Lo que Natura non da, Salamanca non presta
Ninguna universidad enseña a ser buena persona. Se dirá que el concepto es subjetivo e inasible. Cierto, pero las buenas personas existen. Y cuando vemos una, la reconocemos. La idea no tiene definición, pero se puede intentar una descripción.
Esta frase --de tanta vaguedad como subjetividad-- tiene, también, un alcance bastante amplio. Intentemos, al menos, describirla por lo que una persona así calificada hace o deja de hacer.
Una “buena persona”:
· Es más que una persona honrada o que una que respeta siempre a los preceptos de la ética.
· No recurre al contexto o a la circunstancia para explicar una acción que de otra forma no tomaría.
· Evalúa los procesos en su totalidad y no según los últimos acontecimientos.
· No vive sospechando de los demás.
· No tiene malicia y no teme la malicia de los demás.
· Habla claro y de frente. Siempre. Aun en las situaciones más difíciles.
· Es generosa con sus cosas, con sus juicios, con sus evaluaciones.
· No conspira ni permite que se difunda la conspiración.
Los científicos de las ciencias sociales llevan, no décadas, siglos tratando de dilucidar si estas cuestiones son innatas o adquiridas. O qué proporción corresponde a los genes que traemos al nacer y qué otra al medio ambiente que nos cría, que nos educa y que nos forma. Es posible que nunca se pongan de acuerdo, que todos estén en lo cierto o que ninguno de ellos tenga razón.
Pero el tema de ser o no ser una buena persona tiene mucha importancia para todos los argentinos que debemos vivir este momento, superarlo, y luego recuperar la normalidad.
Nuestras empresas necesitan estar lideradas por una “buena persona”. Se podrá decir “es el gobierno el que debe tener buenas personas al mando”. Por supuesto que sí. Pero nadie puede en este país tirar la primera piedra. Hemos llegado donde hemos llegado porque el afán de enriquecimiento personal fue demasiado lejos en todas las épocas de nuestra historia nacional.
La conclusión podría ser “dediquémonos a ser buenas personas” y lo demás, con el tiempo, llegará solo.
Esta frase --de tanta vaguedad como subjetividad-- tiene, también, un alcance bastante amplio. Intentemos, al menos, describirla por lo que una persona así calificada hace o deja de hacer.
Una “buena persona”:
· Es más que una persona honrada o que una que respeta siempre a los preceptos de la ética.
· No recurre al contexto o a la circunstancia para explicar una acción que de otra forma no tomaría.
· Evalúa los procesos en su totalidad y no según los últimos acontecimientos.
· No vive sospechando de los demás.
· No tiene malicia y no teme la malicia de los demás.
· Habla claro y de frente. Siempre. Aun en las situaciones más difíciles.
· Es generosa con sus cosas, con sus juicios, con sus evaluaciones.
· No conspira ni permite que se difunda la conspiración.
Los científicos de las ciencias sociales llevan, no décadas, siglos tratando de dilucidar si estas cuestiones son innatas o adquiridas. O qué proporción corresponde a los genes que traemos al nacer y qué otra al medio ambiente que nos cría, que nos educa y que nos forma. Es posible que nunca se pongan de acuerdo, que todos estén en lo cierto o que ninguno de ellos tenga razón.
Pero el tema de ser o no ser una buena persona tiene mucha importancia para todos los argentinos que debemos vivir este momento, superarlo, y luego recuperar la normalidad.
Nuestras empresas necesitan estar lideradas por una “buena persona”. Se podrá decir “es el gobierno el que debe tener buenas personas al mando”. Por supuesto que sí. Pero nadie puede en este país tirar la primera piedra. Hemos llegado donde hemos llegado porque el afán de enriquecimiento personal fue demasiado lejos en todas las épocas de nuestra historia nacional.
La conclusión podría ser “dediquémonos a ser buenas personas” y lo demás, con el tiempo, llegará solo.
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