miércoles, 3 de junio de 2026

    Para entender el perfil industrial de la Argentina

    Por Pablo Babini

    El día en que la Argentina comenzó a exportar a Rusia y otros países industrializados paquetes completos de capacitación en tecnologías agropecuarias innovadoras, que incluyen maquinaria agrícola diseñada y construida ad hoc en clusters industriales como el de Armstrong–Las Parejas, en la provincia de Santa Fe, ese día la discusión del tipo River–Boca entre campo e industria quedó definitivamente obsoleta y fuera de lugar. Hasta los más fanáticos de uno y otro bando tuvieron que admitir la existencia del complejo entramado productivo del agro, y su interdependencia con numerosas industrias que posibilitan su actividad y le permiten llevar sus productos al mercado interno y al mundo.
    Sin embargo, el debate sigue, aunque ahora se plantea en otros términos. Porque son muchos los que piensan que la industria propiamente dicha está demasiado acotada por royalties y tipos de cambio, y encerrada en un círculo vicioso marcado por la necesidad de exportar para obtener los dólares necesarios para comprar afuera los insumos cruciales. Lo que sería algo así como agotar el salario en viajes y viandas. O trabajar como empleada doméstica para pagarle a la vecina que le cuida a los chicos durante su ausencia.
    Sin embargo, tratar de averiguar dónde está parada y cuánto “mide” en realidad la industria argentina es una tarea ardua. Primero, porque las estadísticas disponibles (que, como todos sabemos, pueden usarse para demostrar cualquier cosa o todo lo contrario) son frágiles y en algunos casos contradictorias. Frágiles, porque con los niveles habituales de inflación, no solo en pesos sino también en dólares, y la diversidad de tipos de cambio vigentes, cosas tan básicas como el PBI del país pueden variar entre US$ 540.000 millones y US$ 770.000 millones, según quién lo mida y cuándo.
    Y otras, como la incidencia de la industria manufacturera en el producto geográfico bruto (PGB) de la provincia más grande y significativa para la economía, la provincia de Buenos Aires, pueden fluctuar, según se trate de una fuente oficial nacional o provincial, entre 19,8% y 27% para el mismo año. Por otra parte, hay resultados tan erráticos en la serie histórica de ciertos indicadores, o tan desactualizados, que hacen imposible establecer un parámetro razonable. Esta fragilidad de los datos duros se agrava a medida que más actores los utilizan y se va generando un efecto de “teléfono descompuesto”. Dicho lo cual, se tratará de esbozar un retrato razonablemente realista de esta esquiva y desconcertante industria.


    La industria tal cual se ve a sí misma

    Del medio millón de empresas registradas en la Argentina (datos oficiales de 2013), 12% son industrias que ocupan en total a 1,3 millón de trabajadores, de los cuales poco menos de la mitad revista en Pyme. El valor agregado industrial representa cerca de 30% del PBI.
    Los especialistas coinciden en que la Argentina tiene un entramado industrial medio, en el que se destacan, entre otras, la agroindustria, la industria automotriz, la industria farmacéutica, la química y la petroquímica, la biotecnología, las manufacturas de diseño y la industria del software.
    En las encuestas industriales más recientes, 70% de los empresarios dice ser fuertemente dependiente de proveedores extranjeros, porque, o bien utilizan insumos que no se elaboran en la Argentina (la mayoría de los casos), o las versiones locales son de peor calidad y/o más caras.
    Lo curioso es que, cuando el tema es las barreras a la importación, surgen tantos perjudicados como beneficiados por ellas, mientras que a un tercer grupo parecen resultarles indiferentes. Tampoco el tipo de cambio conmueve a todas las industrias, sino solo a poco más de la mitad. Para el resto juegan un papel más negativo los procesos administrativos, los costos logísticos y las retenciones. Cuatro de cada 10 siente la falta de personal calificado en el mercado laboral.


    De patentes poco y nada

    Las convenciones dicen que una medida bastante precisa del desarrollo industrial relativo de un país, es el número de patentes que tramita y obtiene en la Oficina de Patentes y Marcas del Departamento de Comercio de Estados Unidos. La Argentina, como el lector sabe o adivinó, inscribe muy pocas, pero existe una explicación. Gran parte de las patentes conseguidas por individuos son posteriormente vendidas a empresas interesadas en su utilización productiva. Mientras en los países centrales son las empresas locales las que las usufructúan, en los periféricos, los inventores suelen vendérselas a industrias… de los países centrales. Parecido a lo que sucede con los jugadores de fútbol.
    En 2008, de las 45 patentes de invención otorgadas en Estados Unidos en las que al menos uno de los inventores residía en la Argentina, solo 10 fueron obtenidas por empresas radicadas en nuestro país, según información del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) publicada en 2009. El magro resultado tiene relación directa con los bajos niveles de inversión en I+D por parte de las empresas argentinas, ya que sin la presencia de una estructura industrial capaz de recibir las creaciones y transformarlas en productos, el sistema de innovación se queda en mero exportador de ideas.
    También suele ocurrir que la innovación se expresa en la forma de mejoras de procesos industriales que simplemente se adoptan e incorporan para aumentar la productividad y la competitividad, sin interés por compartir con otros ese conocimiento.
    Otro elemento a tomar en cuenta es que muchas industrias, especialmente Pyme, han operado durante años con una orientación casi exclusiva hacia el mercado interno. Cuando se animaron o se vieron obligadas a “internacionalizarse”, ya fuera porque la competencia externa había invadido el mercado local y no les quedaba otro remedio, o bien para expandirse, buscaron socios en los países vecinos, que tampoco están inmersos en una cultura del patentamiento, o se aliaron con sus principales rivales locales para salir al exterior, constituyendo los famosos grupos exportadores alentados por instituciones como Fundación Bank Boston, que estaban de moda en los primeros años 2000.

    La economía vista desde afuera

    Por la complejidad de su economía, la Argentina está en el puesto 53 entre los 124 países evaluados en 2013 por The Observatory of Economic Complexity (OEC), del MIT. Nuestro país está precedido por Uruguay y figura delante de Colombia y Brasil. Los tres primeros en el ranking son Japón, Suiza y Alemania. Estados Unidos está en el puesto 11, Francia en el 13 y China en el 22. El índice considera la multiplicidad del conocimiento útil embebido en una economía, medido a través del mix de productos que ese país está en capacidad de hacer.
    El OEC aporta su propia determinación del PBI argentino (US$ 609.000 millones en 2013) y del PBI per cápita (US$14.700).
    De algún modo, el indicador del MIT no hace más que confirmar lo que todos sabemos: que la Argentina tiene un nivel de desarrollo intermedio, más cerca de los primeros que de los últimos pero lejos todavía del tercio superior.
    Hay dos características que ayudan a entender nuestro perfil industrial. La primera es que la mayoría de las grandes empresas y de las marcas industriales activas en la Argentina son de origen y capital foráneo. En consecuencia, las decisiones estratégicas en materia de radicación de plantas, ampliación de la capacidad instalada, inversiones y menú de productos a elaborarse en el país se toman y se aprueban afuera. Por esta vía la Argentina perdió (y en algunos casos ganó) terreno frente a Brasil, cada vez que las casas centrales tuvieron que optar entre Buenos Aires, Córdoba, Rosario o San Pablo.
    La segunda característica es el buen nivel de educación de la fuerza laboral en todos los segmentos. Este factor, combinado con las dificultades financieras y operativas por las que han atravesado en épocas recientes los emprendimientos industriales locales, y dada la naturaleza de la globalización, se traduce frecuentemente en la extranjerización de empresas y hasta de sectores económicos completos.
    La contracara de la figura son las actividades de alta complejidad que emergen como puntas de iceberg de la medianía. Maradonas o Messis con las que nuestro país asombra al mundo en campos novedosos y sofisticados.

    Estrellas en el firmamento industrial

    La industria número uno en este capítulo es la estatal rionegrina Invap (contracción de Investigación Aplicada S.A.), fundada por el Estado en los años 70 como “fábrica” al servicio de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y que, tras una performance superlativa en materia nuclear en la década de los 80, se diversificó y hoy diseña y produce, apoyada en proveedores locales, desde reactores nucleares hasta satélites artificiales, pasando por radares para la aviación civil y comercial y para la defensa, y equipamiento médico de alta tecnología. Además de haber sido clave para la implementación de la Televisión Digital Abierta.
    El primer reactor construido íntegramente por Invap fue el Reactor Argentino RA–6, inaugurado en 1982 en Bariloche, y que hoy es operado, mantenido, reformado y reparado en su totalidad por el personal de operación, que incluye a los estudiantes de física e ingeniería nuclear que cursan en el mundialmente reconocido Instituto Balseiro.
    “El RA-6 tuvo un rol estratégico en impulsar a la Argentina como país exportador nuclear”, destacan en Invap, pues “allí se han formado expertos extranjeros que hoy son autoridades nucleares de otros países y potenciales socios o compradores de tecnología argentina”.
    Invap diseñó y construyó reactores nucleares para Perú, Argelia, Egipto y Australia, donde la empresa argentina fue seleccionada en un concurso internacional en el que derrotó a los grandes fabricantes del primer mundo. Este reactor de investigación, uno de los más poderosos y complejos del mundo en su especialidad, inaugurado en 2007, constituye la mayor exportación de tecnología “llave en mano” de la historia argentina.
    Si en esta industria de punta Invap es uno de los contados proveedores globales, en otra tanto o más especializada, la industria satelital, es la única empresa latinoamericana con capacidad de generar proyectos completos (desde el concepto de la misión hasta la puesta en órbita del satélite y su operación, exceptuando el lanzamiento).
    Cuatro satélites diseñados y construidos por Invap están en órbita, entre ellos dos geoestacionarios de comunicaciones, el Arsat-1 y el Arsat-2, destinados a cubrir posiciones en las bandas de frecuencia asignadas a nuestro país por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) y que permitirán al Estado explotar un recurso estratégico mediante la comercialización de servicios de comunicaciones de alto valor agregado en telefonía, datos, Internet y TV.
    Invap es también la única empresa en Latinoamérica que desarrolla radares secundarios para el control del tránsito aéreo.
    En la punta del iceberg de la alta tecnología y la alta especialización, la Argentina ha dado otras muestras sorprendentes, como la obtención de hormona para el crecimiento humano a partir de la leche de vacas clonadas transgénicas, un logro de BioSidus. O los tubos sin costura y las conexiones premium con las que Tenaris se convirtió en líder global en la industria de la energía. Otro producto de la investigación y el desarrollo local es el avión militar argentino Pampa III, versión moderna del entrenador avanzado IA–63 Pampa (1984). Las primeras 40 unidades salidas de la Fábrica Argentina de Aviones (Fadea), en Córdoba, están destinadas a capacitar a pilotos militares y a realizar misiones tácticas. El aparato incluye las más modernas tecnologías en simulación de combates y presentación de datos, y aumenta la participación de la industria nacional en el proyecto original, ya que parte de los componentes de origen extranjero han sido reemplazados por otros fabricados por Pyme locales.
    La sustitución de importaciones también se está llevando a cabo en el polo tecnológico de Tierra del Fuego, que funciona como una gran plataforma de ensamblaje de celulares y otros electrodomésticos de media y alta tecnología, y que ahora tiende a la integración creciente de componentes de fabricación nacional, como cargadores, cables de datos, baterías, packaging, microtornillos, aplicaciones de interés público y mecanismos anti-robo del aparato.


    En busca de la excelencia

    Otros dos fenómenos de excelencia se destacan en el panorama industrial actual. Uno de ellos es la paulatina reorientación de la investigación científica hacia la aplicación productiva, que tiene un claro ejemplo en la actividad de la compañía rosarina de biotecnología agroindustrial Bioceres, que utiliza múltiples plataformas tecnológicas para desarrollar y comercializar productos. Bioceres fue puesta en marcha en la década pasada gracias a la conjunción de esfuerzos públicos y privados que incluyeron a Conicet y el grupo Los Grobo.
    El segundo fenómeno es el surgimiento de una vigorosa industria cultural, que abarca desde la jerarquía de los videojuegos argentinos y sus constructores, cuyos servicios son requeridos por clientes internacionales como Disney, hasta la consagración de la industria cinematográfica local como una de las cinco más destacadas del mundo por la creatividad, la calidad y la terminación de sus productos.
    Paralelamente, la industria del software y los servicios informáticos se convirtió en pocos años en una de las más promisorias. Tras un crecimiento continuado entre 2004 y 2014, la Argentina se posicionó como líder en Latinoamérica. Las exportaciones del sector aumentaron a un ritmo de 15% anual, hasta totalizar US$ 891 millones en 2014, y los trabajadores de esta industria pasaron de 26.000 a 77.400 en el mismo período. A la fecha es, según los analistas económicos, una de las que exhibe mayor potencial de crecimiento, junto a industrias tradicionales como la farmacéutica y la de los alimentos, y a tres industrias “pesadas”: infraestructura, petróleo y minería, que merecen un comentario aparte.
    En estos tres últimos casos hay factores políticos en juego, ya que dependen de inversiones acotadas fuertemente por decisiones estratégicas que el país debe tomar o dejar de tomar. Especialmente en el caso de la minería, donde se contraponen un enfoque desarrollista y otro ecologista, apoyados respectivamente en el valor económico de la producción y la creación de puestos de trabajo, por un lado, y en la preservación del ambiente natural y la salud de la población vecina a los yacimientos, por el otro.

    Manufacturas e infraestructura

    La industria manufacturera representa hoy casi 20% del valor agregado de la economía y se consolida como pilar del crecimiento. La industria de bienes de capital y la metalmecánica en general se han mostrado muy dinámicas en los años recientes. Entre los segmentos con mejor comportamiento figuran también los astilleros, la aeronavegación, determinadas producciones de la industria plástica, bebidas, química, gráfica, y sectores no tradicionales como la electrónica, las energías alternativas y/o renovables, y la biotecnología. La recuperación de grandes astilleros tradicionales y la presencia de un mayor número de fábricas de embarcaciones livianas, sumadas a la reapertura de la carrera de ingeniería naval y de la tecnicatura en construcciones navales, hicieron que el sector triplicara su actividad en poco más de 10 años y cuadruplicara sus exportaciones.
    La infraestructura, ese caballito de batalla de los años 90, sigue siendo una asignatura pendiente. Primero, por su naturaleza, ya que se trata de algo que hay que actualizar y modernizar permanentemente. Pero además porque, entre los cambios estructurales que tuvieron lugar dos décadas atrás, algunos, como la renovación de las telecomunicaciones, resultaban indispensables, mientras que otros, como la eliminación de ramales ferroviarios y el descuido absoluto de la hidrovía (río Paraná), volvieron hegemónico el autotransporte de mercaderías. Sumado a esto el violento despegue de la industria automotriz, el resultado es deficitario.
    Entre 2006–2014 las redes viales crecieron solo 6%, mientras el parque circulante aumentaba más de 40%. Hoy se transporta por camiones más de 80% de la mercadería, cuando resultaría mucho más barato hacerlo por ferrocarril o por barco.
    En materia ferroviaria, si bien se recuperaron trayectos, el trazado sigue amputado y el estado de las vías es malo. Tampoco los puertos, los canales de acceso y las vías navegables están en condiciones adecuadas para recibir a barcos de gran porte.
    Los consultores estiman que se requieren inversiones de no menos de US$ 9.000 millones para ampliar y mejorar los actuales 10.000 kilómetros de redes troncales y comunicar a los principales nodos productivos del país, y de hasta 5 puntos del PBI (unos US$ 30.000 millones) para realizar una tarea más completa en los sectores de energía, transporte y logística y comunicaciones.
    El nivel de inversión pública y privada en todas las áreas de la economía estaba en 2013 en el orden de 18% del PBI, después de haber superado 20% en los últimos años del ciclo positivo.
    La inversión extranjera directa (IED) marcó un récord de US$ 12.116 millones en 2012, al que llegó por el incremento de la capacidad productiva de las empresas extranjeras radicadas en el país, el ingreso de nuevas firmas internacionales y la apertura de nuevas plantas, más que a través de fusiones y adquisiciones. Ese año España fue el origen de 20% de la IED, y Estados Unidos aportó otro 19%. Luego figuraron Holanda (9%), Chile (7%) y Brasil (7%). 38% del stock total se orientó al sector manufacturero (17% al petrolero; 10% a las industrias química, del caucho y del plástico; 6% a la industria automotriz, y 5% a la de metales comunes).

    Energía y autoabastecimiento

    La Argentina es el cuarto país en términos de recursos no convencionales de petróleo y el segundo en gas en el mundo. Entre 2004 y 2014, la demanda de energía se incrementó a 2,7% anual mientras la producción caía alrededor de 20%, lo que condujo a la pérdida del autoabastecimiento en 2011. El déficit comercial energético alcanzó en 2014 los US$ 6.198 millones, pero este año se reduciría abruptamente a unos US$ 3.600 millones debido a la baja de precios generada por la mayor producción saudita y la restricción de la demanda china. La contracara es que el derrumbe de los precios internacionales afecta las inversiones.
    En cambio, gracias al impulso de YPF y el programa Gas Plus, se observa una recuperación en el caso del gas, lo que redunda en una mayor disponibilidad para la industria y beneficia a la petroquímica. También el estratégico sector de la refinación de petróleo está experimentando una expansión.
    En cuanto a la exploración, la inversión existente, realizada principalmente por YPF, se concentró en Vaca Muerta y la cuenca neuquina, lo cual resulta a todas luces insuficiente.
    Más importante que esta cuestión coyuntural es el hecho de que la Argentina cuenta con los recursos necesarios para recuperar el autoabastecimiento en un período de ocho a 10 años, en el cual la producción de crudo podría crecer 40% y la de gas algo menos de 30%, siempre que se realicen las inversiones necesarias en exploración y explotación y se revisen las barreras comerciales y administrativas vigentes.
    En minería, hay proyectos que podrían impulsar las exportaciones hasta los US$ 8.000 millones hacia 2020, todos ellos en provincias de escaso PBI. Su factibilidad depende, como se dijo, de lo que ocurra con las trabas a la prohibición de la minería a cielo abierto. Las compañías mineras interesadas en invertir se quejan, por otra parte, de la presión tributaria (38% del valor agregado), a la que comparan con la que se ejerce en Chile (20%) y en Perú (12%).
    La Argentina está cuarta en el mundo en reservas de cobre y litio y es uno de los 10 países con mayores reservas de oro y plata.

    La tracción automotriz

    La recuperación económica iniciada entre 2002 y 2003 tuvo a la industria automotriz como “locomotora”. En la actualidad, el sector representa más de 7% del valor agregado y del empleo industrial de manera directa; aporta 40% de las exportaciones industriales totales, y es el núcleo de la integración comercial con Brasil (destino actual de casi 80% de los vehículos exportados).
    En 2014, a tono con la recesión imperante en el país vecino y la contracción del mercado local, la industria automotriz redujo fuertemente su nivel de actividad (la producción bajó en un año de 791.000 vehículos a 617.300), arrastrando en su caída a la fabricación de caucho y plásticos.
    Una salida obvia para esta coyuntura de la industria es la diversificación del comercio exterior, cosa que comenzará a darse en 2016 cuando aumenten un 60% las exportaciones extrazona a raíz de la maduración de proyectos en curso.
    Las exportaciones automotrices argentinas cuentan con reducidos insumos nacionales (entre un cuarto y un tercio del total de piezas y partes) y prácticamente nulas inversiones en I+D. Pese a lo cual se trata, según los analistas, de un sector bastante sofisticado.

    Caminos hacia el desarrollo

    Un debate menos obsoleto y mucho más interesante que el de campo versus industria, es el que rodea a la búsqueda de un modelo de desarrollo para la Argentina. Hay quienes sostienen que el país debe concentrarse en la creación de valor en su industria básica, la de la alimentación y por extensión en la agroindustria, y dedicarse a vender productos sofisticados, como por ejemplo alimentos para celíacos, desarrollar cadenas como las derivadas del complejo sojero y enfatizar en los bienes tecnológicos elaborados en el laboratorio que es la pampa argentina: fertilizantes, maquinaria agrícola, biotecnología. Es lo que piensa, por ejemplo, Lorenzo Sigaut Gravina, economista jefe de la consultora Ecolatina.
    Otros, como Daniel Schteingart, coordinador del departamento de Desarrollo Económico Comparado de SidBaires, y Diego Coatz, economista jefe del Centro de Estudios de la UIA, sostienen que la Argentina no puede aspirar a convertirse exclusivamente en un innovador en base a los recursos naturales, al estilo australiano, porque su capital natural per cápita es casi cuatro veces menor. Ellos sugieren, en cambio, un modelo combinado, que potencie los recursos naturales y a la vez diversifique la matriz industrial, de modo de contar con sectores industriales que permitan generar encadenamientos que consoliden diversos tipos de bienes de capital, como maquinaria agrícola, maquinaria para la industria procesadora de alimentos y maquinaria para la minería, y también fertilizantes, pesticidas, biotecnología y servicios de alta complejidad, mientras se escala y agrega valor en las cadenas agroalimentarias exportando alimentos con marca país.
    Como sea, la industria de los alimentos, compuesta por la producción de carnes rojas, blancas y lácteos, y la molienda de cereales y oleaginosas, sigue siendo la mayor fuente de recursos de la economía argentina.

    Industria y comercio exterior

    En 2013 la Argentina exportó por US$ 76.300 millones e importó por US$ 73.100 millones.
    Las principales exportaciones se originaron en el sector alimentos: harina de soja (US$ 10.700 millones, 14% del total), maíz (US$ 5.350 millones) y aceite de soja (US$ 4.340 millones), y en la industria automotriz: autos (US$ 4.160 millones) y camiones (US$ 4.150 millones).
    El comprador número uno fue Brasil (US$ 16.300 millones), seguido de China (US$ 5.570 millones), Estados Unidos (US$ 4.430 millones), Chile (US$ 3.600 millones) y Venezuela (US$ 2.190 millones).
    Lo mayores importaciones en 2013 fueron: autos (US$ 7.170 millones), gas de petróleo (US$ 5.010 millones), refinado de petróleo (US$ 4.770 millones), piezas y repuestos (US$ 4.100 millones) y teléfonos (US$ 2.570 millones). Las compras se realizaron principalmente en Brasil (US$ 16.300 millones), China (US$ 5.570 millones), Estados Unidos (US$ 4.430 millones), Chile (US$ 3.600 millones) y Venezuela (US$ 2.190 millones).

    Un comentario final

    La industria argentina no es muy joven ni tan débil, pero sigue siendo un capítulo abierto. El contexto internacional y las medidas macroeconómicas la condicionan, aunque sin ponerla totalmente en riesgo. Si cualquiera de estos factores, o ambos, la ayudan, experimenta promisorios despegues.
    Sin embargo, el espíritu innovador está presente solo en algunos nichos. La mayoría de las industrias vive inmersa en la puja sectorial y rehuye las apuestas. La desconfianza es el pretexto que algunos utilizan para no salir de la medianía. Como en el fútbol, no alcanza con unos pocos Maradonas o Messis si no hay un equipo dispuesto a acompañar y a ganar.

    Fuentes: Banco Mundial, Centro de Estudios para la Producción (CEP) del Ministerio de Industria, Ministerio de Relaciones Exteriores (Invierta en Argentina), Ecolatina, ABECEB, ADEFA, estadísticas provinciales, Boletín Informativo Techint, CAME, Centro de Estudios de la UIA, CGE, Invap, Censo 2010, The Observatory of Economic Complexity (OEC), INTI, Instituto Nacional de la Propiedad Industrial (INPI), INDEC, Capítulo Buenos Aires de la Sociedad Internacional para el Desarrollo (SIDbaires).