Dos años de guerra: del ataque de Hamas al aislamiento de Israel
El conflicto más prolongado de Israel dejó casi 70.000 muertos palestinos, miles de israelíes fallecidos y un mapa político regional en transformación.

A dos años del ataque de Hamas contra el sur de Israel, el 7 de octubre de 2023, la región continúa sumida en una espiral de violencia que alteró el equilibrio geopolítico de Medio Oriente. Aquella jornada, considerada por muchos israelíes como la más oscura desde la Guerra de Yom Kipur, marcó un punto de inflexión histórico.
El ataque: sorpresa, masacre y secuestros
A las 6.30 de la mañana, bajo una lluvia de cohetes disparados desde Gaza, comandos de Hamas cruzaron la frontera por tierra, aire y mar. Utilizaron explosivos para abrir brechas en el vallado de seguridad, parapentes motorizados para sobrevolar las defensas y lanchas rápidas para ingresar por la costa. En cuestión de minutos, la línea de contención israelí colapsó.
Los milicianos irrumpieron en kibutzim, bases militares y localidades del sur, como Sderot, Be’eri y Kfar Aza. En el festival de música Nova, cerca de Re’im, abrieron fuego contra miles de jóvenes que huían a campo abierto. Las escenas de ejecuciones, incendios y secuestros conmocionaron al país. En pocas horas, unas 1.200 personas fueron asesinadas —entre civiles, niños y ancianos— y más de 250 fueron secuestradas y trasladadas a Gaza.
El ataque tomó por sorpresa a las Fuerzas de Defensa de Israel y a los servicios de inteligencia, que no detectaron los preparativos de la operación. Para muchos analistas, el 7 de octubre reveló una falla estructural en el sistema de seguridad israelí y una peligrosa sobreconfianza en su tecnología de vigilancia.
La respuesta israelí y la crisis política de Netanyahu
La reacción del gobierno fue inmediata y total. En los días posteriores, el primer ministro Benjamin Netanyahu declaró que Israel “estaba en guerra” y prometió la destrucción de Hamas. Ordenó una ofensiva aérea de gran escala sobre la Franja, seguida por una operación terrestre que se extendió durante meses.
La devastación fue masiva: barrios enteros de Gaza quedaron arrasados y, según el Ministerio de Salud administrado por Hamas, más de 67.000 palestinos murieron en los bombardeos y combates urbanos. A la destrucción material se sumó una crisis humanitaria sin precedentes, con millones de desplazados, hospitales colapsados y niveles críticos de hambre y desnutrición.
En el frente interno, Netanyahu enfrentó crecientes cuestionamientos. Su coalición —la más derechista en la historia de Israel— se sostuvo gracias a partidos ultranacionalistas y religiosos que impulsaron políticas más duras contra los palestinos y limitaron las libertades civiles dentro del país. Figuras como Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich, aliados clave del primer ministro, promovieron la expansión de asentamientos en Cisjordania y rechazaron cualquier negociación con la Autoridad Palestina.
La guerra consolidó temporalmente el poder de Netanyahu, pero también profundizó su aislamiento internacional y su dependencia política de la ultraderecha. En paralelo, se reactivaron vínculos ideológicos con el movimiento populista global, encabezado por figuras como Donald Trump, Giorgia Meloni y Viktor Orbán, que defienden un nacionalismo identitario, desconfían del multilateralismo y apoyan abiertamente la política de fuerza israelí.
Netanyahu encontró respaldo en estos sectores, que interpretaron la guerra como una batalla “civilizatoria” entre Occidente y el extremismo islámico. Sin embargo, ese apoyo contrastó con el creciente rechazo de gobiernos europeos, latinoamericanos y asiáticos, que demandan un alto el fuego y el reconocimiento de un Estado palestino.
La expansión del conflicto
El enfrentamiento trascendió rápidamente las fronteras. Milicias vinculadas a Irán, como Hezbollah en Líbano y los hutíes en Yemen, se sumaron al conflicto. En el verano de 2025, Israel e Irán protagonizaron un choque directo de doce días con intercambios de misiles, drones y ciberataques, que debilitó al régimen iraní y precipitó un cambio de poder en Siria.
En Israel, las divisiones internas se acentuaron: mientras la sociedad reclamaba la liberación de los rehenes y el fin de la guerra, las protestas contra Netanyahu se multiplicaban en Tel Aviv y Jerusalén.
El giro internacional
La prolongación del conflicto y la crisis humanitaria en Gaza alteraron la posición global. Numerosos países de Europa y América Latina reconocieron formalmente al Estado palestino, un gesto que deja a Israel cada vez más aislado. La ONU y organismos humanitarios intensificaron sus reclamos por un alto el fuego permanente, mientras la polarización geopolítica entre democracias liberales y regímenes nacionalistas volvió a marcar el pulso de la diplomacia internacional.
Una guerra sin final claro
A dos años del 7 de octubre, Israel enfrenta su guerra más prolongada y una de las crisis políticas más profundas de su historia reciente. El conflicto devastó Gaza, debilitó la posición global de Israel y fracturó su consenso interno.
Mientras el mundo redefine sus alianzas, la guerra dejó expuesta una tensión de fondo: el ascenso global de la ultraderecha como fuerza política que combina nacionalismo, religión y desconfianza hacia las instituciones internacionales. En ese tablero incierto, Gaza sigue siendo el epicentro visible de una tragedia que, para millones, continúa sin final.
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