AfD: el partido que desafía el consenso alemán
El congreso celebrado en Erfurt consolidó el avance del sector más nacionalista de Alternativa para Alemania. Un siglo después del congreso de Weimar que reorganizó al Partido Nazi, la principal fuerza de oposición alemana atraviesa su momento de mayor crecimiento electoral mientras redefine el equilibrio político del país.

Hay fechas que, por sí solas, no explican la historia. Pero obligan a observar con mayor atención los procesos que atraviesan una sociedad.
El 4 de julio, Alternativa para Alemania (AfD) reunió a unos 600 delegados en Erfurt para celebrar su congreso federal. El objetivo formal era renovar autoridades y definir la estrategia política para los próximos meses. Sin embargo, la reunión terminó ofreciendo una imagen más profunda: el desplazamiento del centro de gravedad del partido hacia el sector nacionalista encabezado por Björn Höcke.
La coincidencia temporal llamó la atención de numerosos observadores alemanes. Exactamente un siglo antes, el 3 y 4 de julio de 1926, el Partido Nacionalsocialista había celebrado en Weimar una conferencia decisiva para consolidar su reorganización después del fallido golpe de Estado de Múnich de 1923 y de su refundación en febrero de 1925.
La comparación exige prudencia. AfD no es el Partido Nazi y la Alemania de hoy tampoco se parece a la República de Weimar. Las instituciones democráticas son mucho más sólidas, la Constitución fue diseñada precisamente para impedir el colapso del sistema y el contexto económico y social es completamente distinto.
Sin embargo, la analogía histórica no reside en identificar ambos movimientos como equivalentes, sino en observar un fenómeno político similar: un partido que nació en los márgenes del sistema, abandona cualquier lógica testimonial y comienza a disputar el poder mediante las urnas.
En 1926 el Partido Nazi todavía era una fuerza minoritaria. Dos años más tarde apenas obtendría el 2,6% de los votos. La Gran Depresión modificaría completamente ese escenario y, en apenas cuatro años, Adolf Hitler transformaría una organización marginal en el principal partido de Alemania.
La historia nunca se repite de manera idéntica. Pero sí muestra que los cambios de régimen suelen comenzar mucho antes de que resulten evidentes.
Durante décadas, el consenso político alemán se apoyó sobre un principio prácticamente inalterable: ningún partido situado fuera del arco democrático tradicional podía aspirar seriamente al poder. Ese acuerdo, conocido como Brandmauer —el “cortafuegos”—, implicó que todas las demás fuerzas se comprometieran a excluir a AfD de cualquier coalición de gobierno.
Ese consenso comienza ahora a enfrentarse a un problema aritmético.
AfD ya no representa una protesta marginal. Se convirtió en una fuerza capaz de disputar el liderazgo electoral nacional.
El crecimiento de AfD dejó de ser una hipótesis para convertirse en un dato político.
En las elecciones federales de febrero de 2025, el partido obtuvo 20,8% de los votos y se consolidó como la segunda fuerza del país. Desde entonces, la tendencia continuó fortaleciéndose. Diversas encuestas publicadas durante junio ubicaron a AfD entre 27% y 30% de intención de voto, en algunos casos por encima de la alianza conservadora CDU/CSU del canciller Friedrich Merz.
Más importante que el porcentaje es la tendencia. Por primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, una fuerza situada en la extrema derecha nacionalista aparece con posibilidades reales de transformarse en el partido más votado de Alemania.
El fenómeno ya no se limita a los estados de la antigua Alemania Oriental, donde AfD construyó su fortaleza inicial. La formación comenzó a crecer también en regiones occidentales, aprovechando el deterioro económico, la desaceleración industrial, la pérdida de competitividad de la economía alemana y el malestar generado por la inmigración y los costos de la transición energética.
Durante años, los partidos tradicionales respondieron con el denominado Brandmauer, el cordón sanitario que impide cualquier acuerdo de gobierno con AfD.
La estrategia permitió aislar políticamente al partido mientras representaba entre 10% y 15% del electorado. Pero ese mecanismo comienza a mostrar límites cuando una fuerza concentra cerca de un tercio de la intención de voto.
Cada punto que gana AfD obliga a construir coaliciones cada vez más amplias entre partidos con diferencias ideológicas profundas. Paradójicamente, el intento de excluir a la extrema derecha termina aumentando la fragilidad de los gobiernos que buscan contenerla.
La verdadera noticia del congreso
Formalmente, el congreso de Erfurt transcurrió sin sobresaltos.
Alice Weidel fue reelegida copresidenta con 81,3% de los votos y Tino Chrupalla conservó el otro liderazgo nacional con 70%.
La fotografía parecía transmitir continuidad.
Sin embargo, la verdadera disputa se desarrolló algunos escalones por debajo.
La renovación del comité ejecutivo incorporó dirigentes estrechamente vinculados al sector encabezado por Björn Höcke, el líder de AfD en Turingia.
Entre ellos sobresalen Stefan Möller, considerado uno de sus colaboradores políticos más cercanos, y Katrin Ebner-Steiner, referente del ala nacionalista en Baviera.
No se trató de un cambio menor.
Desde hace varios años, Höcke representa la corriente más ideológica de AfD. Aunque nunca presidió el partido nacional, su espacio político fue expandiendo lentamente su influencia dentro de la organización.
Ese sector nació alrededor de Der Flügel (“El Ala”), la corriente creada por Höcke y Andreas Kalbitz.
En 2020, la Oficina Federal para la Protección de la Constitución clasificó a Der Flügel como una organización extremista. La presión llevó a su disolución formal.
Pero la organización desapareció únicamente sobre el papel.
Sus dirigentes permanecieron dentro del partido, conservaron sus redes territoriales y continuaron ocupando posiciones de influencia.
El congreso de Erfurt confirmó que aquella corriente ya no constituye una minoría incómoda. Sus representantes forman parte de la conducción nacional y participan de las principales decisiones estratégicas.
Más que una victoria personal de Höcke, lo ocurrido representa la consolidación política de la corriente que él construyó durante más de una década.
El apoyo internacional
En esa transformación apareció un actor inesperado: Elon Musk.
El empresario se convirtió en el respaldo internacional más importante que recibió AfD desde su creación.
A fines de 2024 afirmó públicamente que “solo AfD puede salvar a Alemania”. Posteriormente publicó una columna defendiendo al partido y mantuvo una extensa conversación transmitida por X con Alice Weidel durante la campaña electoral.
Nunca antes un empresario con semejante influencia global había intervenido de manera tan directa en la política alemana.
El efecto fue doble.
Dentro de Alemania, el respaldo permitió a AfD presentarse como una fuerza política legitimada por una de las figuras más influyentes del mundo empresarial y tecnológico.
Fuera del país, integró al partido dentro de una red internacional de dirigentes nacionalistas y conservadores vinculados al entorno político de Donald Trump.
Sería exagerado atribuir el crecimiento electoral de AfD a Musk.
Las razones principales son domésticas: el bajo crecimiento económico, la crisis industrial, la inmigración, el aumento de la inseguridad percibida y el desgaste de los partidos tradicionales.
Pero su apoyo contribuyó a romper el aislamiento internacional que históricamente acompañó a la formación alemana.
Por primera vez, AfD dejó de presentarse únicamente como un fenómeno político alemán para comenzar a formar parte de una corriente internacional de derecha nacionalista que atraviesa buena parte de Occidente.
El hombre que cambió la derecha alemana
Björn Höcke nunca necesitó convertirse en presidente de AfD para transformarse en su dirigente más influyente.
A diferencia de Alice Weidel, que representa la cara institucional del partido y busca ampliar su llegada hacia sectores conservadores y empresariales, Höcke construyó su poder desde las bases militantes, especialmente en los estados de la antigua Alemania Oriental.
Ex profesor de historia, ingresó a AfD poco después de su fundación y asumió la conducción del partido en Turingia en 2013. Desde allí impulsó una transformación ideológica que modificó la identidad original de la organización.
AfD había nacido en 2013 como un partido euroescéptico, crítico de los rescates financieros durante la crisis del euro y de la creciente integración europea. La inmigración todavía no ocupaba un lugar central en su agenda.
Höcke cambió ese eje.
Bajo su influencia, el partido comenzó a concentrar su discurso en la identidad nacional, la inmigración, la seguridad, la crítica al multiculturalismo y el cuestionamiento de lo que denomina el consenso político construido por las élites alemanas después de la Segunda Guerra Mundial.
Ese cambio coincidió con la crisis migratoria de 2015 y permitió que AfD ampliara rápidamente su base electoral.
La figura de Höcke siempre estuvo rodeada de controversias.
En 2017 calificó al Monumento a las Víctimas del Holocausto en Berlín como un “monumento de la vergüenza” y sostuvo que Alemania necesitaba un giro de 180 grados en su política de memoria histórica. En distintas oportunidades cuestionó la denominada “cultura de la culpa” que marcó la reconstrucción política alemana desde 1945.
Esas declaraciones llevaron a que la Oficina Federal para la Protección de la Constitución lo identificara como uno de los principales referentes del extremismo de derecha dentro de AfD.
Sin embargo, lejos de debilitarlo, ese proceso terminó fortaleciendo su posición entre la militancia más activa del partido.
Su estrategia fue distinta de la habitual en la política.
En lugar de disputar la conducción nacional, consolidó un poder territorial en el este alemán, promovió dirigentes propios y construyó una red política capaz de influir sobre las decisiones federales sin necesidad de controlar formalmente la presidencia.
El congreso de Erfurt confirmó el resultado de ese trabajo.
Varios dirigentes identificados con su corriente ingresaron al comité ejecutivo nacional y ampliaron el peso del antiguo Der Flügel dentro de la conducción partidaria.
Hoy, incluso quienes mantienen diferencias con Höcke reconocen que ninguna decisión estratégica relevante puede adoptarse sin considerar su posición.
Alice Weidel continúa siendo la principal figura electoral del partido y la dirigente con mayor proyección internacional.
Höcke, en cambio, se convirtió en su principal arquitecto ideológico.
Esa división del trabajo explica buena parte del crecimiento de AfD. Mientras Weidel busca ampliar la base electoral y reducir el aislamiento político del partido, Höcke preserva la cohesión del núcleo militante y fija los límites del debate interno.
En política, pocas combinaciones resultan tan eficaces como la coexistencia de un liderazgo moderado hacia afuera y una conducción doctrinaria hacia adentro.
Una advertencia para la democracia alemana
El congreso de Erfurt dejó una imagen difícil de ignorar.
AfD llega a la segunda mitad de la década con una conducción consolidada, un crecimiento sostenido en las encuestas y una corriente nacionalista que amplía su influencia sobre el partido sin provocar fracturas internas.
El desafío para el resto del sistema político alemán ya no consiste únicamente en contener a una fuerza considerada extremista.
Consiste en responder a las razones que explican por qué millones de electores dejaron de confiar en los partidos que gobernaron Alemania durante las últimas décadas.
La historia enseña que los partidos radicales rara vez llegan al poder únicamente por sus propios méritos.
Lo hacen cuando las fuerzas tradicionales dejan de ofrecer respuestas convincentes a los problemas de la sociedad.
Esa es, probablemente, la principal enseñanza que deja el paralelismo histórico entre 1926 y 2026.
No porque ambas Alemanias sean iguales.
Sino porque ambas enfrentaron, en momentos muy diferentes de su historia, la misma pregunta: qué ocurre cuando una fuerza situada fuera del consenso político deja de ser una protesta para convertirse en una alternativa de gobierno.
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