La incertidumbre acorta todavía más el horizonte
La incertidumbre sobre 2022 (y más allá) creció a niveles insospechados. Tras los indicios de que la pandemia del COVID daría un respiro y la perspectiva de una nueva normalidad en la economía, las finanzas, el comercio mundial y el mundo laboral, todo cambió.

Según el editorial que firma Juan Luis Bour en la última edición de Indicadores de Coyuntura, de FIEL, la cruenta invasión de Rusia a Ucrania marca una ruptura del orden institucional internacional de una magnitud no vista en décadas. Frente a una muy baja probabilidad de solución de statu-quo que evite daños mayores y una muy alta probabilidad de un escenario de conflicto permanente, la vida social y económica debe recalibrarse con más razón aun de lo que preveíamos como tiempos “post-pandémicos”. El incipiente proceso de des-globalización que se estaba iniciando por otras razones, ahora recibe combustible nuclear. La primera consecuencia del “nuevo orden” que aún no se ha instalado, pero que probablemente se caracterice por una “grieta” profunda con al menos dos polos bien definidos, es que, en un contexto que incluye la amenaza de destrucciones masivas, el futuro es mucho más incierto que todo lo conocido. Y aun cuando la amenaza nuclear o de extensión geográfica del conflicto no se materialice los recursos inevitablemente se redireccionarán hacia el gasto militar y desarrollos que ahondarán las diferencias de nivel de vida entre y dentro de los países. Es todavía un ejercicio especulativo hablar de ganadores y perdedores en el nuevo escenario, en buena medida porque no lo conocemos. Probablemente, la mayoría absoluta de los seres humanos pierdan no solo por riesgos vitales inmediatos, sino seguramente en términos de bienestar y libertad. Pero para limitarse a la Argentina, los ecos de un escenario de guerra prolongada y amenazas dantescas nos arroja otra vez a un mundo en el que los precios de las materias primas vuelan por un tiempo -quizás corto, quizás no tanto- en un contexto bipolar. Hay poco margen para las “terceras posiciones” que dan rédito en el corto plazo (se venden más caras las materias primas) pero que dejan al descubierto la miseria de asociarse con la escoria humana para “ganar” en el corto plazo, tal como lo hizo el gobierno del general Videla cuatro décadas atrás. Está también el costo de pagar más caro nuestras importaciones, con una factura energética que amenaza con borrar toda mejora que provenga del trigo, el maíz o la soja. Al final del día, la Argentina debería ordenar su economía si es que pretende beneficiarse –aunque sea por un tiempo- de las guerras del mundo. Producir lo que el resto demanda, sin embargo, requiere orden económico, algo de lo que la Argentina carece desde hace mucho tiempo. En vísperas de suscribir un nuevo acuerdo con el FMI que evite un default con el organismo, las expectativas de que dicho acuerdo “ordene” la economía son bajas. La confianza no se construye con un acuerdo que olvida tratar los problemas estructurales de la economía argentina -aunque se proponga evitar prolongar el fenomenal atraso tarifario- y menos aún si una parte de la coalición torpedea toda forma de acuerdo y añora el default. Para salir del selecto grupo de países “parias” se necesita un poco más.
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