El informe “Multilatinas en movimiento: características, motivaciones y lineamientos de política” parte de una discusión conocida y todavía incómoda: cuando una empresa invierte afuera, ¿se lleva empleo, producción y futuro? La pregunta reaparece en cada ciclo de escasez de divisas y en cada debate sobre “fuga” de capacidades. El texto no niega los costos posibles; discute la premisa de daño automático y coloca la inversión externa en una lógica menos moral y más estratégica.
Lo hace con una tesis simple: la internacionalización vía inversión directa saliente (IEDS) puede mejorar productividad, capacidades y acceso a financiamiento; y esos efectos pueden derramar sobre la economía de origen por encadenamientos y transferencia de conocimiento. La imagen que sugiere el propio texto es la de una región que, en lugar de sólo “salir al mundo” exportando bienes, empieza a hacerlo también construyendo redes empresarias y presencia corporativa.
Un fenómeno con historia y una bisagra de época
Las multilatinas, plantea el documento, crecieron en número, inversión y alcance geográfico durante tres décadas, con un salto asociado al ciclo de apertura y estabilización regional de los años 90 y al despliegue de cadenas globales de valor (con un punto de inflexión tras la crisis de 2008). No se trata de una rareza sectorial: el fenómeno cruza industrias y edades empresarias, desde firmas tradicionales hasta compañías jóvenes nacidas con “mirada global”.
En esa evolución asoma una tensión conocida para países de mercados pequeños o inestables: “comprar o ser compradas”. El texto usa esa dicotomía como síntesis de una presión competitiva: a veces la expansión externa no luce como capricho, sino como condición de supervivencia corporativa.
La evidencia: 156 firmas, dos fuentes y una foto reciente
Uno de los aportes centrales del trabajo es metodológico: combina revisión bibliográfica, análisis histórico-institucional y una base cuantitativa construida con estados financieros públicos y una encuesta específica del BID.
La “foto” empírica se arma con 156 firmas que cotizaron en EE.UU. o en mercados de valores de América Latina y el Caribe. El relevamiento se realizó en septiembre de 2024 sobre balances públicos presentados ante la Securities and Exchange Commission o entidades homólogas, y se complementa con una encuesta del BID.
La distribución por país confirma liderazgos esperables, aunque introduce un matiz relevante: Brasil (26,9%), México (20,5%), Chile (19,2%), Argentina (12,8%) y Colombia (6,4%) concentran buena parte de la muestra, pero el fenómeno no queda confinado a los grandes. Para los autores, el tamaño del mercado doméstico no opera como límite determinante: pesan más la especialización productiva, la estrategia y el acceso a redes regionales.
Dos caminos: regionalizarse o globalizarse
El documento propone observar estrategias distintas. Una parte importante de las firmas sigue una lógica regional: aprovecha cercanía geográfica y cultural y un conocimiento más fino de barreras regulatorias vecinas. Allí aparecen casos como Mercado Libre o Nubank. Otras adoptan un alcance global y explotan ventajas de costo en capital humano: el texto menciona a Globant como ejemplo.
Esa distinción evita una trampa frecuente: tratar a las multilatinas como un bloque uniforme. El trabajo insiste en su heterogeneidad: conglomerados regionales, firmas medianas especializadas, empresas centenarias intensivas en recursos naturales y compañías tecnológicas. A esa diversidad le adjudica consecuencias para el diseño de políticas: no existe un instrumento único que sirva para todos.
También ofrece un indicador de escala humana del proceso. Entre las empresas jóvenes de mayor tamaño —incluidas las valoradas por encima de US$ 1.000 millones— se observan más oficinas en el exterior y un mayor porcentaje de empleados internacionales; las más pequeñas se concentran en América Latina y, en menor medida, en EE.UU. Ese dato sugiere una hipótesis que el propio texto deja abierta: la internacionalización no es sólo geografía; es organización.
Qué puede hacer el Estado sin “elegir ganadores”
El capítulo de políticas públicas, según anticipa el documento, ordena instrumentos para potenciar impactos positivos de la IEDS en las economías de origen. La lista no se apoya en grandes gestos; se apoya en condiciones: estabilidad regulatoria, financiamiento competitivo, servicios de facilitación para ingresar a mercados de destino y coordinación público-privada. La clave es el diagnóstico de incertidumbre: en ese entorno, el Estado puede actuar como catalizador, sobre todo para empresas medianas con potencial y menores capacidades organizativas.
Hay, además, una dimensión silenciosa pero concreta: dónde se “radican” legalmente las compañías. El texto observa que la mayoría se domicilia en su país de origen, aunque un 13% lo hace en terceros países, a menudo de baja tributación (menciona Bahamas, Bermudas y EE.UU.). Esa observación no funciona como denuncia; funciona como recordatorio de que la competencia por sedes corporativas también es política económica.
Lo que queda abierto
El cierre del informe cumple una función útil: no se contenta con describir, propone una agenda de investigación. Pide estudios longitudinales a nivel firma, análisis del impacto sobre innovación y adopción digital, evaluaciones sobre mercado de trabajo (distribución del ingreso y calidad del empleo) y un examen del rol de agencias de promoción de exportaciones e inversiones. El mensaje implícito es que la región todavía discute la IEDS con intuiciones; el documento busca empujarla hacia evidencia.
En conjunto, la nota técnica del BID invita a repensar la inserción internacional desde una perspectiva menos defensiva. Las multilatinas aparecen como síntoma de adaptación al entorno global, pero también como oportunidad para escalar capacidades y sofisticar estructuras productivas. La condición, subraya el texto, no es retórica: requiere entornos financieros, institucionales y políticos que acompañen ese tránsito.











