La democracia estadounidense se sostiene sobre una idea simple y exigente: la transferencia de poder se decide en las urnas y se consuma con un acto administrativo de certificación. El 6 de enero de 2021, esa cadena se quebró a la vista del mundo. Una multitud irrumpió en el Capitolio mientras el Congreso sesionaba para certificar los votos del Colegio Electoral. El objetivo no fue simbólico: se buscó interrumpir el procedimiento que vuelve efectivo el resultado de una elección presidencial. 
El significado político del 6 de enero
Lo más relevante del episodio no fue la violencia, sino su lógica. La escena no surgió de un arrebato espontáneo: se apoyó en un relato previo que presentaba a la elección de 2020 como fraudulenta. Ese relato fracasó en los tribunales y en auditorías estatales, pero cumplió otra función: fracturar la confianza pública en el mecanismo electoral y convertir un resultado adverso en una “injusticia” susceptible de reparación política.
En una democracia madura, el perdedor concede y se prepara para volver a competir. En la secuencia que desembocó en el Capitolio, el perdedor buscó convertir la competencia en un plebiscito permanente sobre la legitimidad del sistema. Cuando se instala la idea de que el árbitro es corrupto, cada derrota se vuelve prueba y cada victoria, excepción.
Ese es el punto de fondo: el 6 de enero mostró que el riesgo no se limita al día de la votación. En Estados Unidos, el tramo decisivo llega después, en la certificación y en la aceptación del resultado por parte de actores institucionales. Cuando la política se propone capturar ese tramo, la democracia deja de depender del conteo y pasa a depender de la resistencia de quienes administran el proceso.
Una democracia descentralizada y, por eso mismo, vulnerable
El federalismo electoral estadounidense distribuye poder: los estados y condados organizan la elección, fijan procedimientos y certifican resultados. Ese diseño reduce el riesgo de una manipulación única y central. Al mismo tiempo, multiplica puntos de presión: miles de autoridades locales, juntas electorales, secretarios de Estado y tribunales estatales.
El 6 de enero puso en evidencia que la disputa puede trasladarse a esos nodos. No hace falta alterar millones de votos para generar una crisis. Basta con producir incertidumbre, judicializar, retrasar certificaciones y, sobre todo, persuadir a una porción del electorado de que la derrota fue un robo.
El retorno del libreto y el horizonte de 2026
A comienzos de 2026, el debate sobre “integridad electoral” volvió a ocupar el centro del discurso republicano. La Cámara de Representantes aprobó el llamado SAVE America Act, una iniciativa que exige prueba de ciudadanía para votar y que agrega requisitos de identificación para sufragios federales, incluso por correo. El proyecto pasó por un margen estrecho y enfrenta obstáculos en el Senado, pero su valor principal no es legislativo: es narrativo. 
En paralelo, la arquitectura institucional ofrece señales que, en otro contexto, habrían sido marginales. Kash Patel, director del FBI desde febrero de 2025, aparece como una pieza relevante por el tipo de subordinación política que sus críticos atribuyen al organismo en el nuevo ciclo. En una disputa poselectoral, el peso de los cuerpos federales no reside en el conteo, sino en la capacidad de abrir investigaciones, incautar materiales, condicionar agendas y reforzar un clima de sospecha. 
La dimensión electoral se cruza, además, con un problema clásico de las legislativas de medio mandato: suelen actuar como referéndum sobre la Casa Blanca. Diversos sondeos publicados en febrero de 2026 registraron un nivel de aprobación bajo para Trump y muestran un clima adverso en segmentos clave, un dato que alimenta la expectativa de una elección competitiva en noviembre. Ese contexto refuerza el incentivo a anticipar la disputa por legitimidad. 
Qué podría significar “fraude organizado” en 2026
En la discusión pública, “fraude” suele asociarse a manipulación directa de votos. En una democracia con controles múltiples, ese camino es costoso, arriesgado y difícil de sostener. Existe, sin embargo, otra forma de fraude político: no alterar el conteo, sino alterar las condiciones de participación, la interpretación de reglas y el circuito de certificación.
Un esquema organizado puede incluir, por separado o combinado:
• Restricciones al acceso: cambios normativos que elevan costos de inscripción o votación para segmentos específicos del electorado. En Estados Unidos, la prueba de ciudadanía, la identificación con documentación difícil de obtener o la limitación del voto por correo operan como barreras con impacto desigual. 
• Centralización de autoridad: intentos de “federalizar” procedimientos que hoy dependen de estados y condados. No hace falta modificar la Constitución para instalar la idea de que Washington debe “intervenir” y, con eso, habilitar presiones administrativas.
• Intimidación y disuasión: despliegues de fuerzas, anuncios de operativos o presencia de agentes en zonas sensibles. El efecto buscado no es intervenir urnas sino cambiar conductas: menos participación, más conflicto, más litigiosidad.
• Guerra de certificaciones: el núcleo duro del problema. Si la disputa se desplaza a juntas electorales, secretarías de Estado y cámaras legislativas estatales, la elección puede transformarse en un conflicto de firmas y plazos, con el conteo como telón de fondo.
• Relato previo de ilegitimidad: el elemento indispensable. Sin un electorado dispuesto a creer que lo adverso es ilegal, ningún dispositivo poselectoral prospera. El 6 de enero mostró que esa predisposición se construye con anticipación y se alimenta con repetición.
Por qué un presidente podría intentar ese camino
Las razones no son misteriosas. Son políticas.
Primero, el cálculo de supervivencia institucional. Si el oficialismo anticipa la pérdida de una o ambas cámaras, la agenda legislativa se vuelve más difícil y la investigación parlamentaria se vuelve más probable. En Estados Unidos, la Cámara de Representantes controla comités, citaciones y presupuestos. Perderla implica perder capacidad de ordenar la escena.
Segundo, la economía del liderazgo personalista. Un dirigente que basa su autoridad en la lealtad, no en coaliciones estables, necesita mantener movilizada a su base con un enemigo claro. La “elección robada” provee ese enemigo, reemplaza debates de gestión por debates de identidad y ordena filas.
Tercero, la lógica preventiva. Si se instala desde ahora que 2026 será “fraudulenta”, una derrota no obliga a rendir cuentas; obliga a resistir. El problema ya no es perder: es “aceptar el robo”.
Cuarto, la oportunidad técnica. En un sistema donde la elección se administra de modo descentralizado, la presión se puede aplicar de manera focalizada: condados clave, estados bisagra, funcionarios específicos. No requiere control total; requiere control de los puntos de conflicto.
El dilema democrático
El 6 de enero de 2021 dejó una lección incómoda: la fortaleza institucional no se mide solo por leyes y tribunales, sino por el consenso mínimo sobre lo que una elección decide. Cuando ese consenso se rompe, el sistema se defiende con procedimientos, pero paga un costo: cada elección se convierte en una batalla por la legitimidad.
De aquí a noviembre de 2026, el debate no girará únicamente en torno a plataformas y candidatos. También girará en torno a la credibilidad del acto electoral. Si el asalto al Capitolio fue un ensayo general, el riesgo no reside en una repetición literal de la violencia, sino en una sofisticación del método: menos espectacular, más administrativa, más eficaz. 











