Japón: ¿prosperar olvidando la historia o aprovechándola?
Japón soportó varios cimbronazos desde 1990. Varias industrias se reorganizaron cortando costos. El trabajo de por vida declina. Pésimos créditos eliminaron bancos vía fusiones. Algunos negocios descubren las bondades de las tomas hostiles.
Fiel a su ortodoxia maltusiana, el columnista francés Guy de Jonquières –en su peculiar inglés- recomienda precarización laboral, F&A y compras accionarias hostiles cuando ha fracasado la gestión. “Quienes sobrevivan serán, sin duda, más ágiles y livianos. Muchas manufacturas japonesas han reforzado su presencia global mjorando eficiencia, management y tecnología”.
Pero no le alcanza al experto, porque “mucho ha consistido en podar ramas podridas, sin plantar brotes sanos. Ese país es como un discípulo de Josef Schumpeter que haya aprendido la destrucción masiva, pero aún no la reconstrucción creativa”. El analista omite que esta tarea no le cupo al maestro germano, sino a John Maynard Keynes, tabú para el neomonetarismo y afines.
En Japón, por cierto, pocos concurrentes dinámicos han tomado el lugar de los fracasados ni han hecho punta en nuevos mercados o segmentos. Los más exitosos –Softbank, juegos cibernéticos, animación, celulares- llevan ya casi veinte años de actividad.
Entretanto, postula Jonquières, el país sigue dividido en dos economías: el sector exportador, repleto de estrellas mundiales, y el resto, consistente en agro, comercio, pequeñas y medianas empresas. En general, operan hacia dentro, en un mercado bastante protegido de competencia exógena y saturado de regulaciones. “En términos norteamericano, muestran gran déficit de productividad”. Pero el experto omite explicar que, a su vez, las pautas estadounidenses son muy poco comunes en el mundo.
Con crecimiento lento –pero Japón estuvo años sin expandirse-, menos exportaciones a China, un dólar barato y escaso margen para estímulos fiscales o monetarios, la recuperación depende de reactivar áreas selectas vía microrreformas. El propio gobierno lo admite.
Debe reconocerse que Junichiro Koizumi ha hecho mucho más que sus antecedores para impulsar derregulaciones. En 2001, puso en marcha medidas que van de rebajar costos de iniciar negocios a establecer zonas económicas menos reguladas. Pero los resultados han sido parciales y no hay perspectivas claras. Koizumi no será primer ministro toda la vida y, según la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE, otro reducto mercantilista), la efectividad de las reformas exige encararlas a largo plazo. En todo caso, los recientes estímulos industriales no nacen de iniciativas oficiales, sino del temor a una crisis.
Muy bien, pues ¿de dónde saldrá el ímpetu necesario? Curiosamente, una fuente promisoria reside en el mayor reto del futuro: el cambio demográfico. Como en otros países prósperos, la creciente demanda de una población que envejece (atención médica y otras prestaciones sociales), junto con una fuerza laboral declinante, amenaza con desbordar la capacidad estatal en la materia.
James Kondo (universidad de Tokio) opina que esas presiones obligarán a buscar mejores formas de prestar servicios y crear oportunidades para el sector privado. Por supuesto, sin el grado de codicia y abusos típico de la farmoquímica y la atención médica en Estados Unidos.
Ahora bien ¿qué le sucederá al modelo japonés? Desde la reforma Meiji (1868/73), que modernizó casi de golpe el poder, la economía y la sociedad, los japoneses han privilegiado los intereses comunes. A partir de la II guerra mundial, el objetivo trascendente fue industrialización y reconstrucción: el japonés, como el alemán, vivía para trabajar. Hoy, muchas encuestas señalan que –al menos en estamentos urbanos de buenos ingresos- la gente quiere distenderse y gozar de la vida. Pero, claro, la contracción laboral (factor típico de las reformas que pide Jonquières) frustraría esas aspiraciones.
Menos ortodoxo, Kondo cree que, si siguen creciendo las clases pasivas y los estamentos ociosos –cuyos efectos en términos de violencia urbana y suicidios colectivos están en las noticias-, las consecuencias socioeconómica serán de largo aliento. En lo cotidiano, aumentará la demanda para una amplia gama de bienes y servicios de uso final, que irán más allá de pasatiempos populares, turismo, etc.
Por supuesto, Jonquières y Kondo hablan de soluciuones a largo plazo. Pero los intentos de romper con el pasado sólo funcionarán si acompañan la demanda y las aspiraciones de un público que, como el germano, no quiere rromper del todo con su propia historia.
Fiel a su ortodoxia maltusiana, el columnista francés Guy de Jonquières –en su peculiar inglés- recomienda precarización laboral, F&A y compras accionarias hostiles cuando ha fracasado la gestión. “Quienes sobrevivan serán, sin duda, más ágiles y livianos. Muchas manufacturas japonesas han reforzado su presencia global mjorando eficiencia, management y tecnología”.
Pero no le alcanza al experto, porque “mucho ha consistido en podar ramas podridas, sin plantar brotes sanos. Ese país es como un discípulo de Josef Schumpeter que haya aprendido la destrucción masiva, pero aún no la reconstrucción creativa”. El analista omite que esta tarea no le cupo al maestro germano, sino a John Maynard Keynes, tabú para el neomonetarismo y afines.
En Japón, por cierto, pocos concurrentes dinámicos han tomado el lugar de los fracasados ni han hecho punta en nuevos mercados o segmentos. Los más exitosos –Softbank, juegos cibernéticos, animación, celulares- llevan ya casi veinte años de actividad.
Entretanto, postula Jonquières, el país sigue dividido en dos economías: el sector exportador, repleto de estrellas mundiales, y el resto, consistente en agro, comercio, pequeñas y medianas empresas. En general, operan hacia dentro, en un mercado bastante protegido de competencia exógena y saturado de regulaciones. “En términos norteamericano, muestran gran déficit de productividad”. Pero el experto omite explicar que, a su vez, las pautas estadounidenses son muy poco comunes en el mundo.
Con crecimiento lento –pero Japón estuvo años sin expandirse-, menos exportaciones a China, un dólar barato y escaso margen para estímulos fiscales o monetarios, la recuperación depende de reactivar áreas selectas vía microrreformas. El propio gobierno lo admite.
Debe reconocerse que Junichiro Koizumi ha hecho mucho más que sus antecedores para impulsar derregulaciones. En 2001, puso en marcha medidas que van de rebajar costos de iniciar negocios a establecer zonas económicas menos reguladas. Pero los resultados han sido parciales y no hay perspectivas claras. Koizumi no será primer ministro toda la vida y, según la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE, otro reducto mercantilista), la efectividad de las reformas exige encararlas a largo plazo. En todo caso, los recientes estímulos industriales no nacen de iniciativas oficiales, sino del temor a una crisis.
Muy bien, pues ¿de dónde saldrá el ímpetu necesario? Curiosamente, una fuente promisoria reside en el mayor reto del futuro: el cambio demográfico. Como en otros países prósperos, la creciente demanda de una población que envejece (atención médica y otras prestaciones sociales), junto con una fuerza laboral declinante, amenaza con desbordar la capacidad estatal en la materia.
James Kondo (universidad de Tokio) opina que esas presiones obligarán a buscar mejores formas de prestar servicios y crear oportunidades para el sector privado. Por supuesto, sin el grado de codicia y abusos típico de la farmoquímica y la atención médica en Estados Unidos.
Ahora bien ¿qué le sucederá al modelo japonés? Desde la reforma Meiji (1868/73), que modernizó casi de golpe el poder, la economía y la sociedad, los japoneses han privilegiado los intereses comunes. A partir de la II guerra mundial, el objetivo trascendente fue industrialización y reconstrucción: el japonés, como el alemán, vivía para trabajar. Hoy, muchas encuestas señalan que –al menos en estamentos urbanos de buenos ingresos- la gente quiere distenderse y gozar de la vida. Pero, claro, la contracción laboral (factor típico de las reformas que pide Jonquières) frustraría esas aspiraciones.
Menos ortodoxo, Kondo cree que, si siguen creciendo las clases pasivas y los estamentos ociosos –cuyos efectos en términos de violencia urbana y suicidios colectivos están en las noticias-, las consecuencias socioeconómica serán de largo aliento. En lo cotidiano, aumentará la demanda para una amplia gama de bienes y servicios de uso final, que irán más allá de pasatiempos populares, turismo, etc.
Por supuesto, Jonquières y Kondo hablan de soluciuones a largo plazo. Pero los intentos de romper con el pasado sólo funcionarán si acompañan la demanda y las aspiraciones de un público que, como el germano, no quiere rromper del todo con su propia historia.
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