Me invade una “certeza amarga”: en Argentina, el calendario escolar se ha convertido en una ficción administrativa. Año tras año, asistimos al ritual de anunciar metas de días de clase que rara vez se traducen en horas efectivas de aprendizaje dentro del aula. Tomando como base el reciente e indispensable informe que por séptimo año consecutivo publica Argentinos por la Educación (AxE) sobre los calendarios escolares 2026, queda claro que no estamos ante un simple desfase estadístico; estamos ante una erosión sistemática del derecho a aprender que afecta, fundamentalmente, a quienes más necesitan de la escuela como motor de movilidad social.
Para ello propongo pensar el desafío en tres ejes intercambiables y conectados entre sí sobre tres áreas concretas: ¿Cómo combinar lo tecnológico, lo legislativo y lo pedagógico para cada uno de los ejes y acciones propuestas?
- Lo tecnológico aporta el dato veraz para la toma de decisiones.
- Lo legislativo garantiza (o debería garantizar) el cumplimiento y la equidad entre provincias.
- Lo pedagógico asegura que, dentro o fuera del aula, el alumno siempre esté aprendiendo.
A continuación, analizo los tres ejes y les propongo algunas acciones de política educativa para mitigar parte del problema que tenemos.
1. El Abismo entre lo Planificado y lo Real: El Control del Tiempo
La columna vertebral de cualquier sistema educativo es el tiempo de enseñanza. Sin embargo, hoy existe una brecha alarmante entre los días que el Consejo Federal de Educación establece —esos 190 días que suenan a meta ambiciosa— y lo que realmente sucede cuando suena el timbre. Conflictos laborales, problemas de infraestructura crónica y un ausentismo (tanto docente como estudiantil) sin registro oficial, van carcomiendo el calendario hasta dejarlo en un esqueleto pedagógico frágil.
Lo que más me inquieta, tal como señala el documento de Argentinos por la Educación, es que el país carece de datos oficiales nominales sobre la asistencia efectiva. Estamos navegando a ciegas. Por eso, mi primera propuesta es de carácter tecnológico y disruptivo: la implementación de un “Tablero de Gestión Escolar 360”. Necesitamos una plataforma nacional y federal donde cada institución registre diariamente, mediante geolocalización y vinculación con el DNI, la apertura del establecimiento y la asistencia en tiempo real. Si una escuela no reporta actividad a las 8:15 AM, el sistema debe disparar una alerta automática al distrito.
Pero el dato por el dato mismo no basta. Propongo una Ley de Transparencia de Días Efectivos. Es imperativo que las jurisdicciones publiquen informes bimestrales y se implemente un “Índice de Cumplimiento Escolar”. La transparencia pública permitiría una auditoría social donde los padres, a través de aplicaciones, complementariamente, puedan reportar si sus hijos tuvieron clases. Además, deberíamos vincular el financiamiento nacional de obras y conectividad al cumplimiento efectivo de estos días entre otros elementos a tener en cuenta al momento de que las provincias realicen una contrasprestación por los recursos de Nación. Si no hay clases, el compromiso político debe tener consecuencias.
Desde lo pedagógico, no podemos permitir que el hilo se corte cuando la escuela cierra. Propongo el diseño de contenidos de “Resiliencia Curricular” y una “Biblioteca Digital de Emergencia”. Ante un paro o un problema edilicio, el Estado debe garantizar módulos de aprendizaje autónomo que el alumno ya tenga en su hogar o con acceso libre y garantizado en la red Internet, permitiendo que el docente guíe el proceso de forma asincrónica. El aprendizaje no puede ser rehén de la contingencia.
2. La Desigualdad Horaria: El Reloj como Factor de Exclusión
La calidad educativa no solo se mide en días, sino en horas reloj, y aquí las proyecciones para 2026 analizadas por AxE me resultan, honestamente, “de terror”. Existe una disparidad que genera una brecha de oportunidades injusta: mientras en algunas provincias se intenta profundizar contenidos, en otras como Buenos Aires o Santa Cruz, el 91% de los alumnos no alcanzará siquiera el mínimo legal de 760 horas anuales para el nivel primario.
Esta “estafa horaria” requiere medidas de fondo. En primer lugar, legislativamente, debemos sancionar un Estándar Nacional de Hora Reloj que unifique la duración de la hora de clase en 60 minutos para todo el país. Esto evitaría que las provincias “dibujen” los 190 días mediante jornadas reducidas que no cumplen con los estándares internacionales.
Para las ocho jurisdicciones en riesgo identificadas en el informe, propongo la creación de “Aulas Híbridas de Refuerzo”. Si la jornada presencial no alcanza, el Estado provincial, con ayuda financiera del nacional si fuera necesario, debe proveer tutorías virtuales en vivo a contraturno, enfocadas en Lengua y Matemática, que acrediten como carga horaria oficial. Asimismo, en escuelas de jornada simple, defiendo la posibilidad de un “Currículum de Inmersión Prioritaria”. Si solo tenemos cuatro horas y no hay otra manera de incrementar el tiempo escolar, el 70% de ese tiempo debe dedicarse exclusivamente a la alfabetización y el pensamiento lógico-matemático durante un período determinado. El resto de las actividades pueden delegarse a talleres optativos o convenios con instituciones locales como clubes de ciencia o bibliotecas.
No descarto la implementación de cursado obligatorio en “Escuelas de Estación” (verano o invierno) para aquellos distritos que no logren cumplir con el piso horario. La equidad exige que un chico en el sur o en el norte del país tenga el mismo tiempo de exposición al conocimiento que uno en el centro.
3. La Eficiencia del Sistema: El Dilema de las Jornadas Institucionales
Un aspecto que el análisis de Argentinos por la Educación pone correctamente bajo la lupa es el impacto de la capacitación docente en el calendario de los alumnos. En 2026, provincias como Catamarca y La Rioja ni siquiera alcanzarán el piso de 180 días si descontamos las jornadas institucionales que implican la suspensión total de clases. Es inaceptable que el desarrollo profesional de los adultos se haga a costa del tiempo pedagógico de los niños.
Considero que es vital profesionalizar al docente, pero el mecanismo actual es ineficiente. Mi propuesta tecnológica es migrar hacia la Micro-capacitación Asincrónica. En lugar de cerrar la escuela un día entero, los docentes podrían consumir “píldoras de formación” semanales de 15 minutos a través de una aplicación con validación de conocimientos. Esto permite que el 50% de la formación sea virtual y autogestionada, eliminando la necesidad de interrumpir el servicio educativo.
Legislativamente, propongo la Prohibición de Cierre por Capacitación durante los días de dictado de clases. Estas instancias deben programarse en febrero, diciembre, o realizarse mediante un sistema de rotación donde la mitad del personal permanezca con los alumnos.
Finalmente, podemos transformar estos días en “Jornadas de Escuela Abierta”. Mientras el equipo directivo planifica, la escuela debe seguir abierta y funcional, liderada por talleristas, estudiantes de magisterio o incluso alumnos de los últimos años de secundaria que realicen talleres de convivencia y artes con los más pequeños. Esto no solo mantiene el hábito de asistencia, sino que fomenta un sentido de comunidad y liderazgo estudiantil.












