Ecología: ¿frustración y vuelta al principio?
Sería difícil hallar un tema más complejo que el cambio climático, sin duda el desafío mas acuciante que afronta la sociedad mundial, Para muchas empresas y no pocos estados, la transición verde ofrece oportunidades dignas de ser aprovechadas”.
Así comienza un trabajo –un poco optimista- de la alianza Insead/Wharton (París y Singapur). El consiguiente diseño de productos y servicios tiende a “satisfacer una creciente demanda, clave para un planeta cuyos recursos no renovables se constriñen día a día”.Este sector exhibe una dinámica vinculada a la expansión de mercados con significativo potencial de crear riqueza. Entre un grupo de países, por ejemplo, Surcorea quizá sea el más comprometido en estas búsquedas. Seúl “vislumbre la salida del carbono como medio idóneo para reestructurar una economía que solía ser dinámica, pero actualmente arriesga una madurez próxima al estancamiento”.Entonces “¿por qué cambio climático o biosfera son asuntos tan espinosos si el sector privado puede obtener tantas recompensas?”. Naturalmente, estas oportunidades comportan riesgos y, para muchos, las reconversiones de un modelo a otro son origen de amenazas o incomodidades para el negocio convencional. “Para ser francos –admite el trabajo-, las transformaciones pueden ser operativamente molestas o dolorosas. Asimismo, suelen estar sujetas a controles ambientales y costos en perpetua evolución”.Por supuesto, obra en este plano un mal llamado incertidumbre, Los gastos de capital, requeridos para innovar o mejorar resultados en materia de energía y combustibles e infraestructura, sólo son viables si se cuenta con proyecciones fiable de cosos y beneficios. Si no hay confianza, el capital se abroquela en el corto plazo o en perspectivas más fáciles. En tanto los precios para emisiones de carbono fluctúen con cada negociación regulatoria y los marcos sean temporalmente efímeros o geográficamete limitados, la economía carecerá de capacidad suficiente para adoptar decisiones inversoras.Esos factores explican por qué alcanzar acuerdos -en escenarios estables a largo plazo- para reducir emisiones es tan importante. Mucho se cifra en el éxito o el fracaso de las reuniones anuales posteriores al ya anacrónico protocolo de Kyoto (1992).En 2009, los prolegómenos pudieron resumirse en una palabra, “Copenhague”. La atención de gobiernos, medios, empresas y sociedad se centraba en el nivel del encuentro, sin precedentes. Pero, al cabo, fue una frustración, como lo resumía Le monde en una pregunta: “¿valió la pena ir?”. Cancún fue otra desilusión, pero igual concitó nuevas esperanzas.Dejando a un lado pobre manejo y decisiones cuestionables, a Copenhague la perdieron sus propias ambiciones y la prisa. Con el protocolo de Kyoto válido hasta 2012., urgía que los mayores emisores de dióxido y monóxido de carbono firmasen un acuerdo vinculante, iniciando un proceso claro para el decenio ulterior. No pudo ser: ese grupo abarcaba pesos pesados como Estados Unidos, China, Rusia, Japón e India.Cancún (2010) fue asaz distinto. Sus expectativas eran bajas. Nadie esperaba un acuerdo ómnibus y el temario reflejaba esa cautela. En lugar de un tratado global vinculante, los negociadores se limitaron a fijar las bases para el acuerdo de este año en Durban, Sudáfrica. Pero con una diferencia que podría ser fatal: hoy queda apenas un año para expire el protocolo de Kyoto. Por ende, las nuevas presiones políticas y sociales, especialmente en Europa occidental, serán intensas.Por supuesto, Cancún aportó algunos avances. Por ejemplo un “fondo verde para el clima” (FVC) para financiar reconversiones en África y Latinoamérica. Se orienta a países incapaces de aprovechar el mecanismo pro desarrollo limpio (MDL) por falta de industrias emisoras de monóxido o dióxido de carbono, vale decir fuentes de canje por bonos. Toda una ironía.
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