Lo que vivimos en el entretiempo del Super Bowl LX no fue solo un show de medio tiempo; fue una declaración de soberanía cultural. En un contexto global donde el discurso del odio suele gritar más fuerte, la música respondió con un “golpe directo al mentón”, cargado de amor, familia y raíces.
El arte de estar, sin “mostrarse”
A diferencia de las mega-producciones coreografiadas hasta el último milímetro de ego, tuvo una cualidad orgánica casi revolucionaria. Bad Bunny no estaba dando un show; estaba habitando un espacio. Sostenido por su gente, el “Conejo Malo” desplazó el centro de gravedad del individuo hacia el colectivo. No buscó el aplauso desesperado ni el spotlight solitario. Benito, se fue del escenario como quien se retira de una fiesta familiar: rodeado de los suyos, quitándose el micrófono con la parsimonia de quien sabe que la tarea está cumplida. “Esto es lo que somos; no tenemos nada que explicarles”, parecía decir cada gesto.
Una cartografía propia: Del Sur al Norte
El orden de los factores sí altera el producto cuando se trata de política cultural. Al nombrar a los países de América en una secuencia de Sur a Norte, se subvirtió la jerarquía tradicional.
Estados Unidos: un invitado más en la lista, no el anfitrión.
Puerto Rico: el epicentro, la bandera, el “barrio” como identidad innegociable.
El idioma: un español rotundo, sin concesiones al mercado anglo, demostrando que el ritmo y el sentimiento no necesitan traducción para ser universales.
Con la estética de lo cotidiano
No es fácil sorprender, y el camino insual que tomó Benito para hacerlo fue darles protagonismo a las imágenes de la vida cotidiana en Puerto Rico, tal como lo hace su último álbum y su gira mundial en curso.
Así el escenario se llenó de postales que cualquier latino y fundamentalmente cualquier portorriqueño reconoce: plantaciones de azúcar (un producto que por siglos definió la economía del Caribe y tuvo efectos devastadores en el medio ambiente de la región), un tradicional casamiento con el nene durmiendo en las sillas del salón mientras los adultos bailan, las calles, el mercado, una barbería, el bar, la convivencia de niños y ancianos celebrando la vida. Fue un cuadro costumbrista elevado a la máxima potencia mediática. No fue un show diseñado para que el “yankee” entienda; fue un show para que el latino se identifique. Y en esa autenticidad reside su verdadera fuerza de exportación.
El puente: Bad Bunny y Lady Gaga
Y la síntesis perfecta de la tarde noche se materializó en la dupla de Benito-Mother Monster. El encuentro de lo mejor de ambos mundos: la vanguardia pop anglo y la raíz urbana latina dándose la mano en un espacio común. Un lugar donde “entramos todos” —blancos y negros, mujeres y hombres, jóvenes y viejos— sin perder la esencia. De ahí la fuerte apelación a procesos como el hawaiano: la necesidad de lo moderno conviviendo con lo ancestral, un círculo de inclusión real, no de cartón.
Con versos como “quieren quitarme el río y también la playa, quieren el barrio mío y que abuelita se vaya” -en boca de otro borícua como Ricky Martin-, denunciando la presión que viven los habitantes de Puerto Rico por la gentrificación, utiliza la anexión y conversión de Hawáii en un estado más de los EE.UU. como la gran metáfora del desplazamiento, la pérdida de tierras y la cultura local.
En definitiva, lo del medio tiempo del SuperBowl número 60 quedará como un recordatorio de que se puede ser global siendo profundamente local. El mundo no solo vio a una estrella de la música; vio a un continente entero que ya no pide “permiso para entrar” porque hace rato que “ya está adentro”.
Y que “lo único más poderoso que el odio es el amor”











