Cuando los márgenes se achican, la mejora continua deja de ser teoría
Por Martín Malara, Director de Consultora Martín Malara

En Argentina y en buena parte de Sudamérica, las empresas aprendieron a convivir con contextos difíciles. Cambios de precios, presión impositiva, costos laborales, variaciones del tipo de cambio, problemas de financiamiento, clientes que pagan tarde, proveedores que ajustan rápido, caída o recuperación desigual de la demanda y una incertidumbre que muchas veces obliga a tomar decisiones con información incompleta.
Frente a ese escenario, es comprensible que muchas organizaciones pongan la mayor parte de su energía en vender, sostener la operación, cumplir con los clientes, pagar sueldos, negociar costos y resolver urgencias. Sin embargo, hay una pregunta que suele quedar postergada: ¿cuánto pierde una empresa por sus propias ineficiencias internas?
En contextos de mayor estabilidad, algunas pérdidas pueden quedar disimuladas. Un reproceso, una demora, una falla de comunicación, una reunión improductiva, un inventario mal gestionado o una decisión que se posterga pueden parecer problemas menores. Pero cuando los márgenes se achican, los costos suben y la competencia aumenta, cada pérdida interna empieza a pesar mucho más.
La mejora continua, en ese punto, deja de ser un concepto académico o una moda de grandes empresas. Se convierte en una necesidad concreta de supervivencia y competitividad.
Muchas empresas argentinas y latinoamericanas no fracasan por falta de esfuerzo. Al contrario: sus equipos trabajan mucho, resuelven problemas todos los días y hacen enormes esfuerzos para sostener la operación. El problema es que una parte importante de ese esfuerzo se consume en corregir errores, repetir tareas, buscar información, resolver urgencias, compensar fallas de proceso o apagar incendios que ya deberían haber sido eliminados.
Ahí aparece el costo oculto de la ineficiencia.
No siempre se ve en una cuenta contable. No siempre aparece como una línea clara en el estado de resultados. Muchas veces se esconde en horas perdidas, tareas duplicadas, materiales desperdiciados, reclamos de clientes, tiempos muertos, controles manuales, mala planificación, exceso de reuniones, dependencia de personas clave, indicadores que nadie usa y decisiones que llegan tarde.
En empresas con márgenes ajustados, esas pérdidas pueden marcar la diferencia entre ganar dinero, empatar o perder.
Por eso, uno de los errores más frecuentes es creer que la mejora continua empieza con herramientas. No empieza con un tablero, con un software, con una certificación ni con una reunión de seguimiento. Empieza con una pregunta mucho más simple: ¿dónde estamos perdiendo tiempo, dinero, calidad, energía y capacidad de decisión?
Lean manufacturing, Kaizen y Six Sigma pueden aportar mucho valor, pero solo cuando se aplican sobre problemas reales y bien diagnosticados. Lean ayuda a identificar desperdicios. Kaizen instala la lógica de mejora progresiva. Six Sigma permite comprender la variación, reducir defectos y tomar decisiones con datos. Pero ninguna metodología funciona de manera automática si la organización no tiene claridad sobre qué problema quiere resolver y qué costo le genera mantenerlo.
En muchas empresas, el problema no es la falta absoluta de conocimiento técnico. El problema es que ese conocimiento no siempre está ordenado, aplicado ni convertido en método de gestión. Hay experiencia, pero no siempre hay procesos claros. Hay datos, pero no siempre hay análisis. Hay reuniones, pero no siempre hay decisiones. Hay indicadores, pero no siempre se usan para actuar. Hay personas capaces, pero muchas veces están atrapadas en urgencias permanentes.
El resultado es una organización que trabaja mucho, pero mejora poco.
Esto se ve con frecuencia en pymes industriales, empresas de servicios, laboratorios, operadores logísticos, áreas de mantenimiento, producción, calidad, administración, compras, ventas y atención al cliente. Los problemas se repiten, los equipos se acostumbran, la dirección recibe información parcial y las decisiones importantes se postergan porque siempre aparece una urgencia más inmediata.
Pero una urgencia repetida deja de ser una urgencia. Es una señal de falta de sistema.
Cuando un problema vuelve una y otra vez, la organización debería detenerse a analizarlo. No para buscar culpables, sino para entender qué parte del sistema permite que ese problema siga ocurriendo. Puede ser una causa técnica, una falla de capacitación, un proceso mal diseñado, una mala definición de responsabilidades, una falta de datos, una decisión pendiente o una desconexión entre áreas.
La mejora continua bien aplicada no consiste en llenar paredes de gráficos ni en adoptar palabras japonesas para parecer más modernos. Consiste en mirar la operación con honestidad, identificar pérdidas, priorizar problemas, analizar causas, tomar decisiones y sostener acciones en el tiempo.
En el contexto actual, las empresas no pueden darse el lujo de resolver diez veces el mismo problema. Tampoco pueden depender únicamente de subir precios para compensar sus ineficiencias. Cuando el mercado no permite trasladar todo el costo al cliente, la eficiencia interna se vuelve una de las pocas variables realmente gestionables.
Reducir desperdicios, mejorar procesos, ordenar indicadores, simplificar tareas, definir responsables, eliminar reprocesos y tomar decisiones con datos no es burocracia. Es gestión.
Kaizen enseña que las mejoras pequeñas, sostenidas y bien dirigidas pueden generar impactos importantes. Lean recuerda que todo lo que no agrega valor debe ser cuestionado. Six Sigma propone entender la variación y reducir errores con método. Pero para que estas herramientas funcionen, la empresa primero debe aceptar una verdad incómoda: muchas de sus pérdidas ya están normalizadas.
Una demora que todos conocen, un error que siempre corrige la misma persona, un reporte que nadie lee, una reunión que no decide, una tarea que se duplica, un reclamo que se repite o un indicador que no cambia ninguna conducta son señales de pérdida. Y cada pérdida tiene un costo.
La productividad no mejora solo incorporando tecnología, comprando maquinaria o exigiendo más esfuerzo al equipo. También mejora dejando de hacer mal, tarde o dos veces aquello que podría hacerse bien desde el inicio.
En Argentina y Sudamérica, donde muchas empresas operan con restricciones reales, la eficiencia no debería verse como una opción reservada para grandes corporaciones. Al contrario: cuanto más difícil es el contexto, más importante se vuelve gestionar con método.
La mejora continua no resuelve por sí sola los problemas macroeconómicos, pero sí puede ayudar a que una empresa deje de perder recursos dentro de su propia operación. Y eso, en tiempos de márgenes estrechos, puede ser decisivo.
El desafío no es aplicar Lean, Kaizen o Six Sigma como etiquetas. El desafío es usarlos para responder preguntas concretas: ¿qué problema se repite?, ¿cuánto cuesta?, ¿por qué ocurre?, ¿quién debe decidir?, ¿qué acción puede eliminarlo o reducirlo?, ¿cómo se va a medir el resultado?
Las empresas que logren responder esas preguntas con disciplina tendrán una ventaja importante. No porque el contexto deje de ser difícil, sino porque habrán recuperado una capacidad fundamental: la de mejorar hacia adentro, incluso cuando afuera todo sigue siendo incierto.
En definitiva, cuando los márgenes se achican, la mejora continua deja de ser teoría. Se transforma en una forma concreta de proteger rentabilidad, cuidar recursos, ordenar decisiones y sostener competitividad.
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