jueves, 12 de febrero de 2026

Del Ala Oeste al banquillo: cómo John Bolton se convirtió en enemigo personal de Donald Trump

John Bolton, halcón republicano y exasesor de Trump, pasó de diseñar guerras a ser blanco de una vendetta presidencial. Su historia revela cómo la política exterior de Estados Unidos se cruza con la revancha personal en el nuevo mandato.

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John Bolton ha sido, durante décadas, el rostro más visible del ala dura republicana. Defensor de la guerra de Irak, embajador polémico ante la ONU y asesor inflexible en la Casa Blanca, Bolton representa a una generación de políticos convencidos de que la seguridad de Estados Unidos se garantiza con fuerza y presión internacional. Su trayectoria lo situó en el centro de todas las grandes controversias de la política exterior norteamericana desde comienzos del siglo XXI.

Lo que nadie anticipaba era que terminaría siendo perseguido por el mismo presidente a quien sirvió. La relación entre Bolton y Donald Trump ilustra cómo, en la política contemporánea, los adversarios más temidos no siempre son externos, sino internos.

De Irak al Consejo de Seguridad Nacional

En los años de George W. Bush, Bolton fue uno de los arquitectos intelectuales de la invasión a Irak. En 2002 defendió públicamente la existencia de armas de destrucción masiva y presionó a analistas de inteligencia para sostener esa hipótesis. Aunque la historia demostró que se trataba de un error —o de una manipulación—, Bolton nunca renegó de aquella postura. Años después insistiría en que derrocar a Sadam Husein había sido “necesario”.

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Su designación como embajador en la ONU en 2005 confirmó su estilo: confrontativo, incrédulo del multilateralismo y poco dado al consenso. La frase que se le atribuye —“si el edificio de la ONU perdiera diez de sus pisos, no se notaría la diferencia”— resume esa visión.

Más de una década más tarde, Donald Trump lo convocó como Consejero de Seguridad Nacional. Era marzo de 2018 y Bolton asumía con la misión de endurecer la política exterior. La alianza, sin embargo, estaba destinada a chocar.

El desencuentro con Trump

Trump buscaba gestos espectaculares: una cumbre histórica con Kim Jong-un, un repliegue rápido de Afganistán, un acercamiento intermitente con Maduro. Bolton, en cambio, defendía la línea intransigente. Quería máxima presión sobre Corea del Norte, mantener tropas en Afganistán y aislar a Irán.

La tensión llegó al límite en 2019, cuando Trump frenó a último momento un ataque militar contra Teherán. Bolton consideró aquello una rendición. El presidente, por su parte, comenzó a verlo como un belicista incorregible.

En septiembre de ese año, Trump anunció por Twitter su salida. Bolton replicó que había ofrecido renunciar. El episodio reflejó la fractura definitiva: un presidente pragmático y errático frente a un asesor dogmático y duro.

Un libro como declaración de guerra

La ruptura se convirtió en enfrentamiento abierto con la publicación, en 2020, de The Room Where It Happened. En sus memorias, Bolton describe a Trump como un mandatario obsesionado con la reelección e ignorante en materia internacional. Revela que pidió favores a Xi Jinping y que condicionó ayuda militar a Ucrania por conveniencia política.

El libro desató una batalla legal. La Casa Blanca intentó censurarlo alegando filtración de secretos. Trump lo acusó de traidor y lo calificó de “idiota” y “amante de la guerra”. El Departamento de Justicia bajo Biden terminó desestimando la demanda, pero la enemistad quedó consolidada.

El regreso de Trump y la revancha

Con el retorno de Trump al poder en 2025, Bolton pasó a integrar la lista de excolaboradores convertidos en enemigos internos. La lógica de Trump se ha repetido: quienes lo contradicen —sean secretarios de Estado, generales o vicepresidentes— son marginados y luego demonizados.

En el caso de Bolton, la revancha ha sido particularmente dura. Primero se le revocó la protección del Servicio Secreto, pese a las amenazas que enfrenta por parte de Irán. Luego, en agosto de 2025, agentes del FBI allanaron su casa en Maryland como parte de una investigación sobre documentos clasificados. La operación, dirigida por funcionarios cercanos a Trump, fue presentada como “rendición de cuentas”. Pero para la mayoría de los analistas, fue un gesto inequívoco de persecución política.

El mensaje que trasciende

Más allá del destino personal de Bolton, lo que se pone en juego es un modelo de poder. Trump ha demostrado que su estilo presidencial incluye la represalia sistemática contra excolaboradores críticos. Bolton, con su trayectoria de halcón y su prestigio dentro del establishment republicano, se convierte en un símbolo: si él puede ser castigado, nadie está a salvo.

La geopolítica de Estados Unidos ya no se dirime únicamente en el terreno internacional. Hoy se libra también en la interna, entre el personalismo presidencial y las figuras que representan la tradición institucional. Bolton, que alguna vez defendió la presidencia imperial, enfrenta ahora el costado más brutal de ese mismo poder.

La historia de John Bolton condensa medio siglo de política exterior estadounidense: del unilateralismo republicano de Bush a la impronta disruptiva de Trump. Su presente, sin embargo, revela algo más profundo: la transformación de la Casa Blanca en un escenario donde los conflictos personales se convierten en política de Estado.

En esa transformación se juega no solo la reputación de un hombre, sino la capacidad de Estados Unidos de sostener un orden democrático frente a la tentación de la venganza presidencial.

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