La política exterior de Donald Trump tiene una imagen sencilla y brutal: Estados Unidos como “gran tienda departamental” a la que todos quieren acceder, y por eso —en la lógica del presidente— todos deben pagar. No se trata de cooperación, sino de captura. No se busca un orden estable: se busca una ventaja inmediata. En un texto reciente, el politólogo Stephen M. Walt propone un nombre para esa gran estrategia: “hegemonía depredadora”.
De hegemón “benigno” a hegemón “depredador”
Durante la Guerra Fría, recuerda Walt, Estados Unidos actuó con sus aliados como un hegemón más “benévolo” que explotador: podía presionar, pero entendía que la prosperidad de Europa y Asia era parte de su propia seguridad. En la etapa unipolar posterior, Washington se volvió más voluntarioso —Afganistán, Irak, cruzadas fallidas—, pero seguía creyendo que un orden liberal global era útil para sí y para el mundo.
La diferencia, en la tesis de la “hegemonía depredadora”, es cualitativa: la extracción de concesiones deja de ser un recurso excepcional y se vuelve el principio organizador, incluso frente a socios. En lugar de alianzas de suma positiva, una contabilidad de suma cero: si el otro gana “más”, el acuerdo es malo aunque Estados Unidos también gane. La prioridad es quedarse con “la mayor parte”.
El repertorio: aranceles, coerción financiera y “sumisión” simbólica
En la descripción del enfoque, aparecen instrumentos que combinan economía y poder: aranceles como castigo o amenaza, sanciones y palancas financieras, manipulación de accesos al mercado, y un uso explícito del paraguas militar como moneda de cambio. El mensaje implícito es simple: protección y acceso se negocian; la lealtad se cobra.
Walt subraya un rasgo que suele quedar fuera de los análisis técnicos: la dimensión ritual de la subordinación. La “hegemonía depredadora” necesita mostrar, una y otra vez, quién manda. Exige gestos públicos de deferencia —a veces degradantes— que disciplinan por anticipado a los demás: el costo de resistir no es solo económico; también es simbólico.
En el texto aparecen ejemplos que ilustran el mecanismo: amenazas arancelarias para modificar políticas no económicas, presiones sobre aliados, y una preferencia sistemática por la negociación bilateral para maximizar asimetrías —en detrimento de marcos multilaterales—, desde organismos de comercio hasta acuerdos climáticos o instituciones judiciales internacionales.
El punto débil: la multipolaridad ofrece “salidas de emergencia”
La advertencia central de Walt es que este estilo puede funcionar “por un tiempo”, pero está mal adaptado a un mundo con varias grandes potencias. La razón es estructural: la multipolaridad brinda alternativas. Si se vuelve costoso depender de Washington, los países invierten en caminos de salida.
Ahí aparece el rol de China: no solo como rival geopolítico, sino como “opción económica” cada vez más verosímil. Walt remarca tendencias duras —peso exportador, cadenas de suministro, dominio de insumos críticos— que reducen la capacidad de Estados Unidos de intimidar a potencias medianas y grandes del mismo modo que a países más débiles.
En ese marco, los socios comienzan a recalcular. Unión Europea busca acuerdos comerciales con terceros; Asia ensaya coordinaciones propias; y se acelera el incentivo a diversificar mercados, monedas, proveedores y alianzas. El punto no es una “coalición antiestadounidense” inmediata; es la erosión gradual —y a veces súbita— de la influencia que se pretende exprimir.
El costo oculto: cuando la coerción desordena la propia máquina
Hay un problema de gestión, además del político. Una estrategia basada en presiones bilaterales constantes en un mundo de casi 200 países es, por definición, ineficiente: consume tiempo, obliga a improvisar, multiplica acuerdos difíciles de auditar y abre la puerta a la elusión (prometer hoy, incumplir mañana). La presión permanente también degrada el activo más escaso de la diplomacia: la previsibilidad.
Ese efecto se potencia si, como sugiere Walt, el estilo transaccional se mezcla con incentivos personales y zonas grises de conflicto de interés: el resultado ya no es solo una política exterior dura, sino una política exterior mercantilizada, donde la frontera entre interés nacional y negocio privado se vuelve borrosa.
Europa, la OTAN y el incentivo a independizarse
El texto insiste en un punto que, para los aliados, es existencial: si la amenaza de retirarse de OTAN se usa como herramienta de negociación económica, pierde credibilidad con el tiempo. Si la retirada nunca ocurre, el farol se descubre. Si ocurre, se evapora la influencia.
Ese dilema es el que empuja a Europa a acelerar capacidades propias, aunque sea costoso. El “ahorro” inmediato que Washington obtiene al cobrar peajes puede transformarse en una pérdida mayor: aliados menos dependientes y, por lo tanto, menos controlables.
América Latina: la oportunidad y el riesgo de la excepción
Para Argentina, la tesis de Walt es especialmente sugerente porque introduce un matiz incómodo: en una hegemonía depredadora, el trato puede volverse más favorable no por razones económicas objetivas, sino por afinidad política y gestos de lealtad. El texto menciona, como ejemplo, la extensión de una línea de swap para fortalecer el peso argentino en 2025, asociada a la cercanía entre Trump y Javier Milei.
Esa lógica abre una ventana: un país puede obtener alivio o excepciones si encaja en la narrativa política del centro. Pero también eleva el riesgo sistémico: la previsibilidad se reemplaza por la discrecionalidad. La “política de acceso” deja de depender de reglas y pasa a depender de vínculos personales, señales de alineamiento y gestos de sumisión. Para economías frágiles, ese esquema puede ser tentador en el corto plazo y peligroso en el largo: convierte una estrategia nacional en una apuesta a una relación.
Una conclusión poco glamorosa: el poder se agota cuando se lo cobra demasiado
Walt cierra con una idea que en los negocios sería obvia: la marca se destruye cuando se exprime al cliente. La influencia internacional funciona de modo parecido. Estados Unidos construyó poder no solo por su tamaño, sino por redes de confianza, instituciones, reglas y “moderación” en el uso de su fuerza. La hegemonía depredadora, en cambio, sacrifica reputación por caja. Y puede terminar produciendo lo contrario de lo que promete: un mundo con más incentivos para escapar de Washington y menos motivos para seguirlo.
En tiempos de tensión global, esa es una lección de primer orden para cualquier país periférico: cuando el centro empieza a “cobrar la pertenencia”, la autonomía deja de ser un discurso y se vuelve un seguro.











