Violento retroceso de la globalización
Todo ocurre con una velocidad de vértigo. Aunque había indicios –que pocos entonces percibían- de que existían algunas fisuras en el edificio, hasta principios de esta década, el escenario era claro y no dejaba lugar a dudas.
El nuevo orden mundial surgido del final de la Guerra Fría, tendería a consolidarse. Estados Unidos, la gran superpotencia, sería la garantía de la paz internacional e impulsaría el avance mundial de las democracias liberales. Europa, su aliado integral, consolidaría su integración continental y la Unión Europea sería el modelo a imitar por otros grupos de países, tal vez en el sudeste asiático.
Tanto una Rusia en declinación como una emergente y poderosa China, como otras naciones del Pacífico y de América latina, reconocerían las ventajas de pertenecer como accionistas de un sistema moldeado por Occidente.
Y entonces, súbitamente, todo comenzó a cambiar. Durante la contienda electoral estadounidense se percibió que, cualquiera fuera el ganador, habría un repliegue (si no aislacionismo) de la gran potencia. Como finalmente ganó Donald Trump, no quedaron dudas sobre cuál será el rumbo (en 24 horas hundió el Tratado TransPacífico, que le costó 8 años de armado a Barack Obama).
Europa trata de remendar las grietas que amenazan la laboriosa construcción comunitaria que insumió décadas. El enorme problema de la inmigración masiva de Africa y Medio oriente, la fragilidad del euro, y la deserción británica con el Brexit, la obligan a buscar un nuevo rumbo estratégico.
Rusia, será una economía de segundo orden, pero sigue siendo una potencia militar de primer nivel. Como lo demuestra su involucramiento en Siria y el oriente cercano, disputando el rol estadounidense que parece estar en retirada.
Ahora los indicios desatendidos comenzaron a cobrar sentido. La guerra de Iraq desnudó las limitaciones estadounidenses. La enorme crisis financiera de 2008 (la verdadera Gran Depresión, como se la apodó) dejó en claro la fragilidad del capitalismo de cuño liberal y occidental.
China siguió creciendo y forzando una nueva distribución de las cuotas de poder mundial, económicas y políticas.
Aparece claro, ahora, un actor nuevo: un nacionalismo populista. "America first", dice Trump. Vladimir Putin sueña con restaurar el imperio de los zares y devolver la dignidad a Rusia. En Europa abundan los partidos de derecha, con reales posibilidades de obtener el poder. Como en Hungría, o como apenas derrotados en Austria, pero listos para competir el año próximo en Francia y en Alemania.
En enero próximo, por primera vez, el presidente de China, Xi Jinping, participará del World Forum de Davos. Un claro reconocimiento de que hay que sentarse a discutir un nuevo modelo de relaciones internacionales.
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