La lucha contra el cambio climático tiene un problema básico de gestión: el mundo mide el carbono con menos rigor que los resultados financieros. Mientras las compañías dedican ingentes recursos a reportar utilidades, márgenes y flujos de caja, sus emisiones siguen registrándose con criterios heterogéneos y voluntarios. Esa asimetría mina la credibilidad de los compromisos de sostenibilidad.
Stephen Penman, profesor de Columbia Business School y de la Universidad Bocconi, propone corregirla con una idea potente: una “contabilidad del carbono”, tan rigurosa y verificable como la contabilidad tradicional, que permita evaluar a las organizaciones por su contribución neta a la atmósfera.
En su paper Accounting for Carbon (septiembre de 2025), Penman plantea diseñar un sistema de doble entrada en el que las emisiones se registren como pasivos y las inversiones en reducción o captura de carbono como activos. El resultado sería un balance y un estado de resultados expresados no en dólares, sino en toneladas equivalentes de CO₂.
El balance del planeta
El método parte de una premisa: si la contabilidad financiera informa sobre el valor creado para los accionistas, la contabilidad del carbono debería informar sobre el valor creado —o destruido— para la sociedad. En esa lógica, el “patrimonio neto” del nuevo balance refleja la contribución de la empresa al bien común: una posición negativa equivale a un pasivo ambiental, una positiva a un activo social.
El sistema replica las estructuras conocidas del reporting financiero. A la izquierda del balance, los “activos” representarían las acciones que reducen carbono: compra de bonos verdes, inversión en tecnología de captura, energías limpias o conservación de bosques. A la derecha, las “deudas” corresponderían a las emisiones generadas y las obligaciones de mitigarlas.
El diferencial entre ambos lados revelaría la huella neta de carbono del ente, actualizada año a año mediante un “estado de resultados” ambiental que registra los flujos de emisiones y remociones del período.
Responsabilidad y verificación
Más que un ejercicio contable, Penman imagina un sistema de rendición de cuentas, una “accountability” ambiental con incentivos claros. Cada empresa rendiría cuentas de su “déficit” o “superávit” de carbono ante los stakeholders: reguladores, inversores, clientes o la sociedad.
El modelo incorpora un principio clave de la contabilidad: la trazabilidad. Cada tonelada emitida o capturada tendría una contrapartida registrada, evitando dobles contabilizaciones o “greenwashing”. De este modo, un crédito de carbono vendido no sería un simple ingreso, sino una obligación: la empresa debe probar que realmente retiró de la atmósfera el volumen comprometido.
El esquema permitiría auditorías ambientales equivalentes a las financieras, con información verificable y estandarizada. Los reguladores podrían consolidar balances por sectores, países o regiones; los bancos evaluarían el riesgo climático junto con el crediticio; y los fondos ESG tendrían una métrica sólida para distinguir la inversión verde genuina de la cosmética.
De las finanzas a la sostenibilidad
El punto más innovador del modelo es su vinculación entre la performance ambiental y la económica.
Así como los analistas comparan márgenes de utilidad o rentabilidad sobre el capital, podrían calcular ratios como “emisiones netas sobre beneficios operativos” o “activos verdes sobre pasivos de carbono”. La “doble materialidad” dejaría de ser un concepto difuso y se convertiría en una ecuación concreta.
En el plano estratégico, el sistema ofrece otra ventaja: resolver el desfase temporal entre la inversión en tecnologías limpias y sus resultados. Al registrar esas inversiones como activos, la empresa obtiene “crédito” por sus esfuerzos antes de que se materialicen los beneficios, de modo similar a como hoy se reconocen activos de capital que producirán utilidades futuras.
Penman llama a esto accrual accounting for carbon: una contabilidad por devengado ambiental que reconoce los esfuerzos de hoy en la rentabilidad sostenible de mañana.
Medir para transformar
La propuesta de Columbia dialoga con los recientes estándares internacionales IFRS S2 y con los marcos europeos de reporte de sostenibilidad (ESRS), pero va más allá de la mera divulgación: transforma el relato en una estructura cuantitativa.
Los informes voluntarios actuales —advierte Penman— adolecen de dispersión y falta de comparabilidad. Su sistema, en cambio, permite consolidar información y derivar indicadores: el ritmo de remediación (reducción neta sobre saldo anterior), la proporción de activos de mitigación sobre pasivos de emisión o el avance hacia objetivos de “net zero”.
En un escenario de mercados cada vez más sensibles al riesgo climático, el impacto es mayúsculo. Un balance de carbono negativo podría depreciar el valor bursátil de una compañía tanto como un déficit financiero. A la inversa, una posición ambiental positiva sería un activo reputacional y económico.
La contabilidad del carbono, concluye Penman, no reemplaza la contabilidad financiera, la complementa. Permite que ambos lenguajes —el del valor y el del impacto— se integren en un mismo marco analítico.
Del “storytelling” a la evidencia
El valor simbólico de esta propuesta no es menor: introduce un método que traduce la ética ambiental en una disciplina cuantificable. El planeta deja de ser una variable externa y entra en los libros contables.
En lugar de discursos voluntaristas, las empresas deberían mostrar balances auditados donde cada tonelada emitida figure junto a la inversión que la compensa. Un sistema así redefiniría la noción de éxito corporativo: ser rentable y sostenible dejarían de ser objetivos separados.
Columbia Business School, al poner este debate en la frontera entre economía, contabilidad y ética pública, recupera una idea clásica del management responsable: lo que no se mide no se gestiona.
En el siglo XXI, medir el carbono con la misma precisión con que se mide el capital puede ser el paso decisivo para alinear los intereses de los accionistas con los de la sociedad.












