lunes, 9 de febrero de 2026

“Si no corrige el rumbo, el gobierno le haría mucho daño al liberalismo, a la centroderecha, por tercera vez”

Joaquín Cottani, ex secretario de Política Económica del actual equipo, advirtió que el programa perdió consistencia externa: déficit de cuenta corriente cercano a 2% del PBI y reservas netas negativas. Su diagnóstico enlaza la desinflación con un tipo de cambio atrasado y con antecedentes que terminaron en crisis.

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El diagnóstico de Joaquín Cottani —ex viceministro de Economía y secretario de Política Económica hasta mediados de 2024— volvió a poner el foco donde los programas argentinos suelen tensionarse: el frente externo. En su planteo, el equilibrio fiscal funciona como condición necesaria, pero no alcanza si la economía se queda sin divisas y sin reservas operativas. 

El punto de partida es numérico y, a la vez, político. Cottani ubicó el desequilibrio externo en torno de 2% del PBI: un déficit de cuenta corriente equivalente a unos US$ 15.000 millones en 2025, con perspectivas similares o superiores en 2026.  En paralelo, las reservas netas siguen en terreno frágil: bajo la metodología que utiliza el FMI, el Banco Central cerró 2025 con un rojo de US$ 14.100 millones.

El déficit externo como alarma temprana

Un déficit de cuenta corriente de 2% del PBI no es, por sí solo, una sentencia. Pero en Argentina funciona como un test de consistencia: si el sector externo demanda financiamiento y el país no accede de modo estable a los mercados, el ajuste se traslada al tipo de cambio, a la actividad o a ambos.

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En esa lógica, el desequilibrio externo opera como señal adelantada de un problema más clásico: el atraso cambiario. No se trata solo del dólar nominal, sino del tipo de cambio real (la relación entre precios domésticos y externos) y de su impacto sobre importaciones, turismo, servicios y expectativas. Cottani reconoció que el tipo de cambio real multilateral se corrigió en los últimos meses —“se devaluó un 20% desde abril”, afirmó—, pero insistió en que el tipo de cambio sigue en el centro del problema macro. 

Cuando el déficit externo aparece antes de que las reservas se recompongan, el programa queda expuesto: necesita dólares para sostener la estabilización, pero no logra acumularlos con velocidad suficiente.

Reservas negativas y margen de maniobra

El segundo dato del diagnóstico es el que limita la política económica cotidiana. Con reservas netas negativas según el método del FMI, el margen de maniobra se acota: la capacidad de enfrentar shocks, sostener un esquema cambiario o despejar vencimientos queda más dependiente de flujos transitorios, regulaciones y refinanciaciones. 

En ese punto, la lectura de Cottani conecta con un dilema recurrente: si la desinflación descansa en un ancla cambiaria (tipo de cambio que corre por detrás de los precios), la economía suele comprar estabilidad en el corto plazo a costa de acumular tensiones externas. Es una secuencia conocida: el dólar “calma” precios, pero empeora el saldo externo; luego, el salto cambiario que corrige el frente externo reabre la nominalidad.

El exfuncionario fue explícito sobre el vínculo entre desinflación y tipo de cambio: sostuvo que, si el IPC no converge, no será por la metodología, sino porque “algo falló” en el programa, y planteó la necesidad de un “sinceramiento cambiario” con impacto sobre precios. 

La desinflación que no termina de consolidar

El Gobierno logró una desaceleración marcada desde los picos de 2024, pero el tramo final de la desinflación se volvió más difícil. Los datos oficiales muestran que, hacia el cierre de 2025, la inflación mensual se mantuvo en la zona de 2,5%–2,8%: 2,5% en noviembre y 2,8% en diciembre, con una variación acumulada anual de 31,5%. 

Ese escalón suele ser el más exigente. La razón es la inercia: contratos, tarifas, salarios y márgenes empresariales que ajustan con rezago, aun cuando la política fiscal sea más estricta.

En el debate público, el Gobierno atribuye el proceso de desinflación a la disciplina fiscal y monetaria. Cottani no discute la relevancia del equilibrio fiscal, pero subraya su límite: “condición necesaria, pero no suficiente”.  La suficiencia, en su diagnóstico, la define el frente externo: sin reservas y con déficit de cuenta corriente, la nominalidad queda expuesta a una corrección cambiaria.

Los antecedentes: Martínez de Hoz y la convertibilidad

El planteo de “atraso cambiario + déficit externo + reservas débiles” remite a dos episodios que marcaron a la centroderecha económica argentina.

El primero es el ciclo de fines de los años 70, asociado a la “tablita” cambiaria del equipo de José Alfredo Martínez de Hoz: un esquema de devaluación preanunciada que buscó quebrar expectativas inflacionarias. La secuencia incluyó apreciación real, endeudamiento y una salida desordenada cuando el financiamiento se volvió insuficiente.

El segundo es la convertibilidad: un régimen de tipo de cambio fijo que estabilizó precios con rapidez y reorganizó la economía, pero acumuló déficit externo y rigidez macro. El final —crisis de balanza de pagos, deuda y colapso del régimen— dejó un costo político duradero para cualquier agenda que se presentara como “liberal”.

En la lectura de Cottani, el riesgo del presente no es repetir mecánicamente esos modelos, sino reproducir la lógica de fondo: utilizar al tipo de cambio como instrumento principal de desinflación sin respaldo suficiente de reservas y sin correcciones consistentes en el sector externo.

El costo político de una inconsistencia macro

El cierre del diagnóstico fue una advertencia que excede la macroeconomía y entra en el terreno del legado. En su formulación, si el programa no corrige el rumbo externo y la dinámica cambiaria, el costo no recaerá solo sobre el Gobierno: se trasladará al campo ideológico que lo sostiene.

“Si no corrige el rumbo, el gobierno le haría mucho daño al liberalismo, a la centroderecha, por tercera vez”.

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