La decisión de Trump puesta en perspectiva
Es tiempo de hacer un balance algo más sereno. La retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París es muy desafortunada, pero no es el fin del mundo. Algo positivo ha tenido: salvo que aparezcan algunos otros imitadores, el resto del planeta mantiene firme su decisión de luchar activamente contra la degradación climática.
Incluso dentro de Estados Unidos, hay varios estados encabezados por California, que pretenden cumplir, en los términos acordados en la capital francesa por el ex presidente Barrack Obama, las metas sobre combate contra el cambio de clima (llamada "la alianza climática de Estados Unidos").
El envión de París continúa, entre otras cosas, porque los empresarios han descubierto que es un buen negocio operar en el campo de las energías renovables y en de las industrias que las sirven.
A lo cual debe añadirse, en el caso estadounidense, que no hay negocio en los yacimientos casi agotados de carbón, justo cuando hay abundancia de gas provisto por los yacimientos shale.
Para tener una idea de lo que está pasando con lo renovable, basta recordar que la energía solar estadounidense da ocupación al doble de trabajadores que la extracción de carbón.
Entre tanto China que se apresura a tomar un rol de liderazgo en este campo, está disminuyendo las emisiones derivadas de la dependencia carbonífera, pero además logra una posición hegemónica en toda la energía renovable y sus insumos.
El gran efecto de la decisión de Trump, puede ser acelerar la consolidación del estatus de China como superpotencia, sumándole influencia y hasta gravitación moral por su apoyo decidido en temas como el clima.
El análisis final –por ahora- de los analistas de todo tipo, es que la decisión trumpiana dañará la relación con aliados clave, y con muchos de sus actuales socios comerciales. Además de ceder oportunidades económicas que serán aprovechados por terceros países, en especial por China.
Mientras tanto hay un hecho significativo que no debe obviarse. A la misma hora en que Donald Trump anunciaba su decisión de abandonar el acuerdo de París, en los jardines de la Casa Blanca, Angela Merkel saludaba al Primer Ministro chino, Li Que Kiang, en el aeropuerto de Berlín. Durante la ceremonia, ambos dignatarios permanecieron sobre una alfombra roja, convenientemente recortada para semejar una enorme flecha que apuntaba al este y no al oeste.
Una clara separación de la prolongada relación entre germanos y estadounidenses.
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