sábado, 17 de enero de 2026

El nuevo filtro de la Ivy League: “¿Quién es capaz todavía de prestar atención?”

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Durante décadas, los procesos de admisión a las universidades de élite en Estados Unidos y muchos otros países premiaron aquello que podía medirse, evaluarse y compararse numéricamente: calificaciones, puntajes de exámenes, niveles de liderazgo, actividades ordenadas prolijamente en columnas. Hoy, algo más silencioso, y mucho más difícil de cuantificar, ha comenzado a distinguir a unos postulantes de otros. No se anuncia en los currículums ni en las cartas de recomendación, pero los responsables de decidir las admisiones lo reconocen casi por instinto.

Ese rasgo es la “atención sostenida”.

No la inteligencia. No la ambición. Ni siquiera la pasión, al menos no la de combustión rápida. Lo que hoy premia con el éxito a muchos postulantes es un diferencial singular e inédito: la demostración de su capacidad de permanencia con algo en concreto —una idea, un proyecto, una pregunta—, por el tiempo suficiente para que aparezca la profundidad. En una cultura enseñoreada en la interrupción constante, la atención se ha convertido en una forma de distinción.

Las implicancias de esa distinción son inusualmente altas. La Ivy League —un grupo de ocho universidades privadas altamente selectivas afincadas en el noreste de Estados Unidos— ha funcionado durante mucho tiempo como un sinónimo de prestigio académico, elite, máximo nivel académico y, como corolario, el pasaporte asegurado al éxito profesional de sus egresados. Las tasas de admisión en estas universidades suelen ubicarse por debajo del 5% del total de los aspirantes y el ingreso conlleva consecuencias que van mucho más allá de la educación misma: acceso a redes influyentes de exalumnos, a circuitos de liderazgo en el gobierno, las finanzas, la tecnología y la academia, y a un efecto de señalización duradero en entornos profesionales altamente competitivos. Cuando tanto depende de tan pocos lugares, incluso un cambio sutil en la escala de valores de estas instituciones en los procesos de selección puede producir efectos desproporcionados.

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La pregunta que las admisiones rara vez formulan pero siempre responden

Cuando las oficinas que regulan el proceso de admisiones en estos ámbitos de élite adoptan nuevos criterios o valores de selección, no lo hacen a través de la publicación de memorandos, sino que evolucionan en silencio. Detrás de la escena, el lente evaluativo ha recientemente desplazado su foco de interés. La pregunta implícita ya no es: “¿cuánto has hecho?”, sino “¿cuánto tiempo has permanecido?”.

Los evaluadores descartan cada vez más listas de actividades llenas de entusiasmos fugaces. Lo que sobresale, en cambio, es la continuidad: un tema de investigación trabajado durante años, una práctica musical o artística sostenida a pesar de la falta de estímulos externos, una curiosidad intelectual de largo aliento que se profundiza, en lugar de dispersarse.

La atención sostenida se ha convertido en un auténtico filtro. No porque las universidades se hayan vuelto caprichosas o nostálgicas de la lentitud, sino porque han aprendido que los estudiantes que no pueden concentrarse en profundidad suelen tener dificultades serias en su camino. La universidad contemporánea sigue funcionando con lecturas extensas, preguntas sin resolver, retroalimentación diferida y frustración intelectual. La capacidad de atención, un bien cada vez menor, ya no es opcional.

Por qué la atención se volvió una rareza

El colapso de la atención sostenida ya no es anecdótico; por el contrario, está ampliamente documentado. Psicólogos que estudian el comportamiento de los humanos frente al mundo digital han demostrado que el tiempo promedio de concentración en una sola pantalla ha disminuido drásticamente en las últimas dos décadas. El cambio permanente de tareas y el multitasking se han vuelto casi conductas automatizadas.

Aquí es donde entra en escena, entre otros, Jonathan Haidt. En su libro “La Generación Ansiosa”, Haidt sostiene que una infancia estructurada en torno al teléfono celular —combinada con redes sociales, bombardeo de notificaciones de todo tipo y contenidos algorítmicos— ha alterado de manera profunda la forma en que los jóvenes experimentan la concentración, el aburrimiento y la perseverancia. El problema, subraya, no es el tiempo frente a la pantalla en sí mismo, sino la pérdida de espacios mentales ininterrumpidos, precisamente durante los años en los que deberían formarse las capacidades de autorregulación de la atención.

Las universidades están absorbiendo ahora los efectos consecuentes de ese fenómeno. Los docentes describen estudiantes brillantes, elocuentes y motivados, pero incapaces de permanecer cognitivamente presentes durante períodos prolongados. Las oficinas de admisiones, en respuesta pragmática, han comenzado a seleccionar a quienes demuestran antecedentes que hablan de resistencia a esta fragmentación intelectual.

La profundidad deja huellas

La atención sostenida corre con ventaja por sobre otros rasgos más difusos de la personalidad, tales como como la “resiliencia” o la “curiosidad”: la atención sostenida deja rastros visibles.

Por eso, ciertas actividades tienen hoy un peso relativo desproporcionado en las decisiones de admisión a los centros de élite. Proyectos de investigación original, trabajos artísticos de largo plazo, lecturas independientes avanzadas, y compromisos comunitarios prolongados funcionan como pruebas de que los candidatos están hechos de una materia propensa al “esfuerzo natural”. Además, revelan qué les ocurre cuando la novedad se agota y aparece el aburrimiento.

Los evaluadores han aprendido a distinguir entre un proyecto armado solo para impactar, y otro sostenido en la continuidad y la dificultad. El primero luce pulido; el segundo, vivido. De manera paradójica, la atención sostenida se ha vuelto más fácil de detectar que la brillantez pura o la genialidad.

Museos, medicina y el redescubrimiento de mirar despacio

La misma lógica se está desplegando en ambientes distintos de las oficinas de admisión.

En Dinamarca, el Statens Museum for Kunst de Copenhague fue pionero en un programa de slow looking (“mirar despacio”), inicialmente pensado para estudiantes, y luego adaptado para su uso en pacientes que sufrían estrés y ansiedad. A los participantes se los anima a pasar considerables períodos de tiempo —a veces veinte minutos o más— sin interrupciones, frente a una sola obra de arte resistiendo el impulso de pasar a la siguiente. Los resultados fueron notables: mayor concentración, reducción de la ansiedad y una renovada tolerancia a la quietud.

Las facultades de medicina siguieron un camino similar. Programas en Yale y Columbia incorporaron prácticas análogas en la formación médica, reconociendo que la observación cuidadosa y consecuente diagnóstico exitoso —en este caso, de los pacientes— depende de la capacidad de atención sostenida, no de la velocidad.

Las universidades de élite han tomado nota. Cuando los responsables de admisiones hablan de “madurez intelectual”, muchas veces se refieren exactamente a esto: la capacidad de permanecer presentes el tiempo suficiente como para advertir más cosas, o cosas que para otros sujetos pasan desapercibidas.

La ventaja silenciosa y la verdad incómoda

Existe aquí una realidad incómoda. La atención sostenida suele presentarse como una virtud personal, pero está profundamente moldeada por el entorno. Los estudiantes con menos intrusiones digitales, más tiempo a resguardo de la invasión digital, y los adultos que valoran la profundidad por sobre la productividad constante, todos disfrutan de una ventaja estructural notable.

Los comités de admisión no son ajenos a esto. Pero también saben que no pueden “enseñar a prestar atención” a gran escala. Pueden enseñar contenidos, pero no pueden enseñar fácilmente a lograr concentración intensa. Por eso, la evidencia de capacidad de atención preexistente se convierte en un indicador de una preparación especial y deseable, no porque sea un elemento seleccionador justo, sino porque simplemente es una eficiente herramienta para predecir quién prosperará.

En ese sentido, la atención sostenida funciona como un mecanismo moderno de individualización, menos alineado con el prestigio que con la resistencia cognitiva.

Lo que hoy señalan las mejores postulaciones

Las postulaciones más convincentes no suelen provenir de estudiantes que parecen optimizados en sus capacidades intelectuales al máximo, sino de aquellos que aparecen consistentes. Sus historias no son tan expandidas, pero sí profundas. Sus intereses evolucionaron lentamente, y sus compromisos duraron más allá del ciclo de recompensas.

Esto no quiere decir que estos sujetos son tecnófobos. Simplemente, saben evadirse de la órbita tecnológica cuando es necesario. Los teléfonos están presentes, pero no dominan. Las pestañas están abiertas, pero no son infinitas. El tiempo puede estirarse.

Todo esto, los evaluadores lo notan y lo valoran.

Una ironía final

En una cultura obsesionada con la velocidad, las instituciones de élite están filtrando silenciosamente a quienes pueden ir más despacio. En un mundo de actualización constante, premian a quienes resisten el impulso de quemar etapas rápidamente. La ventaja de la Ivy League, antes asociada al refinamiento y al linaje, se destaca cada vez más en algo mucho menos glamoroso: la capacidad de permanecer asociado a una idea, a un pensamiento, a un proyecto, el tiempo suficiente como para que ellos transformen al sujeto.

Esa habilidad no se puede descargar de una app. No se puede obtener haciendo scroll en una pantalla. Tal vez, por eso mismo se ha vuelto una auténtica piedra preciosa.

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