miércoles, 14 de enero de 2026

Jamie Dimon: el hombre que apostó contra el miedo

En el otoño de 2008, cuando los cimientos del sistema financiero estadounidense se desmoronaban como castillos de arena, un banquero de voz serena y mirada de acero se convirtió, sin proponérselo, en el guardián del último puente que separaba a Wall Street del abismo. Su nombre era Jamie Dimon, y mientras los gigantes caían uno por uno, él se mantuvo en pie, calculando, escuchando, decidiendo con la calma de quien ha visto venir la tormenta desde lejos.

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El ruido comenzó con un murmullo. En los pasillos de Manhattan se hablaba de una sombra que crecía entre los rascacielos, una sombra hecha de papeles firmados sin rostro, de hipotecas multiplicadas hasta el absurdo, de dinero que ya no era dinero sino promesas en papel. En aquel marzo de 2008, los corredores de bolsa caminaban más rápido y los ascensores se llenaban de silencios espesos. Bear Stearns, una de las viejas casas de inversión de Wall Street, se había quedado sin aire. Los teléfonos no dejaban de sonar. Y al otro lado de la línea, siempre con el tono medido de quien sabe más de lo que dice, estaba Jamie Dimon.

El país entero aún dormía cuando Dimon fue convocado a la Reserva Federal de Nueva York. Llevaba décadas viendo pasar crisis tras crisis, pero aquella tenía un olor distinto: el olor del miedo disfrazado de sofisticación. “La confianza se evapora más rápido que el dinero”, solía decir, y en esos días la confianza se evaporaba como el vapor sobre un espejo. En cuestión de horas, Bear Stearns se hundió. Para evitar que el derrumbe arrastrara al resto, el Tesoro le pidió a Dimon que hiciera lo impensable: comprar al moribundo. Lo hizo por dos dólares la acción. Dos. Era menos que una taza de café en la esquina.

Al día siguiente, el nombre de JPMorgan Chase brillaba como el de un cirujano que acaba de operar al paciente equivocado pero lo mantiene vivo. Los colegas lo miraban con una mezcla de recelo y gratitud. Había salvado el día, pero el invierno apenas comenzaba.

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El verano siguiente fue un verano sin pájaros. Las cifras en las pantallas empezaron a comportarse como pájaros heridos: caían en picada. Los nombres legendarios —Lehman Brothers, Merrill Lynch, Morgan Stanley— sonaban de pronto como apellidos de un linaje condenado. Dimon lo observaba todo con un gesto imperturbable, como un general que entiende que la batalla no se gana con coraje sino con estrategia.

Cuando Lehman Brothers empezó a tambalear, las autoridades lo llamaron de nuevo. En la sala de conferencias de la Fed, bajo la luz fría de los fluorescentes, se reunieron los hombres que gobernaban el dinero. El aire olía a café recalentado y desesperación. Lloyd Blankfein, de Goldman Sachs, golpeaba el lápiz contra la mesa; John Mack, de Morgan Stanley, hablaba con los ojos; Henry Paulson, secretario del Tesoro, pedía soluciones que nadie tenía. En medio de ese coro de voces quebradas, Dimon escuchaba. Y cuando hablaba, lo hacía despacio. “Esta vez no habrá rescate”, dijo. Nadie lo contradijo.

Sabía que el gobierno no salvaría a Lehman. Lo había presentido en el tono distante de Paulson, en la mirada resignada de Timothy Geithner. Cuando el lunes 15 de septiembre Lehman Brothers declaró la bancarrota, las calles de Nueva York amanecieron extrañamente limpias, como después de una tormenta. Pero el silencio era solo la antesala del caos.

Los bancos dejaron de prestarse entre sí, los fondos se congelaron, el crédito desapareció como si alguien hubiera apagado la luz del sistema financiero global. En cuestión de días, el colapso de Lehman arrastró al borde del precipicio a Merrill Lynch, AIG y medio planeta. En los teléfonos de Dimon sonaban voces que pedían auxilio.

Hubo un momento, una noche de septiembre, en que Dimon estuvo a punto de repetir el gesto con el que había salvado a Bear Stearns. El gobierno, desesperado, le propuso comprar Morgan Stanley. Era una empresa legendaria, pero se desangraba. Él hizo cuentas, habló con sus directores, midió cada cifra. Luego llamó a Paulson y, con una frialdad que solo nace del instinto, dijo: “No puedo hacerlo. Si lo intento, caeremos todos”.

Fue una negativa que olía a traición pero salvó a su banco. En esas horas, otros preferían el heroísmo; Dimon eligió la supervivencia. Cuando el gobierno japonés anunció que Mitsubishi invertiría miles de millones en Morgan Stanley, respiró hondo. “Gracias a Dios”, murmuró, y volvió a su escritorio a revisar balances.

Mientras los demás ardían, JPMorgan crecía en silencio. Absorbió Washington Mutual —otro gigante caído— y consolidó su imperio. En los corrillos de Wall Street se decía que Dimon dormía tres horas por noche, que tenía un mapa mental de cada institución y de cada riesgo, que podía calcular la exposición de su banco en medio de una cena sin mirar papeles. En el fondo, era un hombre de hábitos sencillos: café negro, respuestas cortas, confianza en el trabajo metódico.

Sorkin, en su crónica, diría después “Dimon fue el único que entendió que aquella no era una crisis de dinero sino de fe”. Y la fe, una vez rota, no se compra con billetes.

El Congreso, entre tanto, aprobaba el plan de rescate más grande de la historia: 700.000 millones de dólares para evitar el colapso definitivo. Dimon fue convocado, junto a otros ocho banqueros, a una sala del Tesoro. Henry Paulson los miró con la severidad de un sacerdote. “Tienen que aceptar el dinero, todos”, dijo. Algunos protestaron. Dimon no. Tomó la pluma y firmó. No necesitaba el rescate, pero comprendía que si solo unos pocos lo aceptaban, el resto parecería débil. La estabilidad no era un acto de independencia, sino de sincronía.

Afuera, en las calles, los manifestantes gritaban contra Wall Street. Los periódicos lo retrataban como uno más entre los responsables del derrumbe, pero él permanecía en silencio. Su banco, sin embargo, era el único que no se tambaleaba.

En diciembre, cuando la nieve cubrió los portales de Park Avenue, Dimon se detuvo frente a las ventanas iluminadas de su oficina. Sabía que la tormenta había pasado, pero que la ciudad no volvería a ser la misma. La crisis había mostrado que el dinero, en su esencia, era una promesa entre humanos, tan frágil como cualquier otra.

Los años siguientes lo consolidaron como el “último banquero clásico”, el que no perdió la cabeza cuando los demás se entregaron al vértigo de la codicia. Algunos lo llamaron cínico, otros pragmático. Él prefería no definirse. En una entrevista posterior, dijo algo que podría haber firmado cualquier novelista: “En este negocio, el miedo es el precio de la lucidez”.

Lo cierto es que mientras el mundo buscaba culpables, Dimon se convirtió en símbolo de supervivencia. No porque fuera inocente —nadie lo era—, sino porque entendió que las crisis son organismos vivos que devoran a los imprudentes y premian a los que saben esperar.

En la memoria colectiva de Wall Street quedó la imagen de un hombre de traje oscuro cruzando la noche de septiembre con paso firme, mientras los demás corrían. Tal vez ese sea el destino de los banqueros que no tiemblan: sostener el mundo un instante antes de que se derrumbe, sabiendo que al amanecer deberán empezar a reconstruirlo otra vez.

 

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