Japón: Shinzo Abe quiere cambiar la constitución

Sucesor de Junichiro Koizumi al frente del oficialismo hegemónico, el dirigente nacionalista es virtualmente el próximo primer ministro. A la derecha de su antecesor, su programa inquieta a China, Taiwán, Surcorea y Rusia.

21 septiembre, 2006

El miércoles 20, Shinzo Abe obtuvo amplia mayoría y encabezará el partido Demoliberal, dueño del poder desde la posguerra. A causa, precisamente, de la constitución pacifista impuesta en 1947 por el general George Marshall. Parece irónico que el futuro primer ministro se proponga reformar esa misma carta, pero para rearmar al imperio. La amenaza nuclear norcoreana y la inepcia geopolítica de George W.Bush le vienen como anillo al dedo.

Con sólo 52 años, será el jefe de gobierno más joven de la posguerra y el primero nacido después de la rendición ante EE.UU. Con una plataforma marcadamente nacionalista, reivindica las viejas glorias militares. Entre ellas, la victoria sobre Rusia en 1905 (le valió las islas Kuriles y Karafuto o Sajalin. También suele mencionar los repetidos triunfos sobre el Reino del Medio. Desde la conquista de Corea y Taiwán en 1895 hasta la creación de Manchukuo y la ocupación de media China en 1932-44.

En lo político, Abe es más conservador aún que Koizumi. Naturalmente, buscará endurecerse ante Norcorea, presionando a Beijing, Moscú y Washington. Respecto de la constitución, pretende reemplazarla por otra, que permita fuerzas armadas regulares y participar en “misiones exteriores en forma flexibles. No podemos seguir eternamente –suele decir- al amparo de la VI flota”.

Por el momento, EE.UU. festeja la llegada del belicoso dirigente. Pero, como es habitual en la Casa Blanca de Bush, pierde de vista las consecuencias a largo plazo. Una de ellas será acotar la influencia norteamericana en el Pacífico occidental, exactamente lo que ciertos voceros informales del Pentágono –por ejemplo, George Friedman- temen de China.

Otro efecto puede ser que, al final, Beijing, Tokio y Moscú coincidan en la exclusión norteamericana de la vasta zona. En primer lugar, China es ya el principal socio económico de Japón, más allá de veleidades patrióticas. En segundo, Rusia aspira a ser proveedor clave de hidrocarburos a sus dos vecinos orientales. Ese cuadro va en contra de la declinante influencia occidental en una inmensa región que incluye Indochina y recorta el “lebensraum” de Australia (que dependen de exportaciones a Japón).

Un resorte autoritario de la vieja constitución obra en favor de Abe. La jefatura del oficialismo y la elección de primer ministro se hacen en dos ámbitos cerrados, la junta del partido y el parlamento. El voto popular tiene escaso peso y, además, los japoneses actuales se dividen en dos clases: los mayores de 30/35, muy conservadores, y los jóvenes, a quienes la cosa pública no les interesa, pues están absortos en una ”galaxia tecnológica” bastante autista.

En materia económica, financiera e industrial, Abe continuará a Koizumi, cuya gestión ha seducido a los mercados. Éstos tampoco suelen notar sutilezas políticas ni sociales. Valga un ejemplo: en un estudio sobre clima de negocios, hecho por una consultoría privada para el Banco Mundial y empleado para vapulear al gobierno argentino, Tailandia figura entre los mejores países para invertir. Pero el golpe militar acaeció en Bangkok. No en Buenos Aires.

Al menos en lo formal, Tokio promoverá un papel internacional más activo e intentará mejorar relaciones con China, Vietnam, Taiwán y Surcorea. Pero éstas se agriaron justamente porque Koizumi y Abe visitan con regularidad el santuario de Yakusuni, en memoria de los militares que perecieron hasta 1945. Su nómina incluye criminales de guerra, los mismos que una eventual reforma educativa presentará como héroes de la nación.

El miércoles 20, Shinzo Abe obtuvo amplia mayoría y encabezará el partido Demoliberal, dueño del poder desde la posguerra. A causa, precisamente, de la constitución pacifista impuesta en 1947 por el general George Marshall. Parece irónico que el futuro primer ministro se proponga reformar esa misma carta, pero para rearmar al imperio. La amenaza nuclear norcoreana y la inepcia geopolítica de George W.Bush le vienen como anillo al dedo.

Con sólo 52 años, será el jefe de gobierno más joven de la posguerra y el primero nacido después de la rendición ante EE.UU. Con una plataforma marcadamente nacionalista, reivindica las viejas glorias militares. Entre ellas, la victoria sobre Rusia en 1905 (le valió las islas Kuriles y Karafuto o Sajalin. También suele mencionar los repetidos triunfos sobre el Reino del Medio. Desde la conquista de Corea y Taiwán en 1895 hasta la creación de Manchukuo y la ocupación de media China en 1932-44.

En lo político, Abe es más conservador aún que Koizumi. Naturalmente, buscará endurecerse ante Norcorea, presionando a Beijing, Moscú y Washington. Respecto de la constitución, pretende reemplazarla por otra, que permita fuerzas armadas regulares y participar en “misiones exteriores en forma flexibles. No podemos seguir eternamente –suele decir- al amparo de la VI flota”.

Por el momento, EE.UU. festeja la llegada del belicoso dirigente. Pero, como es habitual en la Casa Blanca de Bush, pierde de vista las consecuencias a largo plazo. Una de ellas será acotar la influencia norteamericana en el Pacífico occidental, exactamente lo que ciertos voceros informales del Pentágono –por ejemplo, George Friedman- temen de China.

Otro efecto puede ser que, al final, Beijing, Tokio y Moscú coincidan en la exclusión norteamericana de la vasta zona. En primer lugar, China es ya el principal socio económico de Japón, más allá de veleidades patrióticas. En segundo, Rusia aspira a ser proveedor clave de hidrocarburos a sus dos vecinos orientales. Ese cuadro va en contra de la declinante influencia occidental en una inmensa región que incluye Indochina y recorta el “lebensraum” de Australia (que dependen de exportaciones a Japón).

Un resorte autoritario de la vieja constitución obra en favor de Abe. La jefatura del oficialismo y la elección de primer ministro se hacen en dos ámbitos cerrados, la junta del partido y el parlamento. El voto popular tiene escaso peso y, además, los japoneses actuales se dividen en dos clases: los mayores de 30/35, muy conservadores, y los jóvenes, a quienes la cosa pública no les interesa, pues están absortos en una ”galaxia tecnológica” bastante autista.

En materia económica, financiera e industrial, Abe continuará a Koizumi, cuya gestión ha seducido a los mercados. Éstos tampoco suelen notar sutilezas políticas ni sociales. Valga un ejemplo: en un estudio sobre clima de negocios, hecho por una consultoría privada para el Banco Mundial y empleado para vapulear al gobierno argentino, Tailandia figura entre los mejores países para invertir. Pero el golpe militar acaeció en Bangkok. No en Buenos Aires.

Al menos en lo formal, Tokio promoverá un papel internacional más activo e intentará mejorar relaciones con China, Vietnam, Taiwán y Surcorea. Pero éstas se agriaron justamente porque Koizumi y Abe visitan con regularidad el santuario de Yakusuni, en memoria de los militares que perecieron hasta 1945. Su nómina incluye criminales de guerra, los mismos que una eventual reforma educativa presentará como héroes de la nación.

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