Los negocios con Rusia: no es el mejor momento
Como consecuencia del hundimiento de los precios del petróleo durante el segundo semestre del año pasado, y del efecto acumulado de las sanciones de la Unión Europea y de EE.UU por el tema de Ucrania, el rublo ha perdido la mitad de su valor con relación al dólar. El mismo gobierno espera una caída de 3% del PBI durante este año, y crecimiento de 1 a 2% para el año próximo.
Los opositores a Putin difieren: sostienen que este año la economía caerá 4% y que el descenso continuará durante 2016. Lo cierto es que la mayor presión visible la están poniendo los consumidores que están más prudentes y recortando compras, muy preocupados por el nivel de inflación.
Durante el primer trimestre de este año, la economía rusa siguió contrayéndose, y un día después de que Vladimir Putin asegurara en diálogo con ciudadanos de a pie que “lo peor ha pasado”, el rublo cayó otro 5% con respecto a su cotización con el dólar.
Las estadísticas oficiales publicadas una semana atrás revelan la reticencia de los consumidores, y los analistas económicos calculan que durante los primeros tres meses de 2015, la contracción está entre 2 y 4% del PBI.
Es en este contexto en el que se realizará la visita de Cristina Kirchner a Moscú, entre este miércoles y viernes. Se habla de profundizar la “alianza estratégica” -del mismo modo que se busca anudar una nueva e intensa relación con China- en un giro geopolítico muy importante, lejos del tradicional alineamiento con Estados Unidos y Europa.
Se esperan nuevos acuerdos para cooperar en energía nuclear con fines pacíficos, que incluirían la construcción de una nueva central nuclear, y la producción de radioisótopos para la industria, la medicina y la agricultura, y el entrenamiento de expertos en el campo de la física y la energía nuclear. Temas todos, sobre los que no se ha brindado información en profundidad.
La expectativa de Moscú es comprar más productos lácteos y carnes argentinas en momentos en que Rusia tiene graves problemas de abastecimiento, por las sanciones que le aplicaron Estados Unidos y la Unión Europea por el conflicto en Ucrania.
Más allá de las críticas al planteo geopolítico del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, y a las condiciones poco transparentes –según la oposición- en que se firman estos acuerdos, hay dudas importantes sobre la posibilidad rusa de cumplir con los compromisos financieros que se asuman, en función de las dificultades propias de su economía.
Porvenir incierto
El presente de Rusia está plagado de malas noticias y el futuro se presenta incierto. La economía del país venía sufriendo por las sanciones dispuestas por las grandes economías occidentales por la beligerancia de Moscú en el caso de Ucrania.
Pero el desmoronamiento del precio del barril de petróleo –de US$ 115 hace seis meses a poco menos de US$ 60 ahora- crea certezas de nuevas y profundas dificultades. El convenio energético con China es muy relevante y estratégico (US$ 800 mil millones hasta 2030), pero no alcanza a compensar la caída en los ingresos por exportaciones energéticas y sus efectos no se sentirán de inmediato.
El último año fue borrascoso para la economía rusa. Las sanciones impuestas por Occidente generaron brusca caída de las exportaciones, aumento de la inflación y fuga de capitales. A eso se sumó la caída de los precios del petróleo y gas, que aportan casi la mitad de los ingresos estatales. Esos dos golpes provocaron una depreciación del rublo de 40% y fue necesaria la intervención del Banco Central para apuntalar la moneda.
Antes de la recesión global de 2008, el crecimiento económico ruso estaba entre 6% y 8% anual. En 2013 cayó a 1,3%. En 2014 hubo estanflación para algunos y recesión para otros.
Para activar el crecimiento, Rusia necesita diversificar su economía y alejarla de su dependencia de la energía. Eso requiere una masiva inversión de capital. El progreso tecnológico creció lentamente, la infraestructura es antigua y la capacidad productiva obsoleta en sectores no energéticos. Todo eso limita el potencial de crecimiento de la producción económica.
Además, el país tiene problemas de capital humano. Uno de los problemas centrales en su capacidad para modernizar es la carencia de habilidades gerenciales en los sectores público y privado. La población decrece y envejece, algo que reduce la fuerza laboral, afecta el desarrollo de nuevos negocios, aumenta los costos de salud y los montos por jubilaciones que el Estado deberá pagar en los próximos años.
En consecuencia, Rusia no ha podido detener la hemorragia de dinero que se fuga del país. Durante la última década solo dos años – 2006 y 2007 -- registraron entrada neta de capital, gracias al entusiasmo por invertir en todos los mercados emergentes. Esta síntesis es lo sustancial del informe que sobre el destino de Rusia publicó Mercado en su edición de marzo de este año.
Rusia enfrenta como este escenario para lo que queda del mandato de Putin, que termina en 2018: “más de lo mismo”. O sea, fortalecimiento del estado central, concentración de poder económico en manos de los grandes monopolios controlados por el Estado y grupos financiero-industriales amigos del Kremlin. Luego, seguir reforzando la influencia de Rusia en Eurasia, por el este girar hacia China y por el sur hacia Turquía, Sudáfrica y Brasil.
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