El Kronos, el Kairos y las decisiones que las empresas familiares no pueden seguir postergando
Por Leonardo J. Glikin. Director de CAPS Consultores. Fundador de Grupos Estim

En contextos de incertidumbre, muchas familias empresarias postergan decisiones clave. Sin embargo, no se trata de elegir entre hacer todo o no hacer nada, sino de reconocer el momento oportuno para empezar a ordenar lo importante. Un empresario agenda una reunión con sus hijos para hablar del
futuro de la empresa. La fija para dentro de dos semanas, un martes a las 18. La reunión se hace. Dura una hora. Se dicen cosas importantes. Pero no pasa nada.
Un año después, ese mismo empresario, casi sin planificarlo, tiene una conversación con uno de sus hijos en un viaje. En media hora se dicen menos cosas, pero se decide más. La diferencia no estuvo en el contenido. Estuvo en el momento. Los griegos distinguían dos formas de tiempo. El Kronos, que es el
tiempo del reloj, de la agenda, de lo que se programa. Y el Kairos, que es el tiempo oportuno, ese instante en el que las condiciones están dadas para que algo ocurra de verdad. En la vida cotidiana usamos casi exclusivamente el Kronos. Pero en las decisiones importantes —las que involucran vínculos, poder,
futuro— lo que manda es el Kairos.
Esto se ve con claridad en las empresas familiares. Cuando la agenda no alcanza. Las empresas están llenas de Kronos: reuniones, balances, planes, objetivos. Todo tiene fecha. Todo se organiza. Sin embargo, las decisiones más delicadas no responden a ese esquema. No es lo mismo hablar de sucesión
cuando hay armonía que cuando hay tensiones abiertas. No es lo mismo revisar roles cuando la empresa crece que cuando cae. No es lo mismo plantear acuerdos cuando hay confianza que cuando ya hay desgaste. Un caso frecuente: dos hermanos que trabajan juntos y arrastran diferencias desde hace
años. Durante meses evitan el tema. Finalmente “lo agendan”. La conversación ocurre, pero cada uno llega cerrado en su posición. No hay avance.
Tiempo después, frente a un problema concreto que los obliga a coordinar, aparece el Kairos: la conversación se da en otro tono, con otra disposición, y permite ordenar lo que antes parecía imposible. El Kronos permitió que se sienten. El Kairos permitió que se escuchen.
Por qué hoy muchos no avanzan
En el contexto actual, este fenómeno se vuelve más evidente. La incertidumbre económica, la presión sobre la caja, la necesidad de sostener la operación diaria hacen que muchas familias empresarias sientan que no es el momento para iniciar procesos largos. No porque no los consideren importantes, sino porque
perciben que hoy deben priorizar otras urgencias. Y en muchos casos tienen razón. Iniciar un proceso profundo implica tiempo, energía, foco, y una cierta estabilidad que hoy no siempre está disponible. Por eso, lo que se observa no es desinterés, sino una suerte de “congelamiento”: los temas están, las tensiones también, pero la decisión de abordarlos se posterga.
El riesgo es que lo postergado no desaparece. Se acumula. El error de elegir entre todo o nada. Frente a esta situación, suele aparecer una falsa opción: o se encara un proceso completo, o no se hace nada. Sin embargo, entre esos dos extremos hay un espacio mucho más fértil: encontrar el Kairos posible. Porque
aun cuando no sea el momento de hacer todo, puede ser el momento de hacer algo. Ordenar una situación puntual. Preparar una conversación difícil. Clarificar roles. Revisar acuerdos que ya no funcionan. En nuestra práctica vemos con frecuencia que, cuando se encuentra ese punto justo, el impacto es inmediato: baja la tensión, se alinean expectativas, se recupera capacidad de decisión.
Y muchas veces ese primer paso abre la puerta a procesos más amplios cuando el contexto mejora. No todo hoy, pero tampoco nunca. La clásica distinción entre lo urgente y lo importante sigue siendo válida, pero en las empresas familiares necesita un complemento: identificar el momento adecuado para actuar sobre lo importante. El Kronos organiza, pero no garantiza resultados. El Kairos no se agenda, pero cuando aparece, conviene aprovecharlo. Porque, en definitiva, las decisiones que se toman a tiempo suelen ser más simples, menos costosas y más sostenibles que aquellas que se toman cuando ya no queda alternativa. Y en un contexto en el que muchas cosas están en pausa, reconocer ese momento puede marcar la diferencia entre ordenar la continuidad o dejar que los problemas definan el futuro.
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