Del Mundial de Fútbol 2026 a la arquitectura de la desigualdad educativa y el por qué el diseño escolar es en gran parte el verdadero destino de una nación
Por Flavio Buccino para Revista Mercado

A mi edad ya no estoy para jugar al fútbol. En mi juventud fui un rústico marcador de punta derecho al estilo Pernía. Hace unos días me metí en un juego. Ante mis actuales limitaciones por edad me pareció más interesante utilizar el conjunto de los 48 países participantes del mundial como un “laboratorio de análisis” para interpelar la esencia de las políticas públicas en Educación en esos países, antes que el perfil deportivo. Algo menos físico, algo más mental. Así fue que con ayuda de las IA “armamos” el cuadro adjunto. Dado que no existe un “índice único oficial” que cruce matemáticamente para saber cuál de los paises ganaría este “hipotético mundial”, la idea fue establecer un criterio donde la jerarquía se estableciera ponderando rendimiento académico (resultados de pruebas internacionales como PISA, TIMMS o equivalentes), ajustándolo por los niveles de cobertura (tasas de matriculación) y el esfuerzo fiscal de cada Estado (gasto público en educación como porcentaje del PBI). Pero como sabemos que los promedios nacionales en pruebas estandarizadas suelen esconder profundas desigualdades internas, donde sistemas que fomentan la competencia a veces elevan el promedio general, pero a costa de concentrar a los alumnos más vulnerables introdujimos una “penalización por segregación”. Así aplicamos un factor de corrección utilizando métricas como el Índice de Gorard, una métrica estadística que mide la magnitud de la segregación escolar y determina qué tan concentrados están ciertos grupos sociales en determinadas escuelas. Así un país con buenos resultados promedio pero con alta segregación escolar vería su puntaje general reducido. El objetivo: “castigar” a sistemas ineficientes o muy desiguales y “premiar” a aquellos que logran retener y educar a sus poblaciones más vulnerables.
Al contrastar sistemas tan disímiles bajo estos indicadores, este ejercicio arroja una primera conclusión: la calidad educativa no es una variable aislada, sino el reflejo de la arquitectura social de cada país o nación. Nuestro “mundial” se convierte en este caso, en una excusa estratégica para diagnosticar cómo el diseño de nuestras escuelas puede, o bien perpetuar la fragmentación y la desigualdad estructural —como sucede en los modelos de segregación escolar—, o bien erigirse como el último espacio de cohesión democrática capaz de compensar el “impuesto cognitivo” de la pobreza y garantizar que el futuro no sea un destino predeterminado por el código postal.
Y la pelota comenzó a rodar…
La Educación, en la retórica de los estados modernos, ocupa el lugar de la “promesa de ascenso social”. Se nos dice, con repetición incesante, que “si invertimos el porcentaje adecuado del PBI”, “digitalizamos las aulas” y “extendemos la jornada”, etc, etc, los resultados aparecerán como una consecuencia lógica de esas acciones. Sin embargo, al observar el tablero global —esa inmensa geografía de 48 naciones que hoy celebran la fiesta del fútbol—, los datos nos devuelven una imagen que pone en duda esta fe ciega en la inversión bruta.
Pues sí: existe un “lado oscuro” en la analítica educativa: la estructura. Más allá de cuánto gasta un país, lo que realmente determina su éxito a largo plazo es cómo organiza su diversidad. Desde esta perspectiva la pregunta: ya no es “¿cuánto?”, sino “¿quién se sienta al lado de quién?”. Al someter a las 48 naciones a un filtro de equidad y segregación —ponderando el rendimiento no como un promedio aislado, sino como un producto de la cohesión social—, descubrimos que los sistemas más resilientes no son necesariamente los que tienen los presupuestos más grandes, sino aquellos que han blindado el aula contra la fragmentación social. Lo que demuestra -aunque a alguno le disguste- que los modelos de segregación escolar están hipotecando en el fondo por ruptura de la cohesión social, el futuro de nuestras Democracias.
El mito de la excelencia sin integración
En los últimos tiempos, estamos siendo seducidos todo el tiempo por modelos de competencia. La idea de que el mercado educativo -la libre elección de las familias y la autonomía de las escuela por ahí escuchaste algo de eso últimamente- eleva la calidad general. Y aunque no lo creas esta es una tesis que ha moldeado reformas educativas en todo el mundo en las últimas décadas. Un buen ejemplo: Suecia, otrora el faro de la equidad socialdemócrata, ha sido el caso de estudio más dramático en los últimos años. Al aplicar un enfoque estructural, observamos que el rendimiento académico sueco se mantiene en niveles sólo “Buenos”, pero su Índice de Gorard -que mide la dispersión y la segregación- ha mostrado una degradación constante. ¿Qué ocurrió? La introducción de incentivos de mercado generó una “fuga” hacia escuelas que se especializan en captar a los alumnos con mayor capital cultural. El resultado no fue una mejora general, sino la creación de un sistema de dos niveles, dos velocidades (¿te suena en alguna otra área más allá de lo educativo?): escuelas de élite con alta dotación de recursos y escuelas de “supervivencia” que albergan a la población migrante o a los sectores más vulnerables.
La lección es clara: cuando la educación se trata como un bien de consumo en un mercado competitivo, la segregación no es una falla del sistema, es una característica inherente al diseño (pensá, ¿sólo en lo educativo?). Las escuelas más atractivas “seleccionan” a sus alumnos, mientras que la escuela pública, la única obligada a recibir a todos, se convierte en un depósito de las problemáticas sociales que la política no supo resolver en el territorio.
La trampa del localismo: el modelo de Estados Unidos
No podemos hablar de segregación sin mirar al “gigante del norte”. El sistema de educación estadounidense es, posiblemente, la demostración más cruda de cómo el federalismo mal administrado puede destruir la igualdad de oportunidades. Al atar el presupuesto de las escuelas primarias y secundarias a los impuestos a la propiedad local (property taxes), el Estado ha garantizado, por ley y por tradición, que el código postal sea el destino educativo del niño. Las escuelas se financian a partir de esos impuestos que son recaudados a nivel local y estatal.
Es una forma de “apartheid financiero” sutil pero devastadora. Si usted vive en un barrio próspero, su escuela contará con laboratorios de última generación, docentes con doctorados y programas de artes. Si vive a pocos kilómetros, en una zona deprimida, la escuela será un edificio en deterioro con alta rotación docente. Debido a estas brechas, muchos estados han implementado políticas de ecualización o nivelación. Estas medidas buscan redistribuir parte de los fondos estatales para garantizar un piso de inversión por estudiante, mitigando así las desventajas de los distritos escolares con menor recaudación inmobiliaria.
Bajo nuestro índice de equidad y segregación, Estados Unidos cae de las primeras posiciones. ¿Cómo puede un sistema considerarse de alta calidad si su excelencia está confinada a los distritos con mayor poder adquisitivo? La segregación, en este eje, actúa como un techo de cristal para la movilidad social.
La “Doble Vía” latinoamericana: una fractura institucional
Aquí entramos en el territorio que nos duele. América Latina ha consolidado un esquema de “doble vía” que no solo es pedagógicamente ineficiente, sino políticamente peligroso. En nuestro análisis, países como Argentina, Brasil y México aparecen con puntajes de equidad que deberían activar todas las alarmas.
La “doble vía” no es simplemente la existencia de escuelas privadas y escuelas públicas. Es la fragmentación de la experiencia compartida. En Argentina, el sistema público ha quedado, en gran medida, como el último refugio de la contención social, mientras que la educación privada se ha transformado, entre otras cosas, en un mecanismo de distinción social para las clases medias y medias-altas, muchas veces independientemente de la calidad académica que se imparta. No todas las privadas son iguales y algunos muchos casos aunque son en calidad similares a la pública garantizan servicios que la pública no logra, haciendo que las familias las elijan también por una organización del tiempo familiar: “papá y/o mamá necesitan trabajar” y si la escuela pública “no me ofrece ese ‘espacio y tiempo’ en donde dejar a mi hijo”, cualquier privada que lo haga, ‘no importa su calidad’, gana en esta contienda.
Lo que este modelo de análisis estructural revela es que hemos dejado de formar ciudadanos para formar “sectores”. Cuando el hijo del trabajador y el hijo del profesional no se cruzan en el mismo espacio-aula, el sistema pierde su mayor activo: la socialización en la diferencia. La escuela debe ser el lugar donde las distancias sociales se acorten. En cambio, en nuestra región, la escuela se ha convertido en el espacio donde esas distancias se certifican. Esta fragmentación tiene consecuencias cognitivas: sin una base de experiencias compartidas, es imposible construir acuerdos nacionales sobre políticas de largo plazo. Vivimos en el mismo territorio, pero educamos en países distintos.
La resiliencia como motor: Japón, Canadá y el diseño comprehensivo
¿Por qué Canadá o Japón se mantienen en la cúspide de nuestro ranking? Porque han entendido que la equidad es una decisión técnica, no solo una aspiración política.
En Japón, el sistema de asignación de vacantes y la estandarización de los recursos por escuela —sumado a una cultura de alta expectativa— garantiza que la calidad educativa no sea un privilegio de barrio. En Canadá, el sistema comprehensivo busca activamente integrar a estudiantes de diversos estratos. No es que no existan desigualdades socioeconómicas en estos países; es que el sistema educativo por lo menos no se encarga de amplificarlas, sino todo lo contrario.
El éxito de estos países reside en que el “ancho de banda” mental del estudiante no se consume en la lucha por la supervivencia o por la distinción. La escuela, en sus diseños, es un lugar de encuentro donde el capital cultural se distribuye de manera más democrática. La equidad, vista así, es la mayor medida de eficiencia: ahorra al Estado la gestión de los conflictos que genera una sociedad dividida.
Hacia una política correctiva: rompiendo la inercia
Si aceptamos que el diseño estructural es un predictor del fracaso, entonces la política educativa del futuro no debe centrarse únicamente en el presupuesto, entre otras estrategias, sino en la ingeniería de la mezcla. ¿Cómo corregir la doble vía en América Latina sin caer en la desinversión ni en el autoritarismo?
- Redistribución del capital docente: No basta con pagar mejores salarios. Hay que incentivar a los docentes más capacitados y con mayor experiencia para que lideren los proyectos educativos en las zonas de mayor vulnerabilidad. Hoy, el sistema premia a los mejores docentes con mejores entornos de trabajo, reforzando la desigualdad. Debemos invertir esa lógica.
- Circuitos escolares mixtos: Debemos transitar hacia modelos donde la escuela estatal recupere su prestigio a través de una oferta pedagógica que, por excelencia, obligue a los sectores medios a volver a integrarse. El Estado debe garantizar una infraestructura de primer nivel en los barrios más postergados, no por caridad, sino por convicción de que la mezcla social eleva el nivel de todos.
- Gestión de la diversidad: Es necesario abandonar la idea de que la “calidad” se mide solo en el puntaje de una prueba estandarizada. Los sistemas exitosos evalúan el valor agregado: “¿qué tanto logró mejorar ese alumno, dadas sus condiciones iniciales?”. Si no ponderamos la equidad en nuestras métricas, seguiremos premiando a las escuelas que “seleccionan” alumnos exitosos en lugar de las que “forman” mejores alumnos.
Cualquier política debería tener como mínimo entre sus acciones estas tres (como seguramente otras más que podrían debatirse, diseñarse e implementarse) teniendo como eje central esa reingeniería del sistema.
El aula como horizonte democrático
La educación es, en su esencia, una apuesta contra la fatalidad. El análisis que hemos realizado —una radiografía de 48 naciones que hoy se miran al espejo en los estadios de fútbol del Mundial 2026— nos devuelve una verdad incómoda: ningún país puede llamarse “educado” si su sistema escolar replica o amplifica las desigualdades de la cuna.
La segregación es una forma de violencia silenciosa que le dice a los chicos y chicas, desde su primer día de clase, cuál es el techo de su destino. El reto de la próxima década debe ser, por lo tanto, una tarea de reconstrucción de lo común. Debemos dejar de ver a las escuelas como islas de excelencia en un mar de miseria, o como refugios de clase, y entenderlas como el tejido conectivo de una nación.
Si queremos cambiar el destino de nuestros países, el de Argentina, el primer paso es volver a sentar a todos alrededor de la misma mesa, en el mismo salón de clases, jugar en el mismo patio escolar, en la misma escuela. Porque una sociedad que no aprende junta, difícilmente podrá caminar hacia el mismo futuro. La calidad, en última instancia, no es algo que se “compra” sólo con un mayor porcentaje del PBI; es la construcción colectiva donde el talento y la oportunidad no dependan del apellido o el lugar de nacimiento, sino del esfuerzo en un campo de juego común. La misma cancha, el mismo “Mundial”…
Cuadro adjunto del ránking “Mundial 2026: equidad y segregación”

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