Jackie Stewart y el debate cultural sobre cambiar “lo que siempre fue así”
Cambiar lo establecido suele presentarse como un desafío cultural antes que técnico. La dificultad no reside tanto en identificar qué funciona mal, sino en cuestionar aquello que un grupo acepta como inevitable. En una columna de opinión, Leonardo J. Glikin propone mirar un caso emblemático de la Fó

Cambiar lo establecido suele presentarse como un desafío cultural antes que técnico. La dificultad no reside tanto en identificar qué funciona mal, sino en cuestionar aquello que un grupo acepta como inevitable. En una columna de opinión, Leonardo J. Glikin propone mirar un caso emblemático de la Fórmula 1 para trasladar esa discusión a organizaciones, empresas y familias empresarias, donde ciertas prácticas persisten por inercia.
Durante años, la Fórmula 1 convivió con una normalidad marcada por accidentes graves y muertes frecuentes. No se trataba de falta de información: se sabía lo que ocurría, pero el tema no se discutía. Dominaba una lógica que asumía el peligro como inherente al deporte; en consecuencia, quien elegía correr debía aceptarlo. Cuestionar esa premisa no se consideraba sensato y, en cambio, podía interpretarse como una señal de debilidad.
Ese mecanismo, sostiene el autor, no es exclusivo del automovilismo. Aparece en entornos donde se repiten decisiones “porque siempre fueron así”, incluso cuando ya no responden al mejor criterio disponible. En el plano empresarial, describe situaciones en las que decisiones clave se toman de una manera conocida, no necesariamente por ser la más adecuada. En el ámbito de las familias empresarias, señala temas que no se abordan aunque exista conciencia de su necesidad.
En ese contexto, a fines de los años 60, un piloto empezó a plantear una mirada distinta desde dentro del sistema, con la autoridad de su desempeño. Había atravesado un accidente que lo dejó atrapado en su auto, sin asistencia adecuada y dependiendo de la ayuda de otros pilotos. Esa experiencia no derivó en un retiro, sino en una pregunta que buscó abrir el debate: “¿por qué esto tiene que ser así?”.
A partir de esa interpelación, impulsó cambios que hoy parecen evidentes, pero que entonces resultaban disruptivos: mejores condiciones en los circuitos, mayor presencia médica, protocolos de seguridad y revisión de prácticas naturalizadas. La resistencia, plantea Glikin, no respondió a una supuesta irracionalidad de las propuestas, sino a que tocaban una identidad: para muchos, modificar esas reglas implicaba desvirtuar la esencia misma de la Fórmula 1.
Con el tiempo, aquello que se leía como exagerado se transformó en estándar. La categoría no perdió competitividad ni atractivo, pero dejó de aceptar la muerte como parte del juego. En términos de conducción, el texto sintetiza el punto central con una definición: “Cambiar no es destruir lo que existe. Es revisarlo con honestidad y coraje”.
