La nueva carrera por liderar el deporte ya no se gana en la cancha
Mientras el mundo invierte en inteligencia artificial, una empresa argentina construye la arquitectura de conocimiento que permitirá a gobiernos, comités olímpicos y organizaciones deportivas tomar mejores decisiones. Con una valuación superior a los US$ 70 millones, INDIGO busca liderar una nueva categoría tecnológica.

La mayoría de las empresas utiliza la inteligencia artificial para responder preguntas. INDIGO intenta construir el conocimiento que permitirá formular mejores preguntas durante las próximas décadas.
Cuando el equipo argentino de yachting incorporó inteligencia artificial durante su preparación para París 2024, pocos imaginaban que detrás de esa tecnología existía más de una década de investigación iniciada en Argentina.
Lo que parecía una aplicación de IA era, en realidad, el resultado de una década de investigación iniciada con una pregunta mucho más ambiciosa: ¿es posible comprender científicamente cómo se desarrolla el talento deportivo para tomar mejores decisiones?
La pregunta importa porque el deporte moviliza una economía global enorme, pero todavía conserva una paradoja. Muchas de las decisiones que definen la carrera de un atleta, la asignación de recursos o el diseño de una política pública continúan apoyándose en información fragmentada, experiencia e intuición. Mientras otras industrias construyeron infraestructuras capaces de integrar datos y aprender continuamente, el deporte apenas comienza ese recorrido.
En ese espacio surge INDIGO. Más que una plataforma deportiva, la compañía argentina busca construir una infraestructura de conocimiento e inteligencia capaz de conectar datos, personas, tecnologías e instituciones para que todo el ecosistema aprenda y tome mejores decisiones.
De una pregunta simple a una visión global
En 2014, mucho antes del auge de la inteligencia artificial, un equipo argentino junto a especialistas internacionales en ciencias del deporte, medicina y análisis de datos comenzó a trabajar sobre una hipótesis que parecía improbable para la época: si era posible modelar científicamente el potencial deportivo de una persona, también sería posible transformar la forma en que los países desarrollan a sus futuros atletas.
Durante los años siguientes combinaron ciencia del deporte, analítica avanzada, evaluación del rendimiento y transformación digital. El primer gran punto de validación llegó con los Juegos Olímpicos de la Juventud Buenos Aires 2018, donde esos modelos mostraron que los datos podían identificar talento con mayor precisión y orientar decisiones deportivas que, en algunos casos, terminaron convirtiéndose en resultados internacionales.
Sin embargo, el activo más importante de aquella experiencia no fueron los resultados puntuales, sino el conocimiento generado. Cada programa, evaluación e implementación permitió comprender mejor cómo evoluciona el talento humano. La llegada de los modelos predictivos, la inteligencia artificial y, más recientemente, la IA generativa no reemplazó ese recorrido: lo potenció.
“Con los años entendimos que el desafío no era construir mejores herramientas. Era construir el conocimiento que permitiera tomar mejores decisiones”, declara Cristian Paludi, Chief Growth Officer de INDIGO.
INDIGO se convirtió así en una empresa tecnológica sobre una base poco habitual para una startup. No nació de una funcionalidad en busca de un problema. Nació de un problema que necesitó más de una década para encontrar la tecnología capaz de resolverlo.
La inteligencia artificial puede entrenarse con datos. Solo produce mejores decisiones cuando existe un contexto construido durante años que les da sentido.
La verdadera ventaja de INDIGO nunca fue desarrollar tecnología antes que los demás. Fue comenzar a construir, muchos años antes, el contexto que hace posible esa tecnología.
Del talento individual al conocimiento de un país
INDIGO dejó de concentrarse únicamente en la detección de talentos para trabajar junto a gobiernos, organismos nacionales, comités olímpicos, federaciones, instituciones académicas y organizaciones de alto rendimiento con un objetivo más ambicioso: ayudar a cada país a construir sus propios modelos de desarrollo del talento y del atleta de alto rendimiento.
Durante décadas, numerosos programas deportivos se diseñaron tomando como referencia modelos creados en otras regiones. Pero cada población tiene características biológicas, culturales, sociales y deportivas propias. La combinación de grandes volúmenes de información e inteligencia artificial abre ahora la posibilidad de construir conocimiento basado en evidencia local y utilizarlo para orientar políticas públicas, programas de desarrollo e inversiones.
De esta manera, el conocimiento deja de permanecer disperso entre planillas, aplicaciones, informes y personas. Se transforma en un patrimonio que evoluciona con cada evaluación, cada institución y cada generación de atletas. La tecnología no busca uniformar a los países, sino darles una infraestructura común para que cada uno pueda desarrollar mejor aquello que lo hace diferente.
Del laboratorio a la competencia olímpica
Después de una década de investigación, ese conocimiento encontró una nueva validación en el mayor escenario del deporte mundial.
La experiencia del yachting argentino durante el ciclo de París 2024 mostró cómo funciona esa lógica en un entorno de máxima exigencia. Los modelos de inteligencia artificial desarrollados por INDIGO acompañaron el análisis táctico y estratégico del cuerpo técnico y aportaron nuevas capacidades para respaldar decisiones durante la preparación y la competencia. El proceso culminó con una medalla olímpica, pero su principal validación fue otra: demostrar que la IA puede integrarse al trabajo cotidiano y potenciar la experiencia humana cuando está alimentada por conocimiento específico.
Ese recorrido también recibió reconocimiento internacional. El equipo fue distinguido con los Premios Sadosky, WITSA en Malasia y, en 2026, con el Premio GLORIA en Madrid por el impacto generado en programas nacionales de deporte, scouting e innovación.
La ventaja que no se puede comprar
En tecnología, una funcionalidad puede copiarse y una plataforma puede reconstruirse. Lo difícil es reproducir el contexto que permite que esa tecnología sea útil: años de información, validaciones, aprendizaje, relaciones institucionales y experiencia trabajando dentro de organizaciones con culturas y niveles de madurez muy diferentes.
Esa es la fortaleza de INDIGO. La compañía reúne capacidades en ciencia del deporte, medicina, inteligencia artificial, análisis de datos, transformación digital y gestión deportiva. Pero su diferencial no reside solamente en sumar especialistas. Está en haber convertido esas disciplinas en una forma de acompañar procesos reales de transformación, generar confianza y lograr que la tecnología sea adoptada por quienes toman decisiones todos los días.
“La transformación digital no empieza cuando una institución instala un software. Empieza cuando las personas confían en él lo suficiente como para cambiar la forma en que trabajan y toman decisiones”, dice Paludi.
Cada nueva implementación agrega más que un cliente. Incorpora experiencia, enriquece los modelos, amplía el patrimonio de conocimiento y fortalece la capacidad del sistema para asistir mejores decisiones. Esa dinámica produce un efecto acumulativo: cuanto más crece la red, más difícil resulta replicar el valor que genera.
La diferencia también se observa en la expansión internacional. La compañía no busca simplemente replicar una aplicación en distintos territorios. Cada país exige comprender su sistema deportivo, integrar actores, respetar identidades y adaptar procesos. Esa complejidad puede parecer una limitación para quien intenta ingresar desde cero, pero se convierte en una ventaja para una organización que ya acumuló el conocimiento necesario para hacerlo.
El error de reinventar la rueda
Durante años, muchas organizaciones deportivas intentaron resolver sus desafíos tecnológicos desarrollando soluciones propias. La intención es comprensible: adaptar la herramienta a sus necesidades. Pero desarrollar software no consiste solamente en escribir código. Requiere atraer talento especializado, sostener innovación permanente, garantizar seguridad, mantener infraestructura crítica, integrar sistemas y evolucionar al ritmo de una industria tecnológica cada vez más veloz.
El costo no es únicamente económico. También es estratégico. Mientras una federación, un club o un organismo público intenta convertirse en desarrollador tecnológico, dedica menos tiempo y capacidades a aquello que constituye su misión: formar atletas, fortalecer instituciones y hacer crecer el deporte.
“Con frecuencia vemos organizaciones que creen que su desafío es desarrollar tecnología, cuando en realidad su desafío es desarrollar deporte. Nuestro trabajo consiste justamente en evitar que tengan que desviar su energía hacia un problema que ya fue resuelto”, agrega Paludi.
Ese desafío ya fue resuelto por otras industrias. En el sistema financiero, por ejemplo, ningún banco desarrolla desde cero toda la infraestructura necesaria para procesar pagos, realizar transferencias o garantizar la seguridad de las operaciones. Innovan sobre una infraestructura compartida que evoluciona permanentemente y les permite concentrarse en aquello que realmente los diferencia.
El deporte comienza a recorrer ese mismo camino.
La pregunta ya no es quién puede desarrollar más software, sino quién puede aprovechar mejor una infraestructura común para innovar más rápido, con menos riesgo y sin perder el foco en su verdadera misión.
INDIGO propone que las instituciones dejen de reconstruir una infraestructura tecnológica que ya existe y concentren sus esfuerzos en aquello que realmente las diferencia. En lugar de desarrollar desde cero módulos de identidad digital, historia clínica, inteligencia artificial o interoperabilidad, pueden construir sus propias soluciones sobre una arquitectura ya desarrollada y validada.
En la práctica, esto significa que una organización puede ofrecer una experiencia completamente propia para sus atletas, entrenadores o ciudadanos —con su identidad, sus procesos y sus servicios— mientras toda la complejidad tecnológica permanece resuelta por una capa de inteligencia especializada. El resultado es un modelo modular, seguro y escalable que reduce drásticamente los tiempos de implementación, disminuye el riesgo tecnológico y evita que cada institución tenga que reinventar permanentemente la misma base tecnológica.
Hoy esa arquitectura ya acompaña programas impulsados por organismos públicos, instituciones deportivas y organizaciones académicas que comparten una misma necesidad: integrar información proveniente de distintos sistemas, garantizar la calidad e integridad de los datos, facilitar la interoperabilidad entre organismos y acelerar la incorporación de nuevas capacidades sin comprometer la seguridad, la continuidad operativa ni la evolución futura de la plataforma. La misma base tecnológica que hoy sostiene procesos deportivos comienza también a dar soporte a iniciativas vinculadas con salud, educación e investigación, demostrando que su verdadero valor no reside en una aplicación específica, sino en la capacidad de conectar conocimiento entre distintos actores y transformar esa información en mejores decisiones.
La lógica se parece más a la de LinkedIn que a la de un CRM tradicional. Un CRM organiza información. LinkedIn construyó una infraestructura compartida sobre la que millones de personas y organizaciones generan relaciones, oportunidades y conocimiento. INDIGO busca cumplir un rol similar dentro del deporte: convertirse en la infraestructura común sobre la que cada institución pueda construir sus propios procesos, preservando su identidad y autonomía, pero beneficiándose del conocimiento, la tecnología y la experiencia acumulada por todo el ecosistema.
Las mejores infraestructuras no buscan que todos hagan lo mismo. Permiten que cada organización haga mejor aquello que la hace única.
Las instituciones deportivas existen para desarrollar personas. No para convertirse en empresas de tecnología.
¿Por qué puede convertirse en una empresa global?
INDIGO concentra hoy sus esfuerzos en llevar un modelo validado a nuevos países e instituciones. Su expansión no consiste únicamente en sumar mercados: cada implementación incorpora conocimiento, relaciones y capacidad de aprendizaje. En lugar de crecer como un software que agrega licencias de manera lineal, la infraestructura se vuelve más valiosa con cada programa, institución y territorio que se conecta.
En apenas cuatro años como empresa, ese recorrido derivó en una organización con presencia internacional, una valuación superior a los US$ 70 millones y proyectos en distintos países. Pero el dato más relevante no es su tamaño actual. Es que recién comienza a escalar un conocimiento construido durante más de una década.
Ese es también el mensaje que la compañía busca proyectar hacia inversores, socios estratégicos y mercados internacionales. INDIGO no pretende ser una herramienta más dentro de un ecosistema fragmentado. Aspira a convertirse en la arquitectura que permita ordenarlo, conectarlo y hacerlo evolucionar.
La próxima infraestructura
El futuro del deporte no dependerá únicamente de formar mejores atletas. También dependerá de construir mejores sistemas para identificarlos, acompañarlos y ayudarlos a tomar decisiones.
Así como hoy resulta difícil imaginar un sistema financiero sin infraestructura digital o un sistema de salud sin información integrada, cada vez será más complejo sostener un deporte basado exclusivamente en datos fragmentados, experiencia e intuición.
Después de más de una década de investigación y cuatro años de crecimiento empresarial, la principal ventaja competitiva de INDIGO no es su inteligencia artificial. Es el conocimiento acumulado que la alimenta.
Si esa visión se consolida, la compañía argentina no habrá desarrollado simplemente una nueva tecnología. Habrá contribuido a crear una nueva categoría dentro de la economía del deporte: una red de conocimiento e inteligencia sobre la que gobiernos, instituciones y organizaciones deportivas podrán tomar mejores decisiones.
Hace veinte años, los países competían por construir mejores estadios. Hoy comienzan a competir por construir mejores sistemas. La próxima ventaja competitiva no estará solamente en los recursos disponibles, sino en la capacidad de transformar conocimiento en decisiones.
No deja de ser una paradoja que una de las apuestas más ambiciosas para transformar el deporte global haya comenzado en un equipo de investigación argentino, muchos años antes de que el mundo empezara a hablar de inteligencia artificial.
No verán solamente tecnología.
Verán una década de conocimiento hecha sistema.
Las tecnologías pueden desarrollarse en meses. El conocimiento que las hace valiosas necesita años para construirse.
“No creemos que el futuro del deporte dependa de quién tenga más datos. Creemos que dependerá de quién sea capaz de transformar esos datos en conocimiento y ese conocimiento en mejores decisiones”, concluye Paludi.
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