viernes, 23 de enero de 2026

La bailarina que quería ser Steve Jobs… y volvió negociable el futuro

Cómo Luana Lopes Lara convirtió una infancia de disciplina feroz en el primer imperio multimillonario del “event trading”

spot_img

Los inicios

Todo comenzó, de manera impensada, en una sala de ballet en el sur de Brasil, donde una adolescente mantenía la pierna elevada hasta que le temblaba bajo la luz fluorescente. En la Escuela del Teatro Bolshói, donde entrenaba, los instructores practicaban una pedagogía a un paso de la crueldad: sostenían un cigarrillo encendido bajo su muslo para comprobar cuánto tiempo podía mantener la extensión sin ceder. La más mínima bajada significaba que la brasa le rozaría la piel.

A su alrededor, los rituales competitivos típicos de la adolescencia se habían transformado en algo más oscuro: las compañeras escondían fragmentos de vidrio dentro de las zapatillas de otras, un gesto que hablaba menos de maldad que del grado de desesperación que germina en sistemas cerrados y de élite.

Durante años, Luana Lopes Lara vivió en ese hervidero: días que empezaban con clases teóricas a las siete de la mañana y terminaban con ensayos de ballet a las nueve de la noche.

Publicidad

Cualquiera se habría quebrado, o habría abandonado, o habría desaparecido del reparto. Ella no.

Desarrolló una percepción casi física del equilibrio entre el dolor y la elegancia. El ballet se convirtió en su primera escuela de disciplina: la constancia de repetir un movimiento miles de veces hasta que se transforma en parte de su propia naturaleza, el arte de mantenerse erguida incluso cuando los músculos imploran reposo. Pero incluso entonces —entre los tutús blanco azúcar y los pies amoratados— su mente vagaba hacia los circuitos, las ecuaciones y las vidas de quienes construían máquinas capaces de cambiar el mundo. “Quiero ser la próxima Steve Jobs”, solía decir, solo parcialmente en broma.

Cuando terminó el colegio en diciembre, escapó a Austria para actuar durante una temporada de nueve meses como bailarina profesional. Era como si necesitara una última inmersión en esa vida antes de permitirse dejarla atrás. Luego guardó las puntas, empacó su ambición y se mudó a Cambridge, donde el Massachusetts Institute of Technology la esperaba como un destino aplazado.

El MIT: donde la probabilidad se convierte en un idioma

En MIT encontró el mundo para el cual se había estado preparando: uno donde la intensidad no era un castigo, sino la norma cultural. Estudió ciencias de la computación, aunque su verdadera educación llegó del crisol de las finanzas cuantitativas. Durante los veranos hizo pasantías nada menos que en Bridgewater Associates (Ray Dalio) y en Citadel (Ken Griffin), aprendiendo cómo los traders intentan arrancarle certeza al caos de la economía mundial.

Fue allí donde conoció a Tarek Mansour, otro estudiante de computación, oriundo del Líbano. Había sobrevivido al conflicto de 2007, aprendió inglés estudiando manuales del SAT, y llegó al MIT con la determinación de quien entiende que las oportunidades pueden evaporarse de un día para otro. Notó que ella siempre se sentaba en la primera fila —un hábito perfeccionado en el ballet, donde la primera fila implica exposición y responsabilidad— y empezó a sentarse allí también, al principio para absorber su disciplina, después porque se volvió natural.

La amistad, y luego la sociedad, se formó lentamente. Pertenecían al mismo grupo de estudiantes internacionales, hablaban el mismo lenguaje académico y compartían la misma tendencia a mirar el mundo y preguntarse si podría reconstruirse desde cero.

En el verano de 2018, mientras ambos eran pasantes en Five Rings Capital en Nueva York, caminaban de regreso a casa por el Distrito Financiero. Hablaban de mercados, de señales, y de una paradoja que no dejaba de llamarles la atención: todo el sistema financiero se basa en predicciones de escenarios futuros. Sin embargo, los inversores solo pueden negociarlas de manera indirecta: comprando acciones cuyo precio podría subir si un político ganaba, bonos que podrían valorizarse si caía la inflación, o commodities cuyo valor podría dispararse si surgí inestabilidad geopolítica en algún lejano rincón del mundo. Pero no existía una forma limpia de negociar el evento en sí.

¿Qué pasaría si uno pudiera negociar la realidad a medida que ocurre, pregunta por pregunta, momento a momento?

La idea era tan simple y a la vez tan radical que, al principio, se rieron. Luego entendieron que no era un chiste, sino el proyecto de un plano arquitectónico.

El nacimiento de una nueva clase de activos

Para comprender lo que estaban por crear, hace falta entender el event trading, un concepto que, en aquel momento, sonaba a experimento teórico.

En esencia, el event trading permite comprar y vender contratos cuyo valor depende completamente del resultado de un hecho real. ¿La inflación del próximo mes estará por encima del 3 %? ¿Lloverá en Chicago el sábado? ¿El S&P subirá más del 2 % esta semana? ¿Ganará un republicano en Arizona? ¿Una empresa tecnológica superará sus resultados?

  • Un contrato de “Sí” podía negociarse a 0,38 USD, reflejando una probabilidad implícita del 38 %.
  • Si el evento efectivamente ocurría, el contrato pagaba 1 USD.
  • Si no, caía a 0 USD.

Es, en su forma más pura, la monetización de la incertidumbre.

Para los traders experimentados, esto solucionaba un problema antiguo. El mercado financiero siempre había sido el lugar donde se expresan visiones del futuro, pero de manera oblicua: a través de acciones, opciones, bonos. Los contratos por eventos, en cambio, permitían una expresión directa: Creo que esta situación en particular va a ocurrir.

Mercados de eventos legales y regulados habían existido tímidamente, pero nunca a escala, nunca con credibilidad institucional y nunca en Estados Unidos. Ese era el muro que Luana y Tarek querían perforar.

Dos años en el desierto

Postularon a Y Combinator (la aceleradora de startups más famosa del mundo, con sede en Silicon Valley) en 2019 y fueron aceptados, pero la celebración duró poco. Según la ley estadounidense, su idea ocupaba una zona nebulosa entre derivados financieros, mercados de predicción y apuestas. Para operar legalmente, necesitaban la bendición de la Commodity Futures Trading Commission (CFTC), uno de los organismos regulatorios más implacables de Washington.

Cuando buscaron abogados, más de cuarenta estudios se negaron a ayudarlos. Eran demasiado jóvenes, la idea demasiado rara, y el camino regulatorio demasiado peligroso.

Durante dos años no construyeron nada. Sin producto, sin usuarios, sin ingresos; solo borradores que se acumulaban y cartas de rechazo. Pero el ballet y la guerra les habían enseñado algo vital: desde afuera, el progreso suele parecer quietud. Y rendirse rara vez es la opción racional.

Solo un abogado aceptó el desafío: Jeff Bandman, exfuncionario de la CFTC, que conocía lo suficiente las grietas de la regulación como para ver allí una puerta. Los guió por el laberinto burocrático y, en noviembre de 2020 su creación, Kalshi, recibió autorización para comenzar a operar, y se convirtió en el primer Mercado de Contratos Designado para event trading aprobado por el gobierno federal.

Era como encender la luz en una habitación en la que todos habían estado tropezando durante décadas.

Enfrentarse a Washington — y ganar

Pero la victoria no canceló todas las batallas regulatorias; más bien las inauguró. Cuando Kalshi presentó propuestas para ofrecer contratos electorales, la CFTC se negó. Las elecciones, argumentó, eran demasiado sensibles, demasiado políticas, demasiado parecidas al juego.

Fue entonces que Luana propuso lo impensable: Demandar a la CFTC.

Los inversores advirtieron que era una locura, y sus amigos dudaron de que dos veinteañeros pudieran enfrentarse a un organismo federal. Aun así, siguieron adelante.

En septiembre de 2024, un juez federal falló a su favor, y Kalshi hizo historia: los primeros mercados electorales legales de Estados Unidos en más de un siglo. En los meses siguientes, más de 500 millones de dólares se negociaron allí. Los usuarios de Kalshi predijeron correctamente el resultado electoral antes de que la mayoría de los agregadores de encuestas convergieran.

Una vez más, lo que parecía imposible simplemente… ocurrió.

El ascenso meteórico

El impulso fue inmediato: el volumen negociado en Kalshi se multiplicó por diez. La plataforma se integró con Robinhood, Webull, Google Finance, StockX y hasta con la National Hockey League. Lanzó mercados en Solana, adentrándose en el mundo cripto con la confianza de quien ya no se define por su fragilidad regulatoria.

Los inversionistas comenzaron a describir a Kalshi en términos más grandiosos. Ya no era una startup: era infraestructura de mercado, “el Nasdaq del futuro”.

En diciembre de 2025, la empresa alcanzó un valor de once mil millones de dólares. Luana y Tarek, cada uno con cerca del 12 %, ingresaron de manera fulminante al club los mil-millonarios de menos de treinta años de edad.

Luana se convirtió en la mujer más joven del mundo en volverse mil-millonaria partiendo desde cero, superando a Lucy Guo y a Taylor Swift.

Era el titular perfecto para los periodistas tecnológicos, pero eso apenas rozaba la superficie.

“Ahora que Kalshi ha demostrado lo grande que puede llegar a ser, hay mucha otra gente que quiere una parte de este negocio”, afirma Ali Partovi, CEO del fondo de capital de riesgo Neo, y temprano inversor en Kalshi.

Desde julio, el volumen nominal negociado en Kalshi se ha multiplicado por ocho, alcanzando los 5.800 millones de dólares en noviembre, según la empresa. Las operaciones nominales de su principal competidor, Polymarket, cuya valoración también se ha disparado hasta los 9.000 millones de dólares, se han más que triplicado desde julio, llegando a 4.300 millones de dólares en noviembre.

La bailarina que no dejó de moverse

Quienes la conocen dicen que Luana se mueve por el mundo con la misma intensidad silenciosa que la llevó a soportar jornadas de catorce horas de ballet. Alex Immerman, socio de a16z, dice que el ballet quizá sea el entrenamiento perfecto para un fundador: te dicen “no” constantemente; el cuerpo se quiebra; tu puesto nunca está garantizado… y aun así continúas.

Ahora que Kalshi enfrenta nuevas batallas —estados que buscan clasificar sus mercados deportivos como apuestas; políticos que debaten las implicaciones sociales de convertir la realidad en un activo negociable—, la formación temprana de Luana puede volver a ser su mayor fortaleza.

Construir Kalshi no es simplemente construir una empresa. Es desafiar un siglo de normas financieras, insistir en que la incertidumbre es cuantificable y crear un mercado donde la probabilidad misma se convierte en algo que se puede poseer, comprar o vender.

El event trading ya no es una curiosidad filosófica. Es un mercado vivo y creciente. Lo utilizan fondos de cobertura para cubrir riesgos, inversores minoristas para especular, empresas para gestionar incertidumbres y sistemas de inteligencia artificial para afinar predicciones. Es, en muchos sentidos, el instrumento financiero más puro jamás concebido: un contrato anclado directamente a los hechos verificables del mundo.

Y la persona que lo llevó del reino de las ideas a la realidad —que enfrentó a reguladores, tribunales, rivales y el peso de un escepticismo global— aprendió de adolescente a sostener la pierna perfectamente inmóvil sobre un cigarrillo encendido.

La disciplina nunca la abandonó, solamente encontró un nuevo escenario.

Por Norberto E. Luongo

Publicidad
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

CONTENIDO RELACIONADO