El "cuentito" de la Inteligencia Artificial en el aula
Flavio Buccino, maestro y especialista en gestión educativa nos introduce en el caliente debate por el uso de las IA en Educación a partir de un sugestivo relato.

Una lluvia de bytes y algoritmos se cierne sobre las aulas (también argentinas). Algunos lo viven como una tormenta devastadora. Otros como una prometedora garúa que lo renovará todo a su paso ¿La Inteligencia Artificial se convertirá en la nueva lengua franca de la Educación? Mientras, los pupitres de madera, testigos de siglos de tiza y pizarrón, tiemblan ante la idea: “¿Será el fin de nuestra era?”
Alguien desde afuera del aula anuncia con bombos y platillos que la implementación de la IA será una materia obligatoria más en la escuela, un parche en un “currículo vetusto”, casi con la subrepticia idea de que igual se presente como “un salto inevitable hacia la modernidad que nos hará libres” (no importa mucho si con igualdad de oportunidades o no).
En ese preciso momento y ante el pomposo anuncio, desde un rincón del aula, el eco de una antigua voz resuena: “la Educación, encuentro sagrado entre almas, no es un asunto de código, sino de contacto. Un abrazo, una mirada de aliento, un debate apasionado que ninguna red neuronal podrá nunca replicar”. Mientras empieza a elevar la voz, desde el rincón que algunos buscan oscurecer repite como mantra: “La escuela, ese viejo roble de la comunidad, no es sólo un lugar para fabricar obreros del futuro, sino para forjar ciudadanos del presente, con todas sus imperfecciones y su riqueza emocional”. El miedo es claro: que la máquina, con su fría lógica, nos arrebate lo que nos hace diferentes, humanos.
Al mismo tiempo y con un lenguaje que por momentos se hace malsonante, desde otro rincón algo más alejado, casi desde el dintel de la puerta del aula, un grito diferente se alza. “¡El viejo modelo ha muerto!” proclama con el filo cortante de la innovación. “La IA no es el enemigo, sino el salvador. Un tutor incansable, un faro de conocimiento que iluminará a cada niño a su propio ritmo, sin importar su origen”, agrega altisonante. La escuela, para esta voz, es un museo polvoriento. Para esta voz, lo que se avecina es una “revolución” (¿educativa?), una liberación del yugo de la memorización, una nueva era de mentes brillantes guiadas sólo por algoritmos. La profunda crítica de esta joven voz a la anterior más añosa es que cualquier mínimo temor a la tecnología nos está condenando a la irrelevancia… y que, en definitiva, hay que cuidarse de los poco eficientes “viejos meados” que nos trajeron hasta acá.
Mientras tanto, en el medio del griterío, una tercera voz, menos estridente pero más segura, más pragmática y terrenal, se abre paso sin gritar; posiblemente por eso la escuchemos menos. “No se trata de reemplazar, sino de empoderar”, susurra la voz. E inmediatamente agrega “la IA no es un fin en sí misma, sino una compañera de viaje para maestros y alumnos. Un escudero digital que se encarga de las tareas más tediosas, liberando al maestro para que se dedique a lo esencial: desarrolle el pensamiento crítico de sus alumnos, medie en los conflictos, forme seres humanos curiosos y sobre todo empáticos. Se dedique a lo esencial: “enseñe”. Rápídamente surge la pregunta ¿y para los alumnos? La respuesta no se hace esperar: “para ellos es una poderosa herramienta que habrá que aprender a usar para que no genere dependencia o los esclavice. Como toda herramienta, su valor dependerá de la mano que la empuñe y del cerebro, el corazón y del ‘alma humana’ que la use”.
Así pasa con cierto tedio, tipico de una escuela -que no es un espectáculo de variedades- otra cotidiana jornada escolar; entre clases y recreos, lecciones, dictados y juegos compartidos. Casi al final del día empieza a despejarse el cielo asomando tenuemente el sol. Pero, por suerte, el debate continua. Mañana los pibes volverán al aula y el maestro volverá a estar allí para esperarlos y acompañarlos en eso de “aprender”.
¿Se clarificó el panorama? No lo sé. Lo que sí queda claro, para todos, incluso para las tres voces es que la implementación de la IA en las aulas no es un simple capítulo en el libro de la historia educativa sino el comienzo de un nuevo libro. Un libro cuyas páginas aún están en blanco esperando ser escritas no por una máquina sino por nosotros, los humanos, que debemos decidir “qué queremos ser”. En definitiva, en ese acto de elegir reside la verdadera magia de la Educación.
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