Argentina cayó al puesto 104 en un ranking global que compara la calidad de las élites nacionales
El Elite Quality Report 2026 ubicó al país en el puesto 104 entre 151 economías. El estudio plantea una explicación que va más allá de la inflación y el déficit: Argentina tiene recursos, capital humano y capacidad para tomar decisiones, pero buena parte de sus incentivos económicos todavía premian más la búsqueda de rentas que la inversión y la productividad.

Argentina tiene Vaca Muerta. Tiene campo. Tiene litio. Tiene profesionales y universidades. Tiene empresarios con experiencia internacional y un Estado que, cuando decide hacerlo, puede cambiar las reglas de la economía en muy poco tiempo.
Entonces, ¿por qué le cuesta tanto crecer durante períodos prolongados?
El Elite Quality Report 2026 ensaya una respuesta. El estudio, elaborado bajo la dirección académica de la Universidad de St. Gallen, analiza 151 países a partir de 148 indicadores. Argentina quedó en el puesto 104 y perdió 18 posiciones respecto de la edición anterior.
Pero el ranking es apenas el comienzo. Lo más interesante está en el diagnóstico.
Una pregunta diferente
Durante décadas, la discusión económica argentina giró alrededor de problemas conocidos: déficit fiscal, emisión, inflación, reservas, deuda y tipo de cambio.
El informe no dice que esos problemas sean irrelevantes. Propone mirar qué hay detrás.
La pregunta es bastante sencilla: ¿resulta más rentable crear riqueza o conseguir una parte de la riqueza que generan otros?
Ese es el eje del concepto de “calidad de las élites” que utiliza el estudio. No se refiere solamente a personas ricas. El término comprende a los grupos que controlan los principales modelos de negocios y tienen capacidad para influir sobre las decisiones económicas.
Una empresa puede ganar dinero porque invierte, innova, exporta, aumenta su productividad o desarrolla un producto que otros quieren comprar.
También puede hacerlo porque obtiene protección, una regulación favorable, una barrera que dificulta la entrada de competidores o algún otro privilegio.
En el primer caso crea valor. En el segundo, según la terminología del informe, lo extrae.
Y allí aparece el problema argentino.
Argentina tiene poder, pero crea poco valor
Los números muestran una diferencia considerable.
Argentina ocupa el puesto 39 en Poder Político y el 60 en Poder Económico. Sin embargo, cae al 137 cuando el índice mide Valor Económico. En el ranking general queda 104.
El dato cambia un poco la forma de mirar el problema.
Argentina no sería simplemente un país incapaz de organizarse o tomar decisiones. Existe poder para hacerlo. Lo que falla es la transformación de ese poder en inversión, productividad y crecimiento sostenido.
La historia reciente ofrece ejemplos de esa capacidad. El país pudo establecer controles de cambio, eliminarlos, cerrar importaciones, abrirlas, crear impuestos, modificar subsidios o transformar el régimen monetario.
Lo difícil no fue cambiar.
Lo difícil fue construir reglas capaces de sobrevivir al siguiente cambio.
El acuerdo que sobrevive a las peleas
El informe introduce en este punto una idea más política.
Argentina suele describirse como un país atravesado por una pelea permanente entre grupos económicos, políticos y sociales. Ninguno consigue imponer durante mucho tiempo su propio proyecto.
Es el conocido “empate hegemónico”.
Los autores creen que ese empate es solo parcial.
Debajo del conflicto habría algunos acuerdos que permiten conservar posiciones. Uno de ellos aparece en el sistema tributario.
Según el trabajo, la Argentina desarrolló una estructura que carga fuertemente el consumo y las transacciones mientras protege, en términos relativos, otras formas de ingresos y riqueza. El país aparece en el puesto 132 en el indicador relacionado con impuestos directos al consumo.
Durante largos períodos, además, la inflación permitió financiar desequilibrios sin explicitar completamente quién pagaba.
El costo apareció en otro lugar: salarios, ahorros y capacidad de planificar.
El problema de pensar a cinco años
Este es uno de los puntos más fuertes del diagnóstico.
Argentina ocupa el puesto 142 en Valor del Capital. También aparece 130 en inflación, 146 en erosión del capital y 126 en formación bruta de capital.
¿Qué significa eso fuera de un ranking?
Que resulta difícil tomar decisiones a largo plazo.
Una familia que ahorra no sabe cuánto valdrá ese dinero dentro de algunos años. Una empresa enfrenta dificultades similares para calcular una inversión. Los contratos se acortan. La liquidez adquiere valor. El capital busca mecanismos para protegerse.
Entonces ocurre algo conocido en Argentina: una parte enorme de la energía económica se dedica a defender el patrimonio en lugar de aumentarlo.
No es solamente un problema monetario.
También es un problema de horizonte.
Empresas grandes no es lo mismo que empresas protegidas
El informe también se detiene sobre la concentración económica.
Argentina aparece en el puesto 12 en Dominancia Empresarial. Pero los autores hacen una distinción importante: tener grandes empresas no necesariamente es malo.
La cuestión es cómo llegaron a ser grandes.
Una compañía puede crecer porque produce mejor, alcanza economías de escala y compite con éxito.
O puede hacerlo porque opera en un mercado protegido, cuenta con ventajas regulatorias o enfrenta poca competencia.
El estudio sostiene que Argentina tiene demasiados incentivos del segundo tipo. Por eso propone reducir barreras administrativas y comerciales y reemplazar decisiones discrecionales por reglas más previsibles.
La apertura, desde esta perspectiva, no es solamente una discusión sobre importaciones.
Es una herramienta para obligar a competir.
También hay que dejar fracasar
Hay otra dimensión menos discutida.
Argentina ocupa el puesto 82 en destrucción creativa.
El término, asociado al economista Joseph Schumpeter, describe el proceso mediante el cual nuevas empresas, tecnologías y modelos de negocios reemplazan a los que dejan de funcionar.
Para que nazcan empresas nuevas, algunas viejas tienen que desaparecer.
El informe considera que Argentina hace demasiado costoso ese proceso. Por eso propone simplificar concursos y quiebras para permitir que capital, trabajadores y activos pasen más rápido de actividades improductivas hacia otras con mejores perspectivas.
Proteger permanentemente una empresa que dejó de ser viable puede conservar empleos durante un tiempo.
También puede impedir que esos recursos creen empleos en otra actividad.
Argentina empieza a quedar lejos de sus vecinos
El contexto regional vuelve más llamativo el resultado.
Chile aparece en el puesto 37 y subió ocho lugares. Perú está 50. Brasil avanzó 18 posiciones y llegó al 54. Argentina quedó en el 104.
Arriba del ranking aparecen Singapur, Estados Unidos, Japón y Suiza. China llegó al puesto 11 después de subir ocho posiciones. India alcanzó el 53 y muestra una transformación todavía mayor: en 2021 ocupaba el puesto 118.
Son países demasiado diferentes como para atribuir el resultado a una única receta.
Y ese es precisamente el argumento del informe.
La diferencia no estaría simplemente entre más Estado o menos Estado.
Estaría entre usar el poder para proteger rentas o utilizarlo para crear las condiciones que permitan producir más.
Después de estabilizar
El capítulo argentino propone seis áreas de reforma. Entre ellas aparecen cambios tributarios, eliminación de impuestos en cascada y sobre transacciones, modernización del sistema financiero, mayor competencia externa, neutralidad regulatoria y una reforma del régimen de concursos y quiebras.
Algunas propuestas son discutibles. También lo son la selección de indicadores y las ponderaciones utilizadas para construir un ranking que intenta condensar fenómenos institucionales muy complejos.
Pero el trabajo deja una pregunta particularmente pertinente para la Argentina actual.
Durante décadas el país discutió cómo estabilizar su economía. Y la estabilidad es una condición necesaria.
No necesariamente suficiente.
Porque una economía puede ordenar sus cuentas, eliminar la inflación y recuperar precios relativos. Después aparece otro desafío: conseguir que el capital tenga incentivos para invertir.
Si obtener una protección sigue siendo más rentable que aumentar la productividad, habrá empresarios buscando protección.
Si invertir resulta más rentable, habrá inversión.
El problema argentino, visto desde esta perspectiva, no termina cuando la macroeconomía se estabiliza.
Empieza allí una segunda discusión: qué comportamientos económicos decide premiar el país.
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