El Primer Ministro Canadiense, Mark Carney, planteó en Davos una tesis incómoda: no hay transición; hay ruptura. Cuando “la integración se convierte en fuente de subordinación”, el mundo deja de funcionar como mercado y pasa a funcionar como campo. Aranceles, infraestructura financiera y suministros se usan como coerción.
Carney propuso una respuesta de “realismo de valores”: sostener principios (soberanía, integridad territorial, derechos humanos, prohibición del uso de la fuerza salvo lo previsto por la Carta de la ONU) y, al mismo tiempo, actuar con pragmatismo, coalición por coalición, tema por tema. Su frase más filosa fue otra: “si no se está en la mesa, se está en el menú”.
Argentina llega a ese escenario con una opción explícita: alineamiento con Estados Unidos como eje de política exterior. Milei lo formuló en abril de 2024, en Ushuaia, junto a la jefa del Comando Sur: sostuvo que la soberanía no se defiende con aislacionismo, sino con “alianzas estratégicas” con quienes comparten una visión “occidental”, y que el “mejor recurso” para defender la soberanía consiste en reforzar la alianza con Estados Unidos.
Un alineamiento con beneficios visibles
El alineamiento dejó resultados tangibles. En noviembre de 2025, la Casa Blanca anunció un “marco” para un acuerdo bilateral de comercio e inversión, presentado como parte de una “alianza estratégica”.
En el plano financiero, la relación mostró un rasgo inusual: intervención directa de la Secretaría del Tesoro de Estados Unidos en mercados argentinos. Compró pesos en el mercado spot y en el “blue chip swap”, y que trabajaba sobre mecanismos de apoyo vía el Exchange Stabilization Fund. En enero de 2026, distintos medios afimaron que Argentina repagó el uso de esa línea, presentado por Washington como un éxito económico y político.
Para un gobierno que ordena su programa económico bajo restricciones externas (reservas, refinanciaciones, acceso a crédito), ese tipo de respaldo equivale a oxígeno. En el corto plazo, mejora la expectativa de financiamiento y reduce la probabilidad de sobresaltos, aun cuando no resuelva el problema de fondo: la consistencia macro se sostiene con resultados propios, no con auxilios externos.
El costo del esquema: vulnerabilidad concentrada
El punto de Carney no fue moral; fue operativo. Afirmó que, cuando “las grandes potencias” usan la integración como arma, la soberanía deja de estar garantizada por reglas y pasa a depender de la capacidad de resistir presión. Y advirtió que negociar solo de forma bilateral con una hegemonía implica hacerlo “desde la debilidad”: se compite por ser el más acomodaticio.
Para Argentina, esa advertencia tiene traducción concreta. Una política exterior centrada en un único ancla aumenta el costo de un cambio de humor en Washington, de un conflicto comercial, o de una demanda estratégica ajena a los intereses nacionales. En el mundo que describe Carney, el instrumento no es únicamente el arancel: también son la infraestructura financiera, la tecnología, el crédito y la logística.
Además, la alineación tiende a ordenar votos y gestos. En 2024, Milei removió a la canciller Diana Mondino tras el voto argentino en la ONU sobre el embargo a Cuba, en un episodio que se leyó como prueba de la prioridad de la relación con Estados Unidos y del intento de disciplinamiento interno de la diplomacia. La decisión de trasladar la embajada argentina en Israel a Jerusalén en 2026, también en línea con la sintonía política con Washington e Israel.
Ese patrón tiene una consecuencia práctica: reduce la flexibilidad. En un tablero de rivalidad entre grandes potencias, es imprescindible tener capacidad de maniobra. Su ausencia paga con credibilidad, con consistencia y, sobre todo, con diversificación.
Principios fijos, pragmatismo amplio
Se hace necesaria una hoja de ruta que no niegue la afinidad con Occidente, pero evite convertirla en dependencia. Carney enumeró tres reglas: “nombrar la realidad” (admitir que el orden de reglas ya no funciona como antes), “actuar de forma consistente” (aplicar los mismos estándares a aliados y rivales) y “construir fortaleza doméstica” para reducir vulnerabilidad a represalias.
Trasladado a Argentina, una política exterior alternativa podría adoptar cinco líneas.
Primero, consistencia de principios. Soberanía e integridad territorial como eje (incluida la cuestión Malvinas por vía diplomática y multilateral), rechazo del uso de la fuerza fuera de la Carta de la ONU, y defensa de derechos humanos con criterio parejo, sin excepciones por afinidad. La coherencia no garantiza resultados, pero reduce el precio de la contradicción.
Segundo, diversificación como política de Estado. “Diversificar” no es solo prudencia económica: es la base material de una política exterior con margen. Para Argentina significa ampliar mercados y financiamiento sin romper con nadie: Estados Unidos y la Unión Europea, pero también Asia; no por romanticismo, por cobertura de riesgo.
Tercero, “geometría variable” en coaliciones. Carney propuso coaliciones diferentes para problemas diferentes: minerales críticos, inteligencia artificial, comercio plurilateral, seguridad regional. Argentina tiene activos para ese esquema: alimentos, energía, minerales, capacidades satelitales, ciencia antártica. Esos activos se vuelven palanca si se conectan con acuerdos por tema, no con alineamientos totales.
Cuarto, región como plataforma, no como lastre. En un mundo de bloques, el aislamiento regional encarece todo: inversión, logística, negociación comercial. La alternativa no requiere idealizar la integración, pero sí usar Mercosur como base de negociación y, cuando no alcance, complementarlo con acuerdos puntuales y pragmáticos.
Quinto, soberanía material. El Primer Ministro explicó en DAVOS que “un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones”. Para Argentina, soberanía material equivale a infraestructura (puertos, ferrocarriles, energía), previsibilidad regulatoria, financiamiento sostenible y una diplomacia profesional con capacidad técnica. Sin esa base, la política exterior queda reducida a gestos.
El alineamiento ofrece accesos y apoyos. La alternativa no consiste en desalinearse, sino en evitar que una relación se convierta en destino. El mundo que más favorece a Argentina es aquel donde los países intermedios sobreviven cuando dejan de simular autonomía y empiezan a construirla.












