El hilo invisible y los cortes de la dictadura: medio siglo de tensiones educativas

Por Flavio Buccino para Revista Mercado

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A cincuenta años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, el sistema educativo argentino no es un bloque monolítico, sino un palimpsesto: un mapa de cicatrices, reconstrucciones y escrituras superpuestas. Analizar este medio siglo implica un ejercicio de arqueología política para identificar qué estructuras de aquel proyecto autoritario fueron efectivamente derribadas por la fuerza de la democracia y cuáles, de manera más sutil y persistente, lograron mimetizarse en la normativa y en la cultura institucional bajo nuevas formas. La herencia de la dictadura no solo reside en lo que se hizo, sino sobre todo en lo que se deshizo: la ruptura de un proyecto de nación integrada a través de la escuela pública.

Las rupturas: Del control disciplinario a la pedagogía de la memoria

La más evidente y profunda tras el fin del denominado “Proceso de Reorganización Nacional” fue de carácter ético, político e ideológico. La dictadura concibió a la escuela no como un centro de saber, sino como un dispositivo de control social, vigilancia y “moralización”. El objetivo era la extirpación de la “subversión” del cuerpo social, y para ello se implementó un vaciamiento de contenidos sin precedentes. Se prohibieron libros, se eliminaron conceptos de las currículas (como la teoría de conjuntos en matemática o la evolución en biología) y se persiguió a docentes y estudiantes.

El retorno democrático en 1983, bajo la presidencia de Raúl Alfonsín, significó un giro copernicano. El Congreso Pedagógico Nacional (1984-1988) fue uno de los símbolos de esta ruptura: un espacio de debate masivo donde la sociedad civil volvió a discutir qué educación quería. La educación dejó de ser una herramienta de adoctrinamiento para ser entendida como un derecho humano fundamental y la base indispensable para la convivencia ciudadana.

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La democratización de los vínculos y la norma

Otra ruptura clave se dio en la micro-política escolar. Se eliminaron los rituales de tinte militar —como las inspecciones de cabello y vestimenta o la prohibición de hablar en los recreos— y se restablecieron los centros de estudiantes, devolviendo a los jóvenes su estatus de sujetos de derecho. En las universidades, la recuperación de la autonomía y la libertad de cátedra permitió que el pensamiento crítico volviera a las aulas.

Leyes posteriores, fundamentalmente la Ley de Educación Nacional (LEN) de 2006, consolidaron esta visión al extender la obligatoriedad hasta el nivel secundario y centrarse en la inclusión social. Esta ley se opuso frontalmente a la lógica expulsiva del régimen militar, proponiendo una escuela que abraza la diversidad en lugar de uniformarla. Sin embargo, estas victorias en el plano del discurso y la ética conviven con una estructura que, en la práctica, sigue siendo profundamente desigual.

Las continuidades: La trampa de la fragmentación y el federalismo inconcluso

A pesar de los avances democráticos, existen continuidades que resultan más difíciles de erradicar porque se disfrazaron bajo el manto de la “modernización” o la “eficiencia administrativa”. El golpe de 1976 inició un proceso de transferencia de escuelas desde la órbita nacional hacia las provincias. Este movimiento no fue un acto de genuino federalismo, sino una maniobra financiera para aliviar el presupuesto del Estado Nacional, transfiriendo la responsabilidad del servicio educativo sin acompañarla de los recursos económicos necesarios.

Esta política, lejos de revertirse con la democracia, se profundizó dramáticamente en la década de 1990 con la Ley Federal de Educación. El resultado de esta continuidad es la fragmentación del sistema. Hoy, Argentina no tiene un sistema educativo único, sino 24 sistemas diferentes. La calidad de la infraestructura, el salario docente y el acceso a recursos tecnológicos dependen fuertemente de la riqueza de la provincia en la que un niño nace. Esta segmentación territorial nació en los setenta como una forma de desarticular la unidad nacional y hoy persiste como una brecha de desigualdad estructural que el Estado nacional aún no ha logrado suturar.

El subsidio a la educación privada y el “mercado educativo”

Otra continuidad significativa es el “fomento” muchas veces de una manera indirecta, de la educación privada. Sectores conservadores y religiosos, en su momento aliados estratégicos del golpe, demandaron y obtuvieron durante la dictadura un marco normativo que favorecía la transferencia de fondos públicos hacia instituciones privadas. Con el correr de las décadas, esto consolidó un sistema de “circuitos diferenciados”.

En este escenario, las familias que poseen recursos económicos “escapan” del sistema público hacia el privado, no siempre sólo por una cuestión de calidad pedagógica, sino por una búsqueda de distinción social o previsibilidad en el calendario escolar. Esto genera una profecía autocumplida: la escuela pública, al perder a los sectores medios y altos, ve debilitada su base de apoyo social y político, quedando relegada en muchos casos a una función asistencial más que pedagógica: un punto de contacto entre la elitización buscada en 1976 con la actual segregación.

La inercia institucional: La burocracia del miedo y el currículum oculto

Más allá de las leyes, existen continuidades en lo que se denomina el currículum oculto. La dictadura instaló una cultura de la sospecha y una jerarquía verticalista que, en muchas instituciones, sobrevivió por décadas. El “no te metas” o el miedo a la innovación pedagógica en sectores de la docencia formados bajo el paradigma autoritario ha sido un obstáculo lento de remover.

Si bien hoy la formación docente incluye contenidos de Derechos Humanos y memoria, la estructura organizacional de la escuela secundaria —con profesores “taxi” que corren de una institución a otra y una división fragmentada del conocimiento— sigue respondiendo a un modelo de control disciplinario del siglo pasado que la dictadura reforzó. La resistencia al cambio en las formas de evaluar, de habitar el espacio escolar y de construir autoridad sigue arrastrando, en ocasiones, vestigios de aquel orden verticalista.

El desafío pendiente: De la inclusión a la justicia curricular

A medio siglo del golpe, el balance muestra una paradoja agridulce. Hemos ganado la batalla por la memoria: hoy es casi impensable una escuela argentina que no recuerde el 24 de marzo o que no enseñe los horrores del terrorismo de Estado. En teoría, que no siempre se contrasta con la realidad, hemos ganado la batalla por la libertad: las aulas pueden ser espacios de debate y participación como nunca antes. Sin embargo, la estructura organizativa del sistema todavía arrastra la inercia de la desigualdad sembrada en 1976.

La ruptura fue ética y política; la continuidad es económica y estructural. La democracia ha logrado que todos los niños y jóvenes estén dentro de la escuela (logrando niveles de escolarización históricos), pero no ha garantizado que todos reciban lo mismo dentro de ella y en este sentido sirva como un elemento de ascenso social. En todo caso, el sistema sigue operando bajo una lógica de “educación para pobres” y “educación para ricos”, una segmentación que es el legado más exitoso —y terrible— del proyecto de 1976.

En síntesis, la verdadera democratización de la enseñanza no consiste solo en abrir las puertas de las escuelas, sino en asegurar que lo que ocurre dentro de ellas tenga el mismo valor emancipador para todos, sin importar el código postal del alumno.

Conclusión: Hacia una nueva arquitectura educativa

Uno de los retos del presente es desmantelar definitivamente el cimiento estructural de la dictadura. Esto implica discutir una nueva Ley de Financiamiento Educativo que realmente iguale las oportunidades entre las provincias y ponga fin a la fragmentación del sistema. Implica también repensar la escuela secundaria para que deje de ser un filtro de exclusión y se convierta en un motor de movilidad social ascendente conectado al mundo del trabajo y a la formación de un cuidadano global.

En contra de los nostálgicos, la memoria no debe ser solo un recordatorio de lo que pasó, sino una herramienta para transformar lo que quedó. Superar el legado invisible de la dictadura requiere que el Estado asuma nuevamente un rol central y unificador, garantizando que la educación pública sea, una vez más, el espacio de encuentro de todas las clases sociales. Solo así podremos decir que el corte de 1976 ha sido finalmente sanado, y que la escuela argentina es, por fin, plenamente democrática en su ética y en su estructura.

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