En enero de 2026, en Buenos Aires, el cultivo de hongos volvió a ganar visibilidad como parte de una transformación cultural que los instaló en la conversación sobre alimentación consciente, gastronomía contemporánea y producción sustentable. En ese escenario, Hongos del Pilar trazó un objetivo productivo: llegar a los 3 millones de kilos anuales en 2030.
Durante siglos, los hongos fueron confundidos con vegetales. Sin embargo, no son plantas ni animales: pertenecen al Reino Fungi. No tienen raíces, hojas ni flores; no hacen fotosíntesis, no contienen clorofila y no producen semillas. En lugar de raíces, desarrollan hifas, filamentos microscópicos que forman el micelio, una red subterránea capaz de absorber nutrientes y reciclar materia orgánica.
Ese rasgo biológico se vincula con su rol en el equilibrio de los ecosistemas y con su incorporación a sistemas productivos de bajo impacto ambiental. El micelio, invisible al ojo humano, explica parte del interés creciente por los hongos en debates sobre eficiencia en el uso de recursos y modelos de producción.
En la cocina actual, el producto ganó protagonismo por su sabor profundo, su textura y su versatilidad, además de su perfil nutricional. El consumo de champignones y portobellos crece a un ritmo cercano al 6% anual, impulsado por nuevas formas de comer: menos procesado, más vegetal, más consciente y con foco en el origen de los alimentos.
En ese mercado, Hongos del Pilar se dedica exclusivamente al cultivo de champiñones blancos y portobellos en una planta de 13.500 m² ubicada en la provincia de Buenos Aires. La empresa fue fundada en 1982 y en 2024 alcanzó una producción de 2 millones de kilos anuales.
La hoja de ruta hacia 2030 se enmarca en un plan de crecimiento sostenido. “Lo que cultivamos no es solo un alimento, es una forma de pensar el futuro”, dijo Marcos Calderón, gerente general de Hongos del Pilar. “Los hongos permiten producir más con menos recursos y repensar la alimentación desde una lógica más eficiente y consciente”, agregó.
El cultivo de hongos se presenta, además, como una alternativa que requiere menos agua y menos tierra, y genera una menor huella de carbono que muchas otras producciones alimentarias.











