La des-globalización es gradual y limitada
El PIB de los emergentes se duplicará en 15 años. El de América latina lo hará en 58 años.

El Fondo Monetario actualizó esta semana sus proyecciones de crecimiento económico global, como lo hace habitualmente en los meses de enero y julio. Mostró allí indicios de una leve desaceleración en la Europa del euro y, lamentablemente, un freno más marcado para las economías latinoamericanas, sobre todo para la Argentina.
Nuestra región sigue siendo la de menor crecimiento en lo que va del siglo XXI. Baste decir que entre 2016 y 2019 los países emergentes de bajos ingresos crecerían un 19,8% -señala Juan José Llach en el editorial del último informe del IAE-, (4,6% anual) y Ãfrica Subsahariana un 12% (2,9% anual), mientras que América latina y el Caribe crecerían apenas 5% (1,2% anual).
En otras palabras, lo que nuestra región crece en 4 años es similar a los que los emergentes de bajos ingresos crecen en uno. Así, mientras su PIB se duplicará en apenas 15 años, el de América latina y Caribe lo hará en 58 años. Este resultado está ciertamente influido por el mal desempeño de cuatro de los cinco países de mayor tamaño de la región. A saber, la tragedia de Venezuela y el muy flojo desempeño de la Argentina, Brasil y México. Esto debería ser un llamado de atención para las dirigencias regionales, como ya lo han hecho diversos electorados latinoamericanos que, cada uno a su modo, votaron en las últimas elecciones principales por cambiar el estado de cosas, como ocurrió en la Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay y México.
También es oportuno recordar que, en la década pasada y pese a contar con el famoso "viento de cola", América latina creció menos que el Ãfrica Subsahariana. ¿Qué le deparará el futuro a nuestra región? Difícilmente el contexto externo será tan favorable como en la década pasada. Es cierto que, como lo venimos sosteniendo desde hace casi dos años, las condiciones financieras estarán marcadas por un cambio de la política monetaria de la Reserva Federal de los EE.UU, con aumentos de las tasas de interés de política monetaria.
Ello hará más difícil el financiamiento externo, tanto para el sector privado como para el sector público, como los estamos viendo claramente los argentinos en los últimos meses. Pero de allí no se seguirá la catástrofe que muchos han pronosticado al suponer que, al mismo tiempo, ocurrirá una apreciación del dólar y una caída de las commodities.
Para que esto ocurra, la inflación en los EEUU debería mantenerse en 2% anual o menos, y lo más probable es que ello no ocurra. Con más inflación, la demanda de dólares o de activos financieros en esa moneda disminuirá, tal como ocurrió entre 2004 y 2008.
Esto puede comprobarse con lo acontecido desde la elección de Trump. El dólar se ha depreciado, levemente, la mayoría de las commodities han subido y lo mismo ha pasado con las bolsas, incluyendo las de varios emergentes. La soja es una de las pocas excepciones a esta tendencia, pero su baja no se ha debido a cuestiones financieras o macroeconómicas, sino a seis años seguidos de buenas cosechas globales y al arancel de 25% impuesto por China a la soja de los EEUU. Casi con seguridad, esta medida terminará beneficiando a la Argentina, pero no ahora.
Este último punto invita a consideraciones finales sobre la "guerra" comercial entre China y los EE.UU. Nuestra impresión es que, como ocurrió con el NAFTA o con la NATO, la táctica de Trump es anunciar iniciativas extremas, y aun rupturas, para aumentar su poder de negociación, situación que, por ejemplo en el caso del NAFTA, lleva ya un año y ocho meses.
Lo más probable es que idénticas estrategia y táctica se usen en el campo más vasto de la globalización comercial y de inversiones. Si es así, tendremos por delante una des- globalización limitada que seguirá ofreciendo grandes oportunidades a la Argentina, pero también nuevos desafíos que obligarán a decisiones y negociaciones internas, porque el margen para la protección doméstica será menor.
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