jueves, 2 de abril de 2026

    Los integrantes del 2005

    La revisión
    crítica de la década pasada está cargada de objeciones.
    Hay sin embargo un beneficio que no debe ser subestimado. Durante mucho
    tiempo la economía argentina convivió con el fantasma de
    la indexación. El gran legado de los años "90 es que
    contribuyó a desarraigar esa noción. Hemos tenido devaluación
    y la temible indexación no apareció y el nivel de la inflación
    es realmente moderado.
    Del mismo modo, la mayoría de los economistas sostenía que
    el país no podía tener política monetaria sin embargo
    es lo que hemos tenido durante los últimos tres años, gusten
    o no sus resultados. El debate se ha trasladado de la imposibilidad de
    política monetaria a cuáles son los términos más
    convenientes.
    Los dos grandes interrogantes para este año son el nivel de inflación
    y el comportamiento del sector externo. Hay temor de un rebrote inflacionario,
    y por otro lado, se observa un aumento en el nivel de las importaciones.
    Si éstas -aún cuando fueran necesarias- crecen demasiado,
    peligra el superávit de la cuenta corriente. La respuesta simple
    es que hay que acometer con decisión el crecimiento de las exportaciones
    para generar divisas genuinas.
    Inexorablemente, a medida que aumenten las ventas externas -especialmente
    a Brasil- el precio interno de los alimentos se alineará con el
    precio de exportación, provocando creciente presión inflacionaria.
    Puede resultar paradójico, pero para el equipo económico
    la mejor resolución del default y la normalización de la
    deuda externa, no sería un altísimo porcentaje de adhesión.
    A mayor éxito, corresponderá mayor llegada de capitales
    extranjeros. En esa hipótesis no habrá mecanismo de esterilización
    suficientemente eficiente como para impedir que se aprecie el tipo de
    cambio.
    Las tres herramientas que utiliza hoy el gobierno para mantener elevado
    el tipo de cambio son: la regulación de ingreso de capitales de
    corto plazo; la compra de reservas en divisas por el Banco Central (que
    podrían recalentar la economía); y la existencia de un importante
    superávit fiscal. El Estado podrá comprar más dólares
    con sus ahorros. Pero en un año electoral, es probable que el superávit
    no sea tan importante como en los últimos tiempos.
    El núcleo duro de la política económica de Roberto
    Lavagna requiere un tipo de cambio alto para asegurar el nivel del superávit
    fiscal. Del mismo modo, ese superávit garantiza que el tipo de
    cambio seguirá alto. Si logra un significativo crecimiento de las
    exportaciones, gana. Si no, se entra en zona de riesgo conocida.

    ¿Es
    posible un
    colapso del dólar?

    Como decía
    Ferns: "Que una dívisa se deprecie es bueno hasta cierto punto.
    Más allá, puede ser un desastre". Varios expertos temen
    que el límite esté peligrosamente cerca: el dólar
    se ha deteriorado 16% ante las monedas de sus mayores socios.
    H. S. Ferns era un economista inglés, experto en el patrón
    oro británico y sus vaivenes durante el siglo XIX, hasta la Gran
    Guerra. Su tratado sobre los nexos entre el sistema y la Argentina -como
    abastecedora clave de alimentos al Reino Unido y prestamista clave para
    su banca desde 1821- sigue tan vigente que algunas universidades norteamericanas
    lo tienen como libro de texto. En verdad, varios de los problemas que
    vulneraban al patrón áureo hasta los acuerdos de Bretton
    Woods (1944) afectan hoy al "patrón dólar".
    En realidad, el dólar ha pasado ya por dos crisis "clásicas"
    (1968/9, 1992). La primera ocasionó el colapso del sistema de Bretton
    Woods (1971) y de la convertibilidad oro/dólar. Dado que en BW
    había dos patromes (oro entre los grandes bancos centrales, dólar
    para el resto del mundo), la desaparición del primero le restó
    al esquema su pata más sólida.
    Muy bien, y ahora, ¿qué ocurre? Que, como sucede en toda
    fase inestable, algunas teorías fallan. Para el caso, la que prescribe
    que, al correr el tiempo, un dólar barato les permitirá
    competir a los bienes y servicios que exporta Estados Unidos. Ello no
    está pasando. Por otra parte, la combinación de déficit
    comercial, fiscal y de pagos externos puede llevar a una baja ulterior
    y un auge incontrolable de tasas. Vale decir, los ingredientes de una
    intensa recesión en la segunda economía del mundo.
    Precedentes abundan. En los últimos quince años, crisis
    en economías desde México hasta Tailandia, pasando por Gran
    Bretaña -el ataque de 1992 contra la libra, montado por fuertes
    especuladores y fondos buitres-, hicieron que pasaran rápidamente
    del crecimiento a la recesión. En este momento, Estados Unidos
    sigue atado a un crecimiento lento, basado en la deuda pública
    y privada.
    "Somos cada día más vulnerables a un freno súbito
    en flujos de capital financiero y cede la inversión externa directa",
    señala Barry Eichengreen, historiador económico de Berkeley.
    "Ésa fue la ruina de mercados emergentes y periféricos
    a través de los años. Podría suceder en EE.UU."
    No ocurre, todavía.
    Pero, ¿podría pasar?… En una crisis local, los inversores
    externos se deshacen de bonos y acciones, temiendo una depreciación
    ulterior. No obstante, tasas de interés a largo plazo y títulos
    federales -se mueven en sentido opuesto- casi no se han movido en todo
    2004. Es más: repasando crisis mundiales, parece que EE.UU. tuviera
    bastantes factores en su favor para eludir la crisis. Al mismo tiempo,
    empero, la magnitud de los desequilibrios que afectan al dólar
    carece de antedecentes en la historia del capitalismo, por lo cual una
    crisis no debiera ser descartada.
    Existen contrates en principio favorables con la última crisis
    cambiaria que involucró al dólar, la 1977/9. En quince meses,
    la divisa referencial cedió 16%, ante una canasta selecta de monedas,
    en un trasfondo de escaso crecimiento y auge de precios petroleros. La
    potencia saltó de superávit a déficit comercial,
    pese a un dólar tan barato, cuya debilidad -de paso- llevó
    de 6 a 8,2% la inflación anual a precios minoristas.
    Desvelado por la caída del dólar, el gobierno de James Carter
    lanzó en noviembre de 1978 un paquete de apoyo a la moneda. Tesorería
    apelaría a ventas de oro, emisión de deuda externa y al
    Fondo Monetario Internacional -cuando todavía era un agente activo-
    para parapetar al dólar. La Reserva Federal aumentó un punto
    la tasa básica.
    El dólar se estabilizó, pero continuó débil
    y, hacia fines de 1979, la inflación alcanzaba 10%. Seis meses
    después, Clinton nombraba a Paul Volcker -un republicano- al frente
    de la RF. Éste decidió que hacían falta medidas drásticas
    para acabar con la inflación. Desde octubre, empezó a sofrenar
    la oferta monetaria, o sea promovió un fuerte aumento de tasas.
    Esta estrategia redujo la inflación, pero el país sufrió
    la recesión más pronunciada desde los años ´30.

    A partir esa crisis y la que, en 1992, azotó a algunas monedas
    europeas, quedaron en claro ciertos factores, descriptos por los econometristas
    Nouriel Rubini y Braddock Seltzer (universidad de Nueva York). Catorce
    crisis en mercados emergentes y periféricos -de la mexicana, 1994,
    a la brasileña, 2002- mostraron el papel detonante de los altos
    déficit en cuenta corriente y/o presupuesto, su financiamiento
    vía capitales especulativos externos e incertidumbre política.
    Eso permitió esquemas tan ruinosos como el de Nicholas Brady, que
    enriquecería a las bancas para las cuales operaba ese funcionario.
    ¿Por qué? Porque el FMI ya no servía como prestamista
    externo de última instancia. Tampoco existe un prestamista externo
    de última instancia.
    Naturalmente, EE.UU. es la segunda economía del mundo y la primera
    potencia militar. Por ende, pesa demasiado como para que las restantes
    potencias la dejen caer fácilmente. Pero eso es, en todo caso,
    un consuelo político. Como muestra de su relatividad, basta recordar
    al ex Imperio Británico: 44 crisis del patrón oro-libra
    y los costos de vastas conquistas territoriales terminaron con el imperio,
    la libra, la hegemonía política y militar. ¿Cuál
    fue su tumba en aquel entonces? Pues el actual Irak.

    El sector
    privado y las decisiones estratégicas

    Hay decisiones
    de desarrollo económico que en países ricos son tomadas
    por los gobiernos. En países donde eso no ocurre, las decisiones
    estratégicas se deberían tomar a nivel empresa.
    El aluvión de importaciones baratas siempre causa pánico
    entre empresas locales, que reclaman protecciones a sus gobiernos. A veces
    las consiguen, a veces no. El planteo de un ensayo publicado por Diana
    Farrell, Antonio Puron y Jaana K. Remes en The McKinsey Quarterly dice
    que si los gobiernos no hacen planeamiento estratégico para encontrar
    un segmento que los beneficie, deberán hacerlo los mismos empresarios.
    De paso, les recuerda dos cosas: la primera, que siempre hay maneras de
    competir; la segunda, que ningún país retiene por siempre
    su condición de productor de bajo costo.
    En lugar de tratar de imitar a China y pagar sueldos bajos a trabajadores
    poco calificados, el gerente de una empresa ubicada en un país
    secundario debería acometer tres tareas para contribuir a su propio
    crecimiento y, de paso, al desarrollo económico nacional:
    a) alentar la transición hacia actividades de mayor valor agregado.
    b) identificar y aprovechar su ventaja competitiva
    c) reclamar del gobierno reformas que generen más competencia,
    más flexibilidad y más emprendimientos.
    La experiencia de los países desarrollados sugiere que la expansión
    hacia actividades de valor agregado no provienen de un giro hacia actividades
    totalmente nuevas -como alta tecnología, biotecnología o
    nanotecnología- sino de una evolución natural de las empresas
    dentro de negocios existentes.
    Los datos a la vista demuestran que en el punto inicial de desarrollo
    de un país, las empresas comienzan en los sectores más simples
    de la industria; luego, con el tiempo, van puliendo y refinando sus habilidades
    para competir en áreas más rentables