanguardia, y otros países asiáticos que irrumpen como jugadores, al menos económicos, de indudable peso.
Lo que permite que se hable cada vez con más fuerza de la centuria asiática, o de la hegemonía china, es la insistencia de Estados Unidos –en plena retirada de conflictos regionales en distintas partes del globo– con su visión estratégica de control de los mares que circundan al gigante asiático.
Es muy probable que este siglo no sea de China ni de nadie. Pero lo cierto es que el Pacífico será el centro de gravedad económico del planeta, y Washington –no importa quién gane las elecciones presidenciales– se apresta a usar los recursos y herramientas que adquirió como gran superpotencia, para seguir teniendo la mayor influencia posible.
Tanto China como India pueden convertirse en poderosos actores económicos, pero eso no implica que automáticamente dominen el escenario mundial como le tocó hacerlo a Estados Unidos. Es el fin del mundo unipolar, y la aparición cierta del multipolarismo.
Algunos observadores se preguntan si todos estos esfuerzos, de una y otra margen del océano, tienen sentido. Lo que se avecina es la escasez de recursos básicos y la presión por conseguirlos, para una población mundial de 7.000 millones, que a mitad de siglo puede ser de 9 a 10.000 millones y que en 2100 se estima entre 12 y 15.000 millones.
El capitalismo de los siglos anteriores se desarrolló con productos básicos abundantes y baratos, y con poca población (relativa) en el mundo industrializado. Si hoy los países asiáticos siguen la pauta de consumo occidental e imitan el modelo de capitalismo de los últimos dos siglos, pueden encontrar sus terribles límites en muy pocos años. 5.000 millones de asiáticos en 2050 no podrán consumir como se hace hoy en el mundo que primero se industrializó y desarrolló.
Pero además no todas son rosas en el escenario actual. Aparte de Japón, Surcorea, y estados pequeños como Singapur, la mayoría de los países asiáticos son pobres todavía y con una reducida clase media. Para prosperar, algunos países siguieron las recetas importadas y abrieron sus mercados comerciales y financieros, con amplia libertad en movimiento de fondos. Un camino del que ya hay síntomas de arrepentimiento.
Cuando se advierten las dificultades a enfrentar, en todos los continentes y regiones, la cooperación y los esfuerzos conjuntos parecen más inteligentes que los antiguos planteos militares. Pero tal vez falta un tiempo para lograr que ese concepto se convierta en principal corriente de pensamiento.
La región y el nuevo gran socio
Hay una razón poderosa por la que la Argentina y toda la región latinoamericana deben prestar atención al nuevo escenario en el Pacífico y al notorio deslizamiento de poder desde Occidente hasta Oriente.
Desde 2005 los bancos de China han prestado más de US$ 75.000 millones a América latina. El gigante asiático desplazó a Estados Unidos convirtiéndose en el principal socio comercial de Brasil y Chile. Nada más que en 2010, los bancos chinos prestaron al área más que el Banco Mundial, el BID y el Exim Bank juntos, según un informe académico independiente publicado por la Universidad de Boston.
Los préstamos no siempre son baratos. El China Development Bank, principal actor en la financiación al subcontinente americano, extendió en 2010 un crédito a nuestro país por US$ 10.000 millones a tasa Libor más 600 puntos de base. Ese mismo año, el Banco Mundial nos prestó US$ 30 millones a tasa Libor más 85 puntos de base.
Hay diferentes explicaciones sobre la estrategia china. Para algunos es un mecanismo para asegurarse provisión de commodities a largo plazo. Para otros, desde una perspectiva más ideológica, se trata de que Beijing busca reforzar los lazos Sur-Sur. Para la mayoría, la explicación es que China está comprando influencia con dinero barato.
Cualquiera sea la interpretación, los latinoamericanos no pueden permanecer ajenos a este debate sobre el desplazamiento del poder mundial desde Occidente hacia Oriente, y las previsibles consecuencias políticas y económicas que tendrá este giro.
Guerra fría entre China y EE.UU.
El drama geopolítico que podría definir este siglo será la batalla entre China y Estados Unidos por poder e influencia. Esa incipiente lucha ya plantea difíciles situaciones a los países asiáticos, atrapados entre las dos potencias.
En octubre del año pasado, el senado de Estados Unidos aprobó un proyecto que permitía la imposición de aranceles a los productos chinos. Aunque este brote proteccionista se interrumpa por un tiempo, este clima de confrontación plantea un gran dilema a los vecinos de China.
China es el mayor socio comercial de Japón, India, Australia, Corea del Sur y la mayoría de las naciones en el sudeste asiático. Pero esos países todavía tienen una relación militar muy importante con Estados Unidos. ¿Cuánto tiempo más podrán avanzar en diferentes direcciones los intereses económicos y los estratégicos? No mucho más.
Hasta hace poco, China parecía confiada en que su creciente fortaleza económica atraería inexorablemente a sus vecinos a su esfera de influencia. Es probable que se le haya ido la mano y lo que logró fue crear una alianza anti China, a la que teme y denuncia a la vez.
En los últimos dos años, las disputas marítimas con Vietnam y Japón subieron de tono con choques en alta mar seguidos de fuertes intercambios diplomáticos. India dice que China se está volviendo más enérgica sobre sus reclamos sobre parte del territorio indio. Los surcoreanos también están nerviosos con la relación china con Norcorea.
Muchos temen que las fuerzas nacionalistas y los militares del país estén adquiriendo demasiado poder en Beijing. Una generación más joven llega al poder, educada en la creencia que China ha sido víctima del mundo exterior.
Una interpretación menos tremendista de las acciones chinas es que el país tiene ahora más intereses económicos en todo el mundo, lo cual hace inevitable que gaste mucho más en equipamiento militar y sea más duro afirmando sus intereses. Su economía depende de energía importada, lo cual la hace vulnerable a un bloqueo naval. Sus reclamos sobre el mar de la China meridional parecen lógicos si es que existe la posibilidad de que guarden reservas de petróleo y gas. Eso explicaría su interés y no una actitud agresiva de dominio regional como temen sus vecinos.
Lo más sorprendente, en un año electoral en Estados Unidos, es cómo apenas salida de la trampa en Irak y casi fuera de Afganistán, la potencia estadounidense se embarca en una nueva estrategia bélica en la región de Asia-Pacífico, anunciada formalmente en enero pasado.
Tanto Beijing como el Pentágono se observan y miden sus fuerzas en las aguas del mar de China meridional. Washington aumenta su presencia porque, explica, China está aumentando su poder naval.
Es cierto que en las últimas semanas apareció un nuevo fantasma: la posibilidad de una guerra en Medio Oriente entre Irán e Israel, y tal vez otros vecinos de la región e incluso naciones occidentales, incluyendo a EE.UU.
Pero hasta ese entonces, la gran preocupación estratégica del Pentágono era que China ha invertido tanto en armamento que podría estar en condiciones de disputar el liderazgo de Estados Unidos en el Pacífico. El gigante asiático cuenta ahora con aviones de combate capaces de evadir radares, y también con misiles balísticos anti navales.

El control de mares y cielos
Hay un profundo cambio en las relaciones de poder en la política internacional, que obliga a repensar el papel de Estados Unidos en el mundo. Eso explica la nueva estrategia de defensa de Obama –que llaman Defense Strategic Guidance, DSG, que es el primer paso en el ajuste de un presupuesto de defensa inmenso– con una economía que no lo puede sostener– que por un lado consiste en buscar que otros estados hagan más por su propia seguridad (para que EE.UU. haga menos) y por otro concentrar recursos aéreos y navales (no tropas de ejército) en controlar los mares que dan acceso –y salida– a China.
La nueva orientación atiende a dos circunstancias. La primera es que EE.UU. está en una situación económica complicada con posibilidades de una serie crisis fiscal para el final de esta década. Síntoma evidente de esta crisis es que la producción china de productos industriales superó la de Estados Unidos y representa entre 18% y 19% de la producción mundial. Con respecto al PBI, virtualmente todos los pronósticos económicos coinciden en que, medido por tasa de intercambio mercantil, el PBI chino superará el de Estados Unidos para finales de la década actual.
La segunda es el giro en riqueza y poder del mundo Euroatlántico hacia Asia. A medida que van surgiendo grandes potencias como China y eventualmente India, otras potencias regionales importantes como Rusia, Japón, Turquía, Corea, Sudáfrica y Brasil asumirán papeles importantes en la política internacional. De esa forma, el “momento unipolar” de la post Guerra Fría, cuando Estados Unidos dominaba la escena mundial como la única superpotencia restante, será reemplazado por un sistema internacional multipolar.
En consecuencia, esta estrategia de reducción, “offshore balancing” como la llaman, apunta a dar relieve a ventajas comparativas de Estados Unidos que radican en su poder naval y aéreo, no en enviar tropas a pelear guerras terrestres en Eurasia.
Esos fueron precisamente los temas que dominaron la visita a Washington, hace pocas semanas, de Xi Jinping, el hombre destinado a convertirse en el próximo líder de China. Su prioridad era prestar particular atención al histórico giro en estrategia militar que Estados Unidos está implementando en Asia.
(Durante la visita, el presidente Obama le advirtió que China debe respetar las reglas del juego. El reclamo estuvo fuera de lugar. La frase “todos deben atenerse a las reglas del juego” implica que todos están jugando el mismo juego, cuando no es así. Es como si jugadores de tenis jugaran un partido con jugadores de fútbol y se les pidiera que respeten las reglas del juego. Todos respetan las reglas de su propio juego).
El clima de hostilidad comenzó en 2010 cuando Estados Unidos se ofreció como mediador en las disputas territoriales entre China y algunos de sus vecinos en el mar chino. Desde entonces, Estados Unidos consiguió que Australia le invitara a abrir una base en el norte del país, que brindará una plataforma de entrenamiento para soldados estadounidenses, australianos y posiblemente japoneses. Entre tanto, después de que lo obligaran a retirar dos bases militares en Filipinas en 1992, el país del norte está en negociaciones con Manila para obtener permiso de reaprovisionamiento de sus aviones y barcos en ese país.
El Pentágono ha diseñado un concepto de lucha militar que llama “AirSea Battle” (Batalla Aire Mar) que tiene a China en la mira. Lo presentan como una forma inofensiva de hacer frente a la capacidad militar de otros países pero el título de la doctrina recuerda la estrategia de la guerra fría “AirLand Battle”, desarrollada para hacer frente a los altos mandos del pacto de Varsovia en Europa.
Presupuesto de ambos rivales
El presupuesto militar conjunto de Asia superará este año, por primera vez en tiempos modernos, el de toda Europa. Mientras el gasto desciende en el Viejo Continente, aumenta especialmente en China, enfrascada en un planteo estratégico de dominación del Pacífico, en abierto conflicto con Estados Unidos.
Según el Instituto Internacional para Estudios Estratégicos, no hay duda de que el desplazamiento de poder de occidente hacia oriente no es solo económico. También se da en el plano militar por el aumento en el presupuesto militar asiático.
Con las cifras confirmadas, toda Asia (excluyendo Australia y Nueva Zelanda) gastó US$ 262.000 millones durante 2011, mientras toda Europa se situó en casi US$ 270.000 millones.
A los efectos comparativos, baste recordar que Estados Unidos invirtió US$ 693.000 millones en defensa durante el ejercicio 2010. Si bien anunció recortes por US$ 485.000 millones a lo largo de una década, es evidente que no habrá recortes en los rubros de defensa conectados al Océano Pacífico.
Dentro del Asia, China representa 30% del total del gasto militar. Según los analistas especializados, para 2015 China gastará más en defensa que los principales ocho miembros de la OTAN (excluyendo a Estados Unidos).
Si bien el Pentágono se vio obligado a recortar lo que proyectaba gastar en la próxima década –lo que provocó demoras o cancelaciones en 60 proyectos–, los planes sobre el Pacífico asiático quedaron en pie. Es clave mantener poder aéreo y naval en Asia, de modo que es el ejército el que soporta los mayores recortes.
La marina mantendrá la totalidad de sus 11 portaaviones, que son la principal plataforma para proyectar poder sobre grandes distancias en la región. También invertirá en barcos de guerra y de alta velocidad para operar cerca de las costas (algunos estarán basados en Singapur). Mantiene el proyecto de desarrollar un nuevo bombardero de largo alcance y proyecta ampliar la inversión en submarinos de ataque.
Por su parte, en Beijing se habla de casi duplicar el presupuesto de defensa para 2015. El gasto militar del país –especialmente por compra de aviones caza y equipos– aumenta a razón de dos dígitos desde hace 23 años (con la sola excepción de un año).
Pero analistas del IHS Jane’s Defence (una publicación internacional que brinda inteligencia en defensa y seguridad), calcula que el gasto chino en defensa se acelerará sustancialmente en los próximos tres años, lo cual pondría en duda el argumento de que el presupuesto de defensa va ligado al crecimiento.
Creen, más específicamente, que China gastará US$ 120.000 millones en defensa este año y que eso crecerá a US$ 238.000 millones en 2015, un aumento anual combinado de 18,75% y más que el total de los principales ocho miembros de la OTAN, exceptuando Estados Unidos.
Dos zonas de libre comercio
No es muy conocida, pero existe la Trans-Pacific Partnership (TPP), un área de libre comercio entre países salpicados en el océano Pacífico. En noviembre del año pasado, sin embargo, surgieron de pronto como la iniciativa de liberalización más prometedora desde el estancamiento de la ronda de Doha en 2008 y las conversaciones por comercio mundial. El 11 de noviembre Japón anunció su intención de unirse a Estados Unidos y otras ocho naciones para tratar de negociar un nuevo estándar oro para el comercio libre en la zona económica más dinámica del mundo.
Si ese acuerdo entre 10 países se concreta, cubrirá un mercado 40% más grande que la Unión Europea. Durante la reunión cumbre que se realizó en Honolulu poco después del anuncio de la APEC (Asia-Pacific Exporting Countries), Barack Obama en su carácter de anfitrión del encuentro, expresó su deseo de que el TPP se convierta en la piedra angular del área de libre comercio. Con la Eurozona en problemas, tal vez el centro de gravedad económico del mundo se traslade del Océano Atlántico al Pacífico.
Los 10 países que integran esta asociación son: Estados Unidos, Japón, Australia, Brunei, Chile, Malasia, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam.
Por su parte, China impulsa otro acuerdo de comercio libre en la región y que implica la asociación de las naciones del ASEAN (los países del sudeste asiático), Surcorea y Japón. Al unirse a Estados Unidos, Japón también espera ejercer influencia sobre los estándares en industrias como la del auto eléctrico y la energía limpia, en lugar de ver cómo China impone sus criterios.
Cooperación y rivalidad
“Chindia” es el término con que la comunidad internacional se refiere a los dos países que más han crecido en los últimos años: China e India. La idea de que cualquiera de los dos se pusiera a la cabeza del mundo en el siglo 21 parecía descabellada 20 años atrás.
El peso relativo de Estados Unidos en la economía global está cayendo. En 2003 representaba 32% de la producción global y el mundo en desarrollo, 25%. En 2008 las proporciones se invirtieron. Mientras los peso pesados de la posguerra económica luchan por salir adelante, China e India emergen de la crisis financiera mucho mejor que todos los demás. Lo más notable es la rapidez del crecimiento: en 1989, Chindia representaba 3,3% del PBI mundial; en 2008, 8,8%. En esos 20 años, el comercio entre ellas pasó de US$ 200 millones a US$ 52.000 millones.
A primera vista, parecería que los dos dejaron de lado la animosidad para forjar una sociedad estratégica. Pero más allá de la unidad que China e India parecen haber forjado por el hecho de ser los dos titanes asiáticos en ascenso, la dinámica entre ellos es más de rivalidad que de cooperación.
Ambas tratan de desplazarse mutuamente de zonas ricas en recursos naturales; India acusa a su vecina de inundar su mercado con productos de baja calidad que ahogan sus industrias nacientes y China protesta los préstamos que el Asian Development Bank otorga a su vecina.
India se vanagloria de ser la mayor democracia del mundo (los últimos datos censales muestran que el país cuenta con 1.200 millones de habitantes). Pero no basta disponer de una población descomunal y contar con un eficiente sistema democrático. El mayor reto para los gobernantes es el desarrollo económico y alcanzar un lugar en el podio de las potencias.
En materia de crecimiento el viento sopla a favor del país asiático que en las últimas dos décadas creció a razón de 6% anual. El año pasado parece haber terminado con una expansión de 9,2% y para este año se espera que la cifra sea 8,8%.
En rigor India, al igual que China, requiere semejantes tasas para absorber las enormes masas de población que hasta ahora se encontraban bajo la línea de la pobreza. En el caso de India los pobres, aquellos que perciben menos de un dólar diario, alcanzan a 37%. Las autoridades se apuran a señalar que ello se compara con 51,3% de los años 90 cuando se iniciaron las grandes reformas económicas.
La pobreza no cabe medirla solo en ingresos monetarios. Muchos expertos señalan que el consumo diario de calorías es un indicador más relevante.
La gran vulnerabilidad económica de India es la energía. Alrededor de 75% del petróleo consumido es importado y se calcula que, si mantiene las tasas de crecimiento, en las próximas décadas llegará a 90%.
India dista, a diferencia de China, de ser una potencia mundial. Esto en el sentido de que las decisiones económicas adoptadas por Beijing repercuten en todo el planeta. Nueva Delhi es una potencia regional y gravita con fuerza en Asia.
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Debate sobre el ocaso estadounidense La idea predominante es que Estados Unidos ha perdido su estatus de superpotencia. Hay multitud de artículos y libros, a favor y en contra de esta afirmación. Michael Beckley, en un ensayo que titula International Security, afirma categóricamente que eso no es cierto. El investigador de Harvard presenta datos empíricos y hace un frío análisis de un tema que, cree, está dominado por acalorada retórica. Su principal argumento es que no se puede medir el ascenso de China exclusivamente sobre la base del aumento de su PBI. |

