Maduro, Nike y la economía de la atención: cuando el marketing no pide permiso
En esta columna de opinión, el CEO y fundador de We Are toma la imagen de Nicolás Maduro detenido con un Nike Tech Fleece para discutir economía de la atención, *earned media* y *brand safety*, con foco en cómo el contexto puede volver viral a una marca sin campañas Por Alan Soria, Co-founder y CEO de We Are

La captura de Nicolás Maduro dejó múltiples lecturas políticas, geopolíticas y sociales. Pero hubo un detalle inesperado que prendió redes, búsquedas y conversaciones en todo el
mundo: el conjunto Nike Tech Fleece que vestía al momento de ser detenido.
No es una anécdota menor ni frívola. Es, en realidad, un caso de estudio perfecto sobre la
economía de la atención, el earned media y el poder simbólico de las marcas en el siglo
XXI. Nike no lanzó una campaña. No pautó. No activó influencers. No publicó un
comunicado. Y aun así, el producto se volvió tendencia global, las búsquedas explotaron, el
stock se agotó en varios mercados y la marca quedó en el centro de la conversación
cultural. Todo por una imagen viral en un contexto político extremo.
Este fenómeno incomoda a muchos profesionales del marketing porque rompe una fantasía
muy instalada: la idea de que el control absoluto del mensaje garantiza el impacto. La
realidad es otra. En la economía de la atención, el contexto pesa más que cualquier briefing.
Cuando los influencers influyen cada vez menos y las marcas siguen invirtiendo millones en
“alquilar” la credibilidad de figuras públicas —con retornos cada vez más flojos— aparecen
momentos imposibles de planificar que vuelven a dejar algo en claro: en la economía de la
atención, el rey sigue siendo el contenido orgánico.
La credibilidad, atravesada por las fake news, la inteligencia artificial y la sobreproducción
de contenido en redes, está en crisis. Eso pone en jaque no solo a la influencia sobre la
decisión de compra, sino también a muchas de las herramientas y estímulos tradicionales
del marketing digital.
¿Se puede planificar un contenido orgánico como el de Nicolás Maduro? Claramente no. Lo
que sí pueden —y deben— hacer las marcas es escuchar mejor y saber intervenir a tiempo:
ejemplos sobran, desde Sprite inmortalizando la nota de Messi en Luzu hasta Nike
hackeando una maratón auspiciada por Adidas.
El impacto no se explica solo por la marca, sino por lo que representa. Nike es símbolo de
capitalismo global, cultura aspiracional y consumo occidental. Ver esa marca vestida por un
líder históricamente enfrentado a ese mismo sistema generó una contradicción tan potente
que la imagen se volvió meme, debate político, comentario irónico y tendencia de consumo
al mismo tiempo. No fue publicidad. Fue narrativa cultural.
Desde una mirada de brand safety, la decisión de Nike de no intervenir públicamente fue
acertada. Cualquier reacción oficial hubiera implicado politizar la marca, alienar audiencias o
transformar un fenómeno espontáneo en oportunismo. Entender cuándo hablar y cuándo
callar también es una decisión estratégica. No todo impacto debe ser capitalizado
activamente.
Este fenómeno históricamente fue propio de Twitter, hoy conocida como X, pero cada vez
más empieza a ocupar el centro de la escena del marketing. En un mundo saturado de mensajes, la autenticidad no se pauta: se detecta y se acciona. Este caso deja una lección
clara: el earned media no se planifica, se interpreta. La atención es un activo volátil y las
marcas ya no compiten solo con otras marcas, sino con la realidad misma. En ese contexto,
cualquier producto puede convertirse en símbolo, incluso sin intención.
No se trata de replicar el caso —algo imposible— sino de comprender la lógica que lo
explica. Las marcas que logran sostenerse en el tiempo no son necesariamente las más ruidosas, sino las que mejor leen la cultura que las rodea.
La imagen de Maduro con un Nike Tech no fue marketing tradicional. Fue algo más
incómodo y más revelador: una demostración de que hoy las marcas existen dentro del
caos informativo global, quieran o no. Y en ese caos, ganar atención no siempre es mérito. Pero saber no perder reputación, sí lo es.
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