jueves, 8 de enero de 2026

“Un año que se negó a portarse bien. Apuntes de los mercados en 2025”. Obra en cinco actos.

Por Norberto Luongo para Revista Mercado

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Sumario de la obra

Si alguna vez la historia necesitara una nota a pie de página para explicar por qué los inversores envejecen más rápido que el resto del mundo, 2025 serviría perfectamente para ese propósito: fue el año que se negó a avanzar en línea recta, prefirió las emboscadas a los anuncios, y volvió a enseñarles a los mercados—una vez más—que la certidumbre es un bien de lujo, casi siempre agotado.

¿De qué género estamos hablando?

Años como 2025 no se desarrollan: se sacuden. Llegan sin avisar, tiran los muebles al suelo y luego exigen—con cortesía, pero con firmeza—que todos se adapten. A fin de año, ya nadie recordaba con precisión a qué se parecía la calma; apenas quedaba la vaga certeza de que alguna vez había existido y de que, quizá, algún día regresaría.

No fue un año para tesis impecables ni pronósticos elegantes. Fue un año que castigó la seguridad excesiva y recompensó la flexibilidad; un año en el que los mercados desarrollaron algo parecido a un sistema nervioso, reaccionando a cada titular, recuperándose con una rapidez que parecía poco razonable, y repitiendo el ciclo una y otra vez. Si hubo una habilidad definitoria en 2025, no fue el brillo intelectual ni la audacia, sino la capacidad de cambiar de opinión sin perder la sangre fría.

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Primer Acto (26 de enero)

El telón se alzó bien temprano. En enero, una startup china de inteligencia artificial irrumpió en escena con afirmaciones que sonaban a la vez revolucionarias y vagamente ofensivas para los informes de gastos de Silicon Valley. El nombre, “DeepSeek”, sugería contemplación, pero la reacción del mercado fue puro reflejo. Cuando abrió la sesión en Estados Unidos, Nvidia sufrió una pérdida tan grande que por un instante pareció un error tipográfico: sus acciones se desplomaron un 17%, borrando casi 600.000 millones de dólares de su valor en la mayor pérdida de capitalización bursátil de la historia (¡pavada de récord!), y las acciones de semiconductores tuvieron su peor jornada desde marzo de 2020. Los cimientos del auge de la IA parecieron asemejarse menos al hormigón que a un andamiaje de madera. Un operador calificó a ese episodio como “el momento Sputnik de la IA” (millenials y subsiguientes, pidan aclaración a sus padres o abuelos).

Sin embargo, el pánico se disipó con una rapidez sorprendente. El gasto tecnológico estadounidense ni siquiera amagó a frenarse en seco; ciertamente, el capital de riesgo no optó por retirarse a los monasterios. En cuestión de semanas, los índices habían vuelto a máximos históricos y los inversores admitieron en silencio que el sistema, una vez más, había absorbido un golpe que apenas días antes parecía cuestión de vida o muerte. La primera lección del año llegó pronto: los titulares mueven los mercados, pero los relatos tardan más en desaparecer.

La primavera (boreal), no obstante, tenía otros planes.

Segundo Acto (2-9 de abril).

En una tarde apenas comenzado abril (Trump mismo afirmó que no hizo el anuncio el día 1ro. para que no se lo tomase como broma, ya que en Estados Unidos es el “Día de los Inocentes”), la Casa Blanca convirtió la política comercial en teatro callejero. Con la teatralidad de una pancarta levantada en alto, se anunciaron aranceles comerciales de todo tipo y color, con cifras lo bastante grandes como para sacudir tanto a los mercados de bonos como a la lógica misma, y la jornada fue pomposamente bautizada como “Día de la Liberación”. Las acciones globales retrocedieron: Asia cayó primero, luego Europa y finalmente Estados Unidos, como si el sol arrastrara malas noticias en su derrotero hacia el oeste.

Fue el mayor sacudón de dos días para los mercados globales desde marzo de 2020, cuando la pandemia comenzó a paralizar Estados Unidos.

Atribuyen a Napoleón haber dicho en su momento, refiriéndose a China: “Allí yace un gigante dormido. No lo molesten, porque cuando se despierte, sacudirá al mundo”. Pues bien, cuando China respondió, se avivaron los temores de recesión y los bonos del Tesoro cayeron —¡rompiendo su rol tradicional de refugio! —, mientras la disposición de Trump a desafiar el orden económico global sembraba dudas sobre la confiabilidad de la deuda pública estadounidense.

El miedo venía acompañado de una dosis de absurdo: entre los objetivos del régimen arancelario figuraban remotas islas antárticas habitadas principalmente por pingüinos, criaturas notables por muchas razones, aunque no—hasta ese momento—por sus superávits comerciales. El detalle se propagó por las mesas de negociación con la velocidad del humor negro —a veces, la risa es la última defensa del mercado frente a la desesperación.

Pero detrás de las bromas, el trabajo era intenso. Los gestores de carteras recalculaban escenarios hasta bien entrada la noche. Los equipos de renta fija intentaron seguir la evolución de los aranceles, solo para abandonar el esfuerzo cuando la política comenzó a cambiar más rápido de lo que podían actualizarse las hojas de cálculo. Las decisiones no se tomaban porque hubiera claridad, sino porque esperar también implicaba riesgos.

Pocos días después, el mercado dio un giro brusco: el 9 de abril, después de que la venta de bonos encendiera alarmas en Washington al empujar al alza las tasas de interés, Trump anunció que pausaría muchos de sus aranceles durante 90 días. El S&P 500 subió un 7% en menos de diez minutos y cerró con un avance del 9,5%, su mayor alza diaria desde octubre de 2008. “La magnitud de estos movimientos en respuesta a una sola noticia, creo que es algo histórico que no olvidaremos”, sentenció otro operador.

Los aranceles se suspendieron y las acciones se dispararon en una de las reversiones más violentas de la historia moderna. No sé qué pasó en París, pero Wall Street sí era una fiesta: las pantallas se tiñeron de verde. ¿La paradoja?: el alivio, casi eufórico, no se dio porque el problema estuviera resuelto, sino porque había sido postergado. De ese momento surgió un nuevo instinto de mercado: descontar la amenaza, anticipar la retirada y comprar la recuperación. El cinismo se convirtió en estrategia.

Tercer Acto (21 de junio).

Lo que siguió después fue una dinámica que se repetiría durante los meses siguientes y que pasó a conocerse como “la operación TACO”, sigla de Trump Always Chickens Out (Trump siempre se echa atrás). Los operadores comenzaron a descontar las amenazas arancelarias más severas, apostando a que eran solo tácticas de negociación. Las caídas, por lo tanto, se convertían en oportunidades de compra. Alivio y tiempo de pausa, de vacaciones… pero el verano hizo poco por calmar los nervios. El 21 de junio, los ataques estadounidenses contra instalaciones nucleares iraníes devolvieron la geopolítica a modelos de precios que apenas si habían recuperado el aliento. Los teléfonos sonaron durante las cenas familiares. Los operadores debatían si seguiría una escalada o una contención. ¿Otra paradoja?: cuando abrieron los mercados, las acciones subieron, no porque el peligro hubiera desaparecido, sino porque los peores escenarios no se habían materializado. Otra vez, el simple alivio fue suficiente.

Cuarto Acto (10 de octubre).

Para el otoño, el cansancio frente al riesgo se hizo evidente. Las criptomonedas, que habían pasado gran parte del año impulsadas por el entusiasmo y el apalancamiento, finalmente cedieron… ¡y cómo!  Trump había amenazado con un arancel adicional del 100% a China y los operadores se deshacían de activos de riesgo. Bitcoin, que recientemente había superado los 125.000 dólares, caía mientras se desarmaban las apuestas apalancadas. Bitcoin sufrió su primera caída anual desde el desplome de 2022, y otras criptomonedas populares se hundieron también. La caída desde máximos históricos fue rápida y aleccionadora. Pero a diferencia de las acciones, los activos digitales no rebotaron de inmediato. Para un mercado que presume de estar descorrelacionado, el cripto redescubrió su capacidad para las correcciones de toda la vida.

También se rompió la lógica de comprar en las caídas, que había funcionado en los otros segmentos durante el año. Eso golpeó duramente a acciones vinculadas al sector, como Strategy Inc. y American Bitcoin Corp., asociada a la familia Trump y que, hasta el día de hoy, increíblemente, no ha podido recuperarse.

Quinto Acto (21 de noviembre).

Día del comienzo de la recuperación de las acciones, ante la expectativa de que el enfriamiento del mercado laboral empujaría a la Fed a seguir flexibilizando la política monetaria, como efectivamente ocurrió en la reunión del 10 de diciembre.

Mientras tanto, la economía continuó desafiando a: 1) los temores de recesión; 2) la guerra comercial de Trump; 3) los recortes de empleos federales; 4) un enfrentamiento en el Congreso que provocó el cierre del gobierno más prolongado de la historia.

El debate acerca de si la inteligencia artificial estaba encubando (o ya estaba dando a luz) una gigantesca burbuja, se leía todos los días en todos los medios y, aunque con menos furor, continua hasta hoy. Lo cierto es que no se trasformó en colapso, aunque nadie descarta más correcciones. Además, se da por sentado que, quienquiera que Trump elija el próximo año para reemplazar al presidente de la Reserva Federal, respaldará su impulso por recortes aún más rápidos de las tasas.

Todo ello sembró un optimismo moderado hacia el cierre del año y de cara a 2026. Después de que las subas de 2025 castigaran a quienes se aferraron a pronósticos bajistas, los estrategas de Wall Street anticipan que el S&P 500 subirá por cuarto año consecutivo De concretarse, sería la racha ganadora más larga en casi dos décadas—de concretarse, sería la racha ganadora más larga en casi dos décadas— arriesgando valores de hasta 8.100 puntos (Oppenheimer, Deutsche Bank).

Desde entonces, algo inusual se instaló en Wall Street: silencio. No confianza, exactamente, sino agotamiento mezclado con gratitud. Los inversores miraron atrás y vieron un año de choques arancelarios, sustos tecnológicos, temblores geopolíticos y giros especulativos, y comprendieron que simplemente haber sobrevivido ya era un logro.

Saludo y Despedida.

Probablemente, este sea el recuerdo que quede impregnado en nuestra memoria de los mercados en el 2025: no los máximos históricos, ni las caídas espectaculares, sino la constatación de que los mercados modernos están construidos menos para la elegancia que para la resistencia. Se doblan, se sacuden, a veces se ridiculizan a sí mismos, pero siguen avanzando.

El año recompensó a quienes resistieron la tentación, y entendieron que la disciplina a veces exige actuar, y otras veces exige quedarse quieto mientras todo a tu alrededor grita que hagas algo—cualquier cosa. Y quizá ahí resida la mayor de todas las paradojas: en un año dominado por el ruido, la velocidad y el espectáculo, el éxito acompañó a quienes aprendieron a detenerse, reconsiderar y … perseverar. Como suele decirse con referencia a los mercados: “a veces, lo más difícil es no hacer nada”.

Si algo le enseñó el año 2025 a Wall Street, eso fue una lección notable: cuando hasta los pingüinos están sujetos a aranceles, probablemente sea momento de detenernos al costado del camino y revisar nuestros apuntes.

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