En La tempestad, Shakespeare pone en boca de uno de los marineros, llamado Paroles, una frase que quedaría entre las más memorables del Bardo:
“Es lo que digo yo, desahuciados Galeno y Paracelso, a buen fin, no hay mal principio”.
¿Me pregunto si esta poética observación es válida para la medicina argentina?
Cabe preguntarnos si es viable la pregunta o habría que cambiar el orden de los factores (que acá altera al producto) y sostener: “si no hay buen principio, probablemente tampoco haya un buen final”.
Todas las partes relacionadas con la medicina son poco optimistas sobre el presente y adivinan un futuro incierto.
Hace años que los números no le cierran ni al Estado, ni a los gerenciadores, ni a los prestadores. Tampoco los usuarios están muy contentos. ¿Quién está peor? ¿Los prestadores o los gerenciadores? ¿Quién acompañará a William a terapia intensiva?
Pero este no es un concurso de desgracias (aunque tenga mi opinión formada sobre quiénes son los grandes perdedores), es la búsqueda de opciones realistas a un problema que implica un deterioro de la salud de los argentinos. Un sistema puesto a prueba por años, pero que no es cauto continuar forzando porque, cuando estalle, va a ser difícil de rearmar.
El sistema ha sido victimizado por una infraestructura redundante, burocrática y extractiva, acosada por deudas impositivas y abusada por posiciones dominantes que mantienen un status quo con connotaciones suicidas.
Hay más de cinco mil clínicas que están en peligro de quiebra (informe del 25 de diciembre de 2025 de la UAS, si no se renueva la emergencia sanitaria).
Esas clínicas dan trabajo a cientos de miles de trabajadores y dan cobertura a millones de argentinos.
¿Cómo pretenden que esas clínicas se modernicen, den buenas prestaciones y contención a los pacientes, si su futuro es, en el mejor de los casos, incierto?
Para hacer más oscuro el panorama, a lo largo del año la inflación fue del 32%, mucho mejor que años precedentes, pero aún con valores muy por sobre los guarismos de Uruguay, Brasil y Chile.
El aumento autorizado a las prepagas fue entre el 22 y el 30%.
Pero esas gerenciadoras solo dieron entre el 10 y el 16% de aumento a lo largo del año a los médicos y demás prestadores.
Los prestadores arrastran aumentos por debajo de la inflación desde antes de 2020.
Así que la desproporción actual con los valores históricos es inmensa.
To be or not to be.
Si bien todos coinciden con la crisis e inviabilidad del sistema, nadie se atreve a poner en práctica una solución de fondo, porque existe una intrincada telaraña de acuerdos de distinta índole que entorpecen cualquier sinceramiento del sistema.
“Siempre he sostenido que la virtud y la astucia dan más crédito que la nobleza…”, dice Shakespeare, aunque en este sistema no siempre haya astucia y poca virtud.
No hay una solución mágica e inmediata; esta es una bomba que hay que desactivar lentamente y con el consenso de las partes. Acá nadie es dueño de la verdad y la solución no se impone a golpes.
En primer lugar, sincerar el compromiso impositivo y aliviar cargas que encarecen la salud. Muchas veces el sistema privado está cubriendo funciones del Estado, que no destina todo lo necesario para mantener una infraestructura moderna a fin de lidiar con la salud de la población.
Por otro lado, vale destacar la tarea de la Superintendencia de Servicios de Salud “limpiando” a obras sociales y prepagas que eran solo sellos de goma.
El camino de reducir la burocracia y la redundancia de servicios administrativos es un camino ineludible para hacer más eficiente al sistema.
Por otro lado, hay que sincerar las prestaciones y actualizar el PMO.
Hoy las exigencias de la atención están marcadas por la litigiosidad, que conduce a una medicina a la defensiva.
Cada día se requieren más estudios de imágenes y exámenes de laboratorio para asegurar el diagnóstico y tratamiento a la altura que el nivel científico requiere.
¿Quién marca la cantidad de estudios necesarios para un diagnóstico? Antes, una apendicitis se operaba por dolor en la fosa ilíaca derecha. Los que tenemos unos años lo vivimos así. Hoy no entra al quirófano si no tiene, por lo menos, un laboratorio, una tomografía de abdomen, y la operación ya no es incisional, sino por laparoscopia.
Es decir que los costos que implican una buena práctica se multiplicaron en los últimos veinte años en forma considerable.
Sin embargo, en Argentina los médicos cobran entre 3 y 4 veces menos que en los países vecinos, y algunas prepagas de primer orden pagan la consulta a los especialistas en valores inferiores a los 5 dólares, cuando en los países vecinos nadie cobra menos de 20 dólares (y siendo muy conservador).
¿Creen que con estas distorsiones tendremos una medicina mejor? Estamos sacrificando calidad y salud.
El sistema sanitario argentino se mantiene a expensas de un esfuerzo descomunal de los prestadores.
Hay un costo de la modernización de la medicina que todos exigen, pero no todos están dispuestos a pagar, y eso va en desmedro de los prestadores.
Las nuevas técnicas y los requerimientos legales exigen esa modernización, pero las distorsiones del sistema y el abuso de posición dominante atentan contra la continuidad y eficiencia del sistema.
A buen fin ¿no hay mal principio?












