Por Roberto Bosca* y Juan Francisco Baroffio

Roberto Bosca
No es una fruslería porque esa escucha encuentra su realización en una respuesta metafísica a un mandato primario, eterno y fundamental. Expresado en el “Conócete a ti mismo”, como una condición para poder ser. Este nuevo cumpleaños de la patria nos convoca a conocernos más para ser mejores. Como una unidad que nos hermana en una entraña común.
Los argentinos volvimos a escuchar en nuestro corazón unos sones marciales y a revivir el agitar de banderitas en los niños, pero sobre todo cumplimos otro mandato no menos clamoroso: volvimos a honrar a nuestros padres, a ejercer la virtud de la piedad patriótica. Esta fiesta se vivió en un clima de madurez que puede integrar memorias referidas a una historia compartida. No ha sido un dato menor de la fiesta julia que, después de mucho tiempo, afloró un sentir patriótico despojado de militarismo pero también de un condicionamiento ideológico. En esta ocasión tampoco hubo un grupo de militares, ni un grupo de civiles que organizara un festejo faccioso.
La celebración del bicentenario de la Independencia ha traído nuevamente a la luz, y con una nueva pureza, esta trama existencial. Como una contribución a su entretejido, se reúnen aquí distintas perspectivas que relacionan identidades y las ponen en comunicación entre sí para detenerse en sus consonancias y disonancias. Esa trama es la historia de nosotros mismos.
La pluralidad es hoy un valor incorporado a nuestro canon de convivencia, y en buena hora. La derrota del unanimismo es un signo de madurez de una sociedad. Pero la pluralidad elevada a un objetivo mítico no constituye ningún valor.
Hay que considerar también que la verdad no se consigue por una sumatoria de pareceres contrastantes y menos por un juego dialéctico de tesis y antítesis. Por esto mismo habrá que preguntarse si no estará llegando el momento de repensar la posmodernidad. Si no habría que revisar algo para separar la paja del trigo.
La unidad no es un valor integrista ni constituye necesariamente un signo autoritario o absolutista. Menos se opone en sí misma a la pluralidad. Viva la pluralidad, mientras sirva a la unidad. Nuestra historia nos muestra mediante estos relatos que, antes que como un complemento que enriquece a las partes, hemos vivido la pluralidad como una ruptura. Nos hemos acostumbrado a una dinámica de existencia signada por la confrontación permanente. El ellos y el nosotros. Con distintos rostros y colores políticos, pero siempre la misma dinámica rupturista. No hace falta una aguda inteligencia para percibir cómo de este modo perdemos todos.
De tal modo, el bicentenario de la Independencia es también un momento para mirar reflexivamente el pasado y lanzar una mirada optimista hacia el futuro. Es una invitación a superar el dualismo maniqueo. Aquel 9 de julio de 1816 pudieron dejarse de lado posturas irreconciliables en orden de “(…) investirse del alto carácter de una nación libre e independiente”. Hoy encontramos una ocasión muy propicia para aspirar a cambios actitudinales muy concretos y a encontrar respuestas más maduras que las que hasta ahora hemos sabido darnos para organizar nuestra convivencia social. Cicerón ha sentenciado esta labor sublime: la historia es magistra vitae.
* Roberto Bosca es abogado. Doctor en Derecho. Historiador. Ensayista. Director del Instituto de Cultura CUDES. Profesor de la Universidad Austral. Autor de artículos, ensayos, investigaciones y libros.

