La tríada de la innovación pública: apps, capacitación y concursos
¿Qué significa innovar en la administración pública sin caer en soluciones cosméticas? Significa pensar la innovación como cambio institucional: rediseño de reglas, procesos y capacidades. Porque sin modificar la lógica operativa del Estado, hasta la mejor tecnología se vuelve decorativa.

Por Maximiliano Campos Ríos -Director de la Maestría en Administración Pública, FCE – UBA
En el Índice Global de Innovación 2024, Argentina ocupa el puesto 76 de 133 países. Este ranking elaborado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) mide la capacidad de los países para generar y sostener innovación en función de infraestructura, capital humano, tecnología y resultados institucionales. La posición refleja esfuerzos aislados, poco sistemáticos y con bajo impacto. Es un buen punto de partida para preguntarse cómo se innova en serio desde el Estado.
En los últimos años, “innovación” se convirtió en una etiqueta frecuente en el discurso público. Pero innovar no es sumar dispositivos ni lanzar vitrinas digitales, sino transformar cómo opera el aparato estatal. Requiere revisar reglas, procesos y relaciones. No basta con digitalizar trámites si su lógica original sigue intacta: la tecnología sin rediseño puede replicar los mismos cuellos de botella, ahora en versión digital. La transformación digital tiene sentido cuando se la entiende como una vía para mejorar servicios, reducir costos de transacción y repensar estructuras administrativas. Eso implica priorizar el rediseño institucional, no solo incorporar herramientas.
La innovación pública no es neutral sino que responde a decisiones sobre qué problemas resolver, con qué recursos y con qué actores. Exige capacidades técnicas, institucionales (más y mejor capacitación) y una cultura que tolere el error, fomente la mejora continua y habilite espacios de colaboración. No hay manuales cerrados: innovar es aprender haciendo, revisando, ajustando y volviendo a hacer.
El cambio institucional es la parte menos vistosa pero más transformadora. Modificar una norma, reorganizar un área, ajustar una interfaz o eliminar cargas innecesarias puede tener más impacto que muchas campañas o lanzamientos. Acompañar a los equipos estatales es parte de la inversión en funcionamiento y no solo en imagen.
Una política pública más cercana a la demanda requiere entender qué obstáculos enfrentan las personas y las empresas, y qué esperan de los servicios estatales. Tecnología bien aplicada puede ser una herramienta de inclusión y eficiencia; mal diseñada, un nuevo filtro de exclusión.
Sostener procesos de innovación también implica evaluar, medir, ajustar. Hacen falta datos confiables, marcos éticos, y decisión política para escalar lo que funciona. No basta con pilotos o prototipos: hay que saber cuándo seguir, cuándo frenar y cuándo invertir más. Gestionar con datos, pero también con intuición pública.
Y, por supuesto, hace falta institucionalidad. Equipos estables, es decir: concursos abiertos y competitivos, reglas claras, y continuidad más allá de los ciclos políticos. Porque innovar de verdad incomoda: obliga a revisar privilegios, mover estructuras y enfrentar resistencias. A veces se invoca la innovación para no cambiar nada. Pero si el objetivo es mejorar ese lugar 76, y sobre todo ofrecer servicios públicos más eficientes y confiables, entonces innovar en serio es el único camino.
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