Duelo de titanes: se reunirán Trump y Xi Jinping
Tiene otra excelente oportunidad para embarrar la cancha y está tentado de utilizarla. Aunque el extraño equipo que lo rodea en la Casa Blanca intenta que, esta vez, actúe con moderación. Irritar a China no le viene bien a EE.UU ni al resto del mundo.
Es usual que una cumbre de este nivel, de los dos dirigentes de los países más poderosos del mundo, genere tensiones. Pero el encuentro esta semana entre Donald Trump y Xi Jinping, se plantea en un contexto muy especial.
La cita será en el Mar-a-Lago resort en Miami, propiedad del dueño de casa, y que parece destinada a reemplazar al histórico Camp David de otros mandatarios.
Trump necesita ganar puntos ante sus votantes y ante toda la opinión pública del país. El desastre del Obamacare, el cuestionamiento judicial de sus decretos sobre inmigración, el bloqueo parlamentario en su propio partido Republicano, pero sobre todo la investigación de su campaña con Rusia que avanza peligrosamente, lo ponen contra la pared.
Tal vez por eso ha prometido duras discusiones con su interlocutor. Seguramente sobre las líneas de acción que le sugiere Peter Navarro, su consejero en temas que tienen que ver con China. El enfoque de Navarro no es precisamente pacífico: cree que China intenta la dominación global, burlar a Estados Unidos en materia de comercio, y con una dirigencia llena de "mentirosos ladrones".
No es un buen punto de partida para una negociación tan compleja. Cuando asumió, Trump repetía que China había robado millares de empleos de la industria estadounidense con perjuicio especial para la clase media blanca.
Pero luego aparecieron otros temas especialmente sensibles, como la irreversible decisión de Beijing de controlar el Mar del Sur de la China; la militarización creciento de Corea del Norte, o la sobreproducción china de acero.
Con este escenario, un solo movimiento en falso puede desestabilizar una relación muy especial, y se puede traducir en daño importante para la economía estadounidense (obviamente, también para la china). Sin embargo, a pesar de la amenaza de recibir al visitante con dos frescos decretos en la mano, modificando de manera drástica la relación comercial, todo indica que hay ahora una actitud más prudente de la Casa Blanca.
A principios de enero, otra confrontación que se insinuaba entre ambos países, se diluyó tras una retirada de la verborragia de Trump. Tal vez el nuevo mandatario ha llegado a la conclusión de que irritar a China puede implicar que esa política tenga mucho para perder.
El punto más sensible de la nueva relación, fue cuando apenas asumido su mandato, Trump llamó a la presidente de Taiwan, un disparo directo contra la política de "Una China" que EE.UU había asumido y mantenido durante años.
La irritación de Beijing fue enorme. Una de las respuestas es que el país pensaba armar, en todo el mundo, a los gobiernos hostiles a Estados Unidos. Así, Trump se replegó y abandonó este intento de obtener una posición de fortaleza para las negociaciones comerciales que se avecinan (en verdad, hubiera sido una posición de debilidad).
- Etiquetas
- xijinping
- donaldtrump
- encuentro
Artículos relacionados

La apuesta final de Marine Le Pen
La líder de Reagrupamiento Nacional lanzó su candidatura presidencial para 2027 pocas horas después de ser condenada en apelación por malversación de fondos europeos. La decisión rompió el acuerdo tácito que había convertido a Jordan Bardella en su heredero y abrió una nueva etapa en la derecha francesa.

AfD: el partido que desafía el consenso alemán
El congreso celebrado en Erfurt consolidó el avance del sector más nacionalista de Alternativa para Alemania. Un siglo después del congreso de Weimar que reorganizó al Partido Nazi, la principal fuerza de oposición alemana atraviesa su momento de mayor crecimiento electoral mientras redefine el equilibrio político del país.

La gobernanza global de la IA entra en una nueva etapa
El primer Global Dialogue on AI Governance comienza este lunes en Ginebra con el objetivo de crear un espacio permanente de negociación entre gobiernos, empresas, científicos y organismos internacionales. El desafío consiste en construir reglas comunes para una tecnología cuyo desarrollo avanza mucho más rápido que la capacidad de los Estados para regularla.

