¿Porqué falló de la convertibilidad, el antecedente directo de la economía libertaria?
Joaquín Cottani, ex viceministro de Caputo, formuló una advertencia al gobierno “si no corrige el rumbo, el gobierno le haría mucho daño al liberalismo, a la centroderecha, por tercera vez”. La primera fue la experiencia de Martinez de Hoz durante la dictadura, la segunda, la convertitibilidad. Aquel régimen fijó por ley la paridad del peso con el dólar y limitó la emisión a la disponibilidad de reservas. La estabilidad inicial reordenó precios y contratos, pero la economía quedó atada a la entrada de divisas. La recesión, el endeudamiento y la pérdida de financiamiento condujeron al corralito, el default y el fin del esquema. Por Gonzalo Berra para Revista Mercado.

La convertibilidad fue el intento más consistente de la Argentina reciente por anclar la moneda a una regla simple. En marzo de 1991, la Ley 23.928 declaró “la convertibilidad” y fijó la paridad: desde el 1° de abril de ese año, un peso equivalía a un dólar.
La norma estableció, además, un principio operativo: la base monetaria debía estar respaldada por reservas en divisas, en un arreglo similar a una caja de conversión (currency board). El objetivo era quebrar la inercia inflacionaria y reconstruir una unidad de cuenta creíble para contratos, salarios y precios.
La regla del 1 a 1 y el freno a la indexación
El plan descansaba en dos piezas. La primera fue la paridad fija, que funcionó como ancla nominal: el dólar dejó de ser un precio que se ajustaba a diario y pasó a ser una referencia estable.
La segunda fue la desindexación: el régimen buscó cortar mecanismos que trasladaban automáticamente la inflación a contratos, tarifas y obligaciones. Con la paridad fija y sin indexación, la inflación perdió el combustible que aportaban las correcciones automáticas.
En la práctica, esa combinación tuvo un efecto inmediato: estabilizó precios, permitió reescribir contratos y consolidó una economía bimonetaria, con creciente denominación en dólares de activos y pasivos.
La estabilidad inicial y su combustible
La convertibilidad mejoró el desempeño macro en sus primeros años. La baja de la inflación y la previsibilidad cambiaria estimularon consumo e inversión. El proceso se apoyó en flujos de divisas que llegaron por privatizaciones, endeudamiento y entrada de capitales, en un contexto global favorable a los mercados emergentes.
La lógica era clara: una moneda fija exige dólares. Si el país crece, aumenta la demanda de dinero y crédito, y el sistema necesita que entren divisas para respaldar ese crecimiento. En esa fase, la estabilidad puede sostenerse y amplificarse: la confianza trae capitales y los capitales sostienen la confianza.
El Fondo Monetario Internacional, que acompañó el ciclo y luego evaluó su desempeño, describió ese período como una mejora marcada, especialmente al inicio del plan.
El costo estructural: rigidez y restricción externa
La contracara de la regla fue su rigidez. Con el tipo de cambio fijo, la economía perdió un mecanismo central de ajuste frente a shocks externos. Si caía el precio de exportaciones, subían las tasas internacionales o se fortalecía el dólar, la corrección no podía hacerse por el tipo de cambio nominal; quedaba la alternativa de ajustar por cantidades: actividad, empleo y salarios reales.
Esa rigidez se volvió más visible cuando el tipo de cambio real comenzó a apreciarse. Aunque el peso no se movía frente al dólar, los precios internos crecían más que los de socios comerciales o el dólar se fortalecía globalmente. El resultado fue el encarecimiento relativo de la economía argentina, con impacto en competitividad y en el saldo externo.
En términos operativos, la convertibilidad exigía que el país mantuviera acceso sostenido a financiamiento externo o superávit de cuenta corriente. Cuando una de esas fuentes se debilitaba, el régimen entraba en zona de estrés.
El giro de fines de los 90: recesión y deuda
A partir de 1998, la economía ingresó en una recesión prolongada. En esos años se combinó un entorno internacional menos benigno con shocks regionales y un deterioro de expectativas. Con el tipo de cambio fijo, la salida clásica —devaluación— estaba descartada por diseño. El ajuste recayó sobre la demanda, el crédito y la política fiscal, en un contexto social cada vez más frágil.
La recesión agravó la dinámica de la deuda pública: con menor actividad, cayó la recaudación; con mayores primas de riesgo, subió el costo financiero; con menor crecimiento, se deterioró la relación deuda/PBI. El sistema necesitaba renovar vencimientos y sostener depósitos, pero cada año lo hacía con menos margen.
El propio análisis del FMI sobre el colapso de 2001-2002 describe cómo, al final de 2001, la economía y las finanzas públicas ingresaron en una crisis profunda.
El corralito: freno a la salida de depósitos
En diciembre de 2001, el deterioro se concentró en el sistema financiero. La salida de depósitos y la desconfianza sobre la sostenibilidad del régimen obligaron a una medida defensiva: restricciones transitorias a retiros de efectivo y transferencias al exterior, formalizadas por el Decreto 1570/2001.
El corralito fue, en los hechos, el reconocimiento de que el sistema no podía responder simultáneamente a la demanda de liquidez de los depositantes y a la necesidad de mantener la paridad fija sin reservas suficientes. A partir de ese punto, el problema dejó de ser técnico: pasó a ser político y social, con deterioro acelerado de gobernabilidad.
El final del régimen: default y salida del 1 a 1
El cierre llegó en una secuencia breve y disruptiva: cesación de pagos, cambio de autoridades, ruptura del esquema y establecimiento de un régimen cambiario distinto. La evaluación del FMI sobre ese período ubica, entre los primeros días de enero de 2002, la decisión política de terminar con la convertibilidad y avanzar hacia un régimen de tipo de cambio diferente.
La salida combinó devaluación, reprogramaciones y cambios contractuales que reconfiguraron balances privados y públicos. El impacto social fue severo en el arranque: caída de actividad, salto en pobreza y desempleo, y un deterioro fuerte de ingresos reales. Trabajos técnicos del Banco Central y del FMI describen la magnitud de la crisis y sus canales de transmisión.
Qué dejó la convertibilidad
La experiencia dejó tres enseñanzas que siguen presentes en la discusión macroeconómica argentina.
La primera: la estabilidad nominal puede lograrse rápido cuando existe una regla creíble y simple, pero esa credibilidad se sostiene con dólares, no solo con normas.
La segunda: un tipo de cambio fijo traslada el ajuste a precios internos, salarios, empleo y actividad. Si la economía no consigue flexibilidad y productividad para absorber shocks, la rigidez termina acumulando tensiones.
La tercera: cuando el régimen se apoya en financiamiento y ese financiamiento se corta, la transición tiende a ser desordenada. En 2001-2002, el intento de preservar el sistema mediante controles y reprogramaciones no evitó el desenlace; lo volvió más costoso.
La convertibilidad funcionó como un ancla potente para frenar la inflación, pero también como una arquitectura exigente: pedía disciplina fiscal, competitividad y un flujo estable de divisas. Cuando esas condiciones dejaron de cumplirse, el 1 a 1 pasó de ser solución a ser el centro del problema.
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