Las reformas parciales no aseguran crecimiento sostenido
Esta es la cruda experiencia de México, Brasil y la Argentina en las últimas décadas. A largo plazo los determinantes del crecimiento son factores tales como la educación y las instituciones.

Pero una economía que se encuentre lejos de su potencial por crisis recurrentes, inestabilidad, incertidumbre, distorsión de precios relativos, podría por algunos años crecer a un ritmo inédito, si es que se reorganiza de modo tal que los incentivos queden correctamente alineados. En la Argentina, para lograr ese salto (“
catch up
”), la agenda deberá resolver tres vértices de un triángulo: estabilidad, con progresos ciertos hacia una inflación de un dígito bajo y precios relativos alineados con set mundial; sustentabilidad fiscal, alejando riesgos de
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recuperando capacidad de verdaderas políticas anticíclicas, sin dejar de bajar gasto público y eliminar los impuestos más distorsivos; mayor inserción global, activando incentivos para mejoras continuas de productividad y dejando atrás los cepos al comercio exterior y al mercado de trabajo. Contrariando la teoría de la convergencia, en los últimos cuarenta años, Argentina, México y Brasil, no sólo no han logrado reducir las diferencias de PIB per cápita con los Estados Unidos, sino que éstas se han ampliado. Mientras el PIB per cápita de los Estados Unidos creció a un ritmo acumulativo de 1,7 % anual entre 1980 y 2019, para Brasil y México ese guarismo fue de 0,7 % y para Argentina de sólo 0,5 %. Así lo explica Jorge Vasconcelos, economista del IERAL de la Fundación Mediterránea. La Argentina ha sido “el peor de la clase” en los últimos 40 años, pero México y Brasil, pese a haber logrado estabilidad ambos, y una “apertura exportadora” significativa el país azteca, no se han logrado diferenciar demasiado. Estas crudas experiencias arrojan un racimo de lecciones de extrema utilidad para la agenda de la Argentina. La estabilidad es una condición necesaria pero no suficiente para el crecimiento sostenido. Sin sustentabilidad fiscal de largo plazo, los costos de sostener la estabilidad son crecientes (la abultada deuda pública doméstica de Brasil no es un modelo a seguir), y pueden terminar dinamitando la propia estabilidad. La apertura con sesgo exportador de la economía es necesaria para crecer, pero tienen que darse, al mismo tiempo, las condiciones para un sólido entramado productivo interno, con capacidad para la “creación y difusión de tecnología”, que alimenta Pymes pujantes. Para avanzar en esa dirección, es evidente que se necesita remover los cepos que traban el funcionamiento del comercio exterior y, al mismo tiempo, aquellos que desalientan la formalización de los trabajadores en el mercado laboral. La comparación con Brasil y países del este europeo en la evolución de la participación de las exportaciones en el mercado mundial de productos agroindustriales, de energía y de servicios de industrias del conocimiento es contundente. Bajo condiciones apropiadas, existe amplio margen para recuperar terreno en exportaciones, en cifras que se miden por decenas de miles de millones de dólares. Pero también existe margen de recuperación en el mercado interno, no sólo por la formalización de empleos derivados de un pleno aprovechamiento de las oportunidades de exportación. En materia de crédito doméstico, las familias y las empresas están resultando la “variable de ajuste”. Por la persistencia de elevados déficits fiscales, el ahorro local termina siendo capturado por el Tesoro (deuda interna) y por el Banco Central (Leliq), en detrimento de los préstamos al sector privado.
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