Va mejorando el clima de negocios en Argentina

Al principio, “las relaciones de Néstor Kirchner con la comunidad negocios eran frías. El presidente la había tratado mal en su campaña”. Las cosas mejoran, explica Anthony Smith (“New York Times”) en el artículo que se resume abajo.

“Populista de izquierda, el presidente sostenía que el colapso de
2001/2, el cese de pagos y la dolorosa devaluación resultaban de una década
de corrupción y excesos del libre mercado. Su oponente, Carlos Saúl
Menem, que había abierto demasiado la economía en los años
90”.

Por ende, “al asumir el cargo, Kirchner se negó a compensar a bancos
y servicios, mayormente de propiedad extranjera, por pérdidas sufridas
a raíz de esa devaluación, a principios de 2002. Hizo frente al
Fondo Monetario Internacional, que exigía una disciplina fiscal más
estricta que la requerida en el decenio anterior y políticas pro mercado
(no obstante, logró asistencia de la entidad). Por fin, irritó
a los tenedores extranjeros de bonos ofreciéndoles reconocer apenas 25%
del capital adeudado”.

Pero, en los últimos meses, “Kirchner inició una serie de
encuentros con altos ejecutivos, exhibiendo un tono conciliador en público
y en privado. Inclusive, elogió a algunos de los servicios privatizados
que solía demonizar”.

Según el analista Miguel Kíguel, ex funcionario menemista hoy
en la consultora financiera NuVerse, “se notan cambios. El presidente recibe
a banqueros y directivos”. Entretanto, apunta Smith, “la firmeza ante
grandes empresas, los mercados, el FMI y últimamente el gobierno norteamericano
-a quienes muchos argentinos culpan por algunos de sus padecimientos económicos-
le ha valido de Kirchner tasas de aprobación pública cercanas
a 70%”.

En la nueva tesitura, “también corteja a las clases medias endureciéndose
ante las casi diarias protestas izquierdistas que trastornan el tránsito
y las actividades en el centro de Buenos Aires. Si bien la economía empieza
a abandonar una depresión que se prolongó cuatro años,
los pobres salen a las calles debido al alto desempleo que, tras un récord
de 21,5% (mayo de 2002), sigue por encima de 17%”.

A juicio de Oscar Vicente (Petrobrás), que conoce a Kirchner desde hace
quince años, “su clave es el pragmatismo político, no la
ideología. Inicialmente, necesitaba tomar distancia de la comunidad empresaria
para ordenar prioridades. En aquel momento, cada sector quería que resolviese
primero sus problemas. Ahora, parece que trata de crear un marco estable en
términos de impuestos, precios, normas y regulaciones. Pero no es antiempresario”.

Aun con señales de reactivación, “hay una desesperante falta
de inversiones -subraya Smith- para consolidar el repunte. Por ahora, las arcas
tienen suficiente para financiar gastos sociales y asistir a unos 20 millones
-más de 50% de la población- que ganan menos de treinta dólares
mensuales. Pero esos fondos están porque Argentina aún no paga
intereses y servicios de una deuda titulizada por US$ 88.000 millones”.

En verdad, el producto bruto interno tal vez haya recobrado casi 8% en 2003.
Pero “ese guarismo se empequeñece ante la contracción de
20% acumulada de 1998-2002. Mientras, las disputas en torno de servicios privatizados
ha congelado tres años las inversiones y, sin fondos frescos, las prestaciones
podrían colapsar”.

Empresarios y banqueros, “habituados a los tejes y manejes de Menem, se
desorientaban ante las críticas de Kirchner a la economía de mercado.
También se quejaban de su falta de experiencia internacional y visión
estratégica. Decían -prosigue el columnista neoyorquino- que,
cuando gobernaba Santa Cruz, tendía a manejar esa provincia petrolera
de la Patagonia como feudo personal”. (Smith no explica que Menem hacía
lo mismo en La Rioja).

Otro factor que molesta a los hombres de negocios es su entorno de comprovincianos.
El articulista cita a Alberto Fernández (jefe de gabinete), Julio De
Vido (Planeamiento) y Oscar Parrilli (secretario de presidencia). Aun admitiendo
esas cosas, para Vicente “los tratos con el entonces gobernador Kirchner
eran difíciles, pero transparentes. Tenía el laudable hábito
de respetar compromisos y reglas de juego”

Luis Pagani (Asociación Empresaria Argentina), que inicialmente desconfiaba
del presidente, lo definió hace poco como “el hombre adecuado para
resolver los problemas nacionales”. También cree que Kirchner “comienza
a sentirse cómodo con ejecutivos, aunque todavía desconfíe
de Wall Street y muchas multinacionales”.

Obviamente, la comunidad internacional de negocios le paga con la misma moneda.
“Como presidente, debiera ofrecer a los CEO que lo visitan una imagen de
confianza, transparencia y seguridad jurídica”, señala Federico
Thomsen, consultor de varias compañías extranjeras. “La gente
aún no sale de su despacho con esa impresión”.

Al respecto, Smith recuerda que, “durante una gira europea para obtener
apoyo financiero e inversiones, el presidente desairó a empresarios en
París y Madrid, diciéndoles que Argentina no precisaba su ayuda.
Jacques Chambert-Loir, del gigante petrolero Total, encontró difícil
creer que hubiese dicho eso en serio”.

Sea como fuere, “la percepción que tiene Washington sobre Kirchner
no ha cambiado. Rogelio Noriega, subsecretario para Latinoamérica, recomendó
esta misma semana a Buenos Aires encarar seriamente sus problemas de endeudamiento
y no seguir acercándose a la Cuba de Castro”. Voceros del departamento
de Estado convalidaron las polémicas expresiones del funcionario.

Sin embargo, en Argentina “un puñado de firmas está colocando
capitales, para satisfacción de Kirchner. Cuando César Alierta
(Telefónica de España) anunció inversiones por US$ 700
millones en cuatro años, el presidente fue claro: ésa es la clase
de empresarios que se necesita para generar crecimiento industrial”.

En el mercado, apunta Smith, “pocos analistas se animan a presumir si
la nueva actitud del gobierno se mantendría en caso de surgir nuevos
problemas. Por ahora, empero, cada vez más líderes locales de
negocios le conceden el beneficio de la duda. Como dice Kíguel, el presidente
está adaptándose a su papel y parece orientarse hacia lo pragmático”.

“Populista de izquierda, el presidente sostenía que el colapso de
2001/2, el cese de pagos y la dolorosa devaluación resultaban de una década
de corrupción y excesos del libre mercado. Su oponente, Carlos Saúl
Menem, que había abierto demasiado la economía en los años
90”.

Por ende, “al asumir el cargo, Kirchner se negó a compensar a bancos
y servicios, mayormente de propiedad extranjera, por pérdidas sufridas
a raíz de esa devaluación, a principios de 2002. Hizo frente al
Fondo Monetario Internacional, que exigía una disciplina fiscal más
estricta que la requerida en el decenio anterior y políticas pro mercado
(no obstante, logró asistencia de la entidad). Por fin, irritó
a los tenedores extranjeros de bonos ofreciéndoles reconocer apenas 25%
del capital adeudado”.

Pero, en los últimos meses, “Kirchner inició una serie de
encuentros con altos ejecutivos, exhibiendo un tono conciliador en público
y en privado. Inclusive, elogió a algunos de los servicios privatizados
que solía demonizar”.

Según el analista Miguel Kíguel, ex funcionario menemista hoy
en la consultora financiera NuVerse, “se notan cambios. El presidente recibe
a banqueros y directivos”. Entretanto, apunta Smith, “la firmeza ante
grandes empresas, los mercados, el FMI y últimamente el gobierno norteamericano
-a quienes muchos argentinos culpan por algunos de sus padecimientos económicos-
le ha valido de Kirchner tasas de aprobación pública cercanas
a 70%”.

En la nueva tesitura, “también corteja a las clases medias endureciéndose
ante las casi diarias protestas izquierdistas que trastornan el tránsito
y las actividades en el centro de Buenos Aires. Si bien la economía empieza
a abandonar una depresión que se prolongó cuatro años,
los pobres salen a las calles debido al alto desempleo que, tras un récord
de 21,5% (mayo de 2002), sigue por encima de 17%”.

A juicio de Oscar Vicente (Petrobrás), que conoce a Kirchner desde hace
quince años, “su clave es el pragmatismo político, no la
ideología. Inicialmente, necesitaba tomar distancia de la comunidad empresaria
para ordenar prioridades. En aquel momento, cada sector quería que resolviese
primero sus problemas. Ahora, parece que trata de crear un marco estable en
términos de impuestos, precios, normas y regulaciones. Pero no es antiempresario”.

Aun con señales de reactivación, “hay una desesperante falta
de inversiones -subraya Smith- para consolidar el repunte. Por ahora, las arcas
tienen suficiente para financiar gastos sociales y asistir a unos 20 millones
-más de 50% de la población- que ganan menos de treinta dólares
mensuales. Pero esos fondos están porque Argentina aún no paga
intereses y servicios de una deuda titulizada por US$ 88.000 millones”.

En verdad, el producto bruto interno tal vez haya recobrado casi 8% en 2003.
Pero “ese guarismo se empequeñece ante la contracción de
20% acumulada de 1998-2002. Mientras, las disputas en torno de servicios privatizados
ha congelado tres años las inversiones y, sin fondos frescos, las prestaciones
podrían colapsar”.

Empresarios y banqueros, “habituados a los tejes y manejes de Menem, se
desorientaban ante las críticas de Kirchner a la economía de mercado.
También se quejaban de su falta de experiencia internacional y visión
estratégica. Decían -prosigue el columnista neoyorquino- que,
cuando gobernaba Santa Cruz, tendía a manejar esa provincia petrolera
de la Patagonia como feudo personal”. (Smith no explica que Menem hacía
lo mismo en La Rioja).

Otro factor que molesta a los hombres de negocios es su entorno de comprovincianos.
El articulista cita a Alberto Fernández (jefe de gabinete), Julio De
Vido (Planeamiento) y Oscar Parrilli (secretario de presidencia). Aun admitiendo
esas cosas, para Vicente “los tratos con el entonces gobernador Kirchner
eran difíciles, pero transparentes. Tenía el laudable hábito
de respetar compromisos y reglas de juego”

Luis Pagani (Asociación Empresaria Argentina), que inicialmente desconfiaba
del presidente, lo definió hace poco como “el hombre adecuado para
resolver los problemas nacionales”. También cree que Kirchner “comienza
a sentirse cómodo con ejecutivos, aunque todavía desconfíe
de Wall Street y muchas multinacionales”.

Obviamente, la comunidad internacional de negocios le paga con la misma moneda.
“Como presidente, debiera ofrecer a los CEO que lo visitan una imagen de
confianza, transparencia y seguridad jurídica”, señala Federico
Thomsen, consultor de varias compañías extranjeras. “La gente
aún no sale de su despacho con esa impresión”.

Al respecto, Smith recuerda que, “durante una gira europea para obtener
apoyo financiero e inversiones, el presidente desairó a empresarios en
París y Madrid, diciéndoles que Argentina no precisaba su ayuda.
Jacques Chambert-Loir, del gigante petrolero Total, encontró difícil
creer que hubiese dicho eso en serio”.

Sea como fuere, “la percepción que tiene Washington sobre Kirchner
no ha cambiado. Rogelio Noriega, subsecretario para Latinoamérica, recomendó
esta misma semana a Buenos Aires encarar seriamente sus problemas de endeudamiento
y no seguir acercándose a la Cuba de Castro”. Voceros del departamento
de Estado convalidaron las polémicas expresiones del funcionario.

Sin embargo, en Argentina “un puñado de firmas está colocando
capitales, para satisfacción de Kirchner. Cuando César Alierta
(Telefónica de España) anunció inversiones por US$ 700
millones en cuatro años, el presidente fue claro: ésa es la clase
de empresarios que se necesita para generar crecimiento industrial”.

En el mercado, apunta Smith, “pocos analistas se animan a presumir si
la nueva actitud del gobierno se mantendría en caso de surgir nuevos
problemas. Por ahora, empero, cada vez más líderes locales de
negocios le conceden el beneficio de la duda. Como dice Kíguel, el presidente
está adaptándose a su papel y parece orientarse hacia lo pragmático”.

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