Durante décadas, el mensaje dominante ha sido simple: “la nicotina mata”. Esa frase, aunque bien intencionada, es científicamente inexacta y ha tenido graves consecuencias: millones de fumadores creen que cualquier producto con nicotina es tan peligroso como un cigarrillo, alejándolos de alternativas mucho menos dañinas que podrían salvarles la vida.
No, la nicotina tampoco es inofensiva; es una sustancia psicoactiva que genera dependencia y debe usarse con responsabilidad, solo por adultos. Pero tampoco es la principal responsable del cáncer de pulmón, el enfisema o la mayoría de las enfermedades cardiovasculares asociadas al tabaco. El verdadero “villano” es la combustión: quemar tabaco a altas temperaturas e inhalar miles de sustancias tóxicas producidas en ese proceso.
¿Qué es dañino del cigarrillo?
Un cigarrillo encendido actúa como un pequeño laboratorio químico. Quemar tabaco y papel genera más de 7.000 sustancias químicas, cientos de ellas tóxicas y decenas carcinógenas. Estas incluyen alquitrán, monóxido de carbono, metales pesados, nitrosaminas específicas del tabaco y una larga lista de compuestos que dañan el sistema respiratorio, cardiovascular y casi todos los órganos.
La nicotina, en cambio, es la molécula que “engancha” al fumador pero no causa, por sí sola, estos daños. El problema surge cuando la nicotina se entrega envuelta en humo de combustión. Confundir la adicción (vinculada a la nicotina) con el daño letal (mayormente ligado a la combustión) es un error que aún se repite en el discurso oficial, alimentando la idea de que “si tiene nicotina, es igual que fumar”, algo que la evidencia científica disponible no respalda.
Así, cuando un fumador deja los cigarrillos por un producto sin combustión —aun consumiendo nicotina—, los marcadores biológicos de exposición a toxinas y daño disminuyen notablemente. Esa reducción no es teórica: se observa en niveles de metabolitos en sangre/orina y en la evolución de la función respiratoria.
Nicotina: Riesgos reales
La nicotina no es una sustancia “saludable”, pero demonizarla al nivel del humo de cigarrillo es engañoso. En adultos, puede aumentar transitoriamente la frecuencia cardíaca y la presión arterial. En adolescentes y no fumadores, su uso debe evitarse, ya que pueden experimentar primero síntomas como náuseas, mareos, taquicardia y dolores de cabeza.
Sin embargo, al examinar productos que entregan nicotina sin combustión, el panorama cambia drásticamente. Las terapias de reemplazo de nicotina (parches, chicles, sprays), cigarrillos electrónicos y bolsitas de nicotina comparten un rasgo clave: entregan nicotina sin quemar tabaco. Estudios que los comparan con cigarrillos muestran reducciones importantes en la exposición a sustancias tóxicas y carcinógenas.
Esto no significa trivializar la nicotina, sino contextualizarla correctamente: como herramienta de reducción de daños para fumadores adultos ya dependientes, que de otro modo seguirían fumando cigarrillos combustibles durante años.
Separar nicotina y humo: Una oportunidad de salud pública
La clave de la reducción de daños en el tabaquismo es precisamente separar la nicotina del humo. Es decir, permitir que los dependientes reciban la sustancia de la que son dependientes mientras se minimiza la exposición a los productos tóxicos de la combustión.
Tres grandes familias de productos entran en juego: terapias de reemplazo de nicotina (parches, chicles, pastillas, sprays), cigarrillos electrónicos o vapeadores que calientan líquido con nicotina sin tabaco ni combustión, y bolsitas de nicotina que liberan nicotina a través de la mucosa oral sin humo ni vapor.
Los datos disponibles muestran que los fumadores que cambian a estos productos ven caídas marcadas en la exposición a sustancias dañinas. Para las bolsitas de nicotina, se encuentran niveles muy bajos de compuestos típicos del tabaco combustible, con perfiles de riesgo comparables en muchos aspectos a las terapias de reemplazo.
Mitos que debemos abandonar
Para avanzar en políticas de salud pública basadas en evidencia, debemos descartar concepciones erróneas persistentes:
“Si tiene nicotina, es tan malo como fumar”: no, el riesgo está fuertemente determinado por el método de administración y la presencia/ausencia de combustión.
“Los productos sin humo con nicotina son una estrategia para ‘enganchar’ a jóvenes”: no, estos productos no fueron inventados por la industria tabacalera sino que surgieron de la innovación de consumidores y la ciencia farmacéutica; sirven como herramientas esenciales que ayudan a millones de fumadores a alejarse de los cigarrillos.
“No hay evidencia de que ayuden a dejar de fumar”: la literatura científica muestra que los fumadores adultos que cambian completamente a alternativas sin combustión reducen significativamente o abandonan los cigarrillos, con mejoras claras en biomarcadores y estimaciones de riesgo de enfermedad más bajas.
Seguir diciéndole al público que todos los productos con nicotina equivalen a cigarrillos combustibles no es sólo incorrecto, sino éticamente problemático. Muchos fumadores, creyendo que “todo es lo mismo”, no cambian nada. Quienes cargan con las consecuencias son ellos, su entorno y el sistema de salud.
Como científicos, médicos y sociedad en general, tenemos el deber ético de actualizar los mensajes basados en evidencia. No se trata de promover la nicotina, sino de ser honestos sobre dónde está el daño real y cómo reducirlo en el mundo real, donde millones fuman y seguirán fumando sin mejores alternativas.












