miércoles, 14 de enero de 2026

Steve Bannon, el estratega que convirtió la indignación en poder

Exoficial de la Marina, banquero y productor de cine, Steve Bannon se transformó en el gran arquitecto del populismo de derecha contemporáneo. Su paso por Breitbart News, su influencia decisiva en la victoria de Donald Trump y sus intentos por exportar ese modelo a Europa y América Latina delinean una operación de largo aliento: convertir el descontento social en capital político.

spot_img

La figura de Steve Bannon desafía las clasificaciones tradicionales. No es un académico ni un político profesional, pero ha ejercido más influencia que muchos de ellos. En 2012 tomó el mando de Breitbart News, un sitio marginal que convirtió en el altavoz más eficaz del nacionalismo blanco norteamericano. Lo hizo aplicando un principio simple: la emoción desplaza a la información.

Bannon entendió antes que nadie cómo funcionan las redes. No buscaba convencer, sino activar reflejos: miedo, resentimiento, orgullo. La verdad se volvió un insumo secundario en su estrategia. “Inundar el terreno con basura”, dijo alguna vez, resumiendo su método. En ese ecosistema, la noticia no es lo que ocurrió sino lo que genera reacción.

De la red al poder

Cuando Donald Trump lo convocó en 2016, Bannon llevó a la política el mismo manual que había probado en Breitbart. Simplificó el mensaje, eliminó los matices y centró la campaña en cuatro ejes: inmigración, pérdida de empleos, corrupción de las élites y amenaza extranjera. La idea era construir un enemigo visible —el otro, el globalista, el burócrata— y presentarlo como causa de todos los males.

Publicidad

El resultado fue una victoria inesperada que redefinió el mapa político de Estados Unidos. Ya en la Casa Blanca, Bannon promovió una agenda de nacionalismo económico y cierre cultural. Sus primeros movimientos —el veto migratorio a países musulmanes, la salida del Acuerdo de París— mostraron el intento de traducir el discurso de campaña en política de Estado. Pero su estilo conspirativo y la lucha por el control interno del gobierno precipitaron su salida en 2017.

El proyecto transnacional

Lejos de retirarse, Bannon amplió el escenario. En 2018 fundó The Movement, una organización con sede en Bruselas destinada a articular una red global de partidos ultranacionalistas. Su ambición era crear una “internacional populista” que reuniera a figuras como Matteo Salvini, Viktor Orbán o Marine Le Pen bajo un mismo relato: soberanía frente a globalización, identidad frente a diversidad.

El proyecto fracasó en su intento de coordinación electoral, pero tuvo éxito en otro terreno: el simbólico. Bannon aportó técnicas de comunicación, diagnóstico emocional y un lenguaje compartido para las derechas radicales europeas. No logró unirlas, pero les dio un espejo común.

El discurso del 2025

En una entrevista reciente con The Economist, Bannon volvió a demostrar su capacidad para torcer los límites del debate. Anunció, sin pudor, que Donald Trump debería tener un “tercer mandato” y sugirió que existe un plan para hacerlo posible. Lo justificó invocando a la “voluntad divina”: Trump, afirmó, es un instrumento de Dios. Con esa frase trasladó el conflicto político al terreno de la fe, donde la discrepancia se convierte en pecado.

Su argumentación combina cálculo y mística. Propone subordinar la ley al mandato popular, redefinir la democracia como derecho del líder a permanecer. Bajo su lógica, la elección deja de ser un mecanismo de alternancia y se vuelve una ratificación ritual del poder.

El método que perdura

Bannon no representa una ideología cerrada sino una tecnología política: la conversión del malestar social en energía movilizadora. Su sistema se apoya en tres pilares:

  1. Comunicación saturada: publicar más rápido de lo que se puede desmentir.
  2. Polarización emocional: dividir el campo político en fieles y enemigos.
  3. Legitimidad providencial: envolver el liderazgo en una narrativa moral o religiosa.

El resultado es un modelo de control discursivo que sobrevive incluso a sus derrotas. Cada crítica se convierte en prueba de persecución; cada límite, en motivo de resistencia.

Ecos en la Argentina

La expansión de este formato político alcanza hoy a América Latina. En la CPAC Argentina, cumbre conservadora realizada en Buenos Aires, Bannon envió un mensaje grabado en el que calificó al país como “punta de lanza contra la izquierda”. Su apoyo explícito a Javier Milei y la coincidencia discursiva con La Libertad Avanza revelan una afinidad ideológica más que una colaboración formal.

No hay constancia de asesorías directas, pero el clima de época que Bannon ayudó a diseñar —anticorrección política, repudio a las élites, exaltación del individuo frente al Estado— encuentra en la Argentina un terreno fértil. La lógica de la indignación, convertida en recurso electoral, atraviesa fronteras.

Un legado inquietante

Steve Bannon es, ante todo, un estratega de la percepción. Comprendió que en la era digital la política se disputa en el flujo continuo de estímulos. Su influencia no se mide por los cargos que ocupó sino por los reflejos que instauró: desconfianza hacia la información, romanticismo del conflicto y sospecha permanente sobre la institucionalidad.

En el siglo XXI, su legado consiste en haber demostrado que el poder ya no necesita persuadir para imponerse: basta con mantener al adversario en estado de furia. Allí reside su verdadera invención, y también el riesgo que deja a las democracias que todavía creen que los hechos son más fuertes que las emociones.

Publicidad
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

CONTENIDO RELACIONADO