¿Hay un regreso a la pre-globalización?

Están ocurriendo hechos trascendentes, aquí y afuera. Algunos de ellos adquieren notoriedad, ocupan la primera plana de los diarios, y son motivo de análisis y extensos debates en los distintos medios; otros pasan inadvertidos.

Por Alberto Ford

 

Se registren o no, esos eventos marcan el ritmo y dan tono a los acontecimientos. Por ejemplo, la semana pasada, en Baden-Baden, Alemania, tuvo lugar un encuentro de ministros de finanzas y presidentes de bancos centrales de los integrantes del G20. La sombra de Trump terminó condicionando los resultados: en contra de los principios del Grupo y por imposición de la delegación norteamericana, de la declaración final fue excluida la habitual condena al proteccionismo.

¿Un regreso a la pre-globalización? En verdad no hay ninguna marcha atrás y todo lo que hace el presidente de pelo color zanahoria está totalmente en línea con la última fase de la globalización, la que se propone incluir a los que todavía no se han beneficiado con sus frutos.

Eso vale para la política de inmigración, la vuelta de capitales, recuperar parte de la industria nacional, y la compulsiva construcción de infraestructura, una política esta última de neto corte neo-keynesiano. Cosas que también pasan aquí, salvo el proteccionismo que tendrá un tratamiento distinto. Así, mientras nuestro país comienza a poner trabas a la inmigración descontrolada, los capitales regresan raudos para ser invertidos (el blanqueo a un tris de finalizar alcanza la friolera de U$S 100.000 millones); los planes de infraestructura ya en construcción no tienen antecedentes en la historia por tres razones de peso: su envergadura, la lógica sistémica con que están concebidos, y la transparencia de las contrataciones.

Al mismo tiempo, se trata de ir abriendo nuestra economía al mundo sobre la base de la competitividad y la innovación.  El proteccionismo, causante principal de la agobiante decadencia argentina, irá siendo desactivado. Todo esto pasa en un ambiente enrarecido. El gobierno de Cambiemos tiene más consenso afuera que adentro. Hay un desgaste por la metabolización de la herencia, no solo del peronismo; también proveniente de toda una historia de desaciertos (la decadencia educacional es uno de los ejemplos más dramáticos). Pero se están tomando medidas inéditas referidas al sindicalismo corrupto y al empresariado prebendario las que no dejan de tener su costo político. A pesar de todo el “desorden”, los melones se irán acomodando con el andar: el triunfo de Cambiemos en las elecciones de este año será la consecuencia de una combinación virtuosa y sinérgica de esa no fácil de encasillar constelación de factores.

 

La marcha de la globalización

 

La victoria de Donald Trump ha disparado una nueva situación en el mundo. El escenario abierto, aun en despliegue, aparenta ser de mayor trascendencia que el vivido a partir de la crisis del 2008. Se cuestionan valores establecidos como la apertura de las sociedades nacionales. Cunden las amenazas contra los inmigrantes y se levantan vallados para impedir su libre circulación. En el plano de la retórica se discute sobre el significado de nociones comúnmente aceptadas en el mundo de hoy. Un caso flagrante es el de la globalización. Cabe la pregunta: ¿se puede retroceder de un cambio que ya lleva más de cuatro décadas, lo que ha dado lugar a un mundo consolidado notoriamente por encima de los estados nacionales?

Un semanario alemán publicó a fin del año pasado un texto conjunto de Merkel y Obama, en el que afirman que “hoy nos encontramos en una encrucijada: el futuro está sobre nosotros, y nunca volveremos a una economía pre-globalizada…” Seguidamente, la canciller remarcó en una conferencia de prensa que “no volveremos a los viejos tiempos” con referencia a ese estado potencial de “pre-globalización”, una tipificación conceptual sin duda referida a las amenazas preelectorales de Trump. Las preocupaciones, expresada a ese nivel, ameritan algunos comentarios.

La globalización (G, desde ahora) es un emergente multidimensional en el transcurso de la sociedad humana. Como tantas otras eras (edades) de las que nos cuenta la historia, tiene antecedentes que facilitan su alumbramiento. Es un producto de la revolución científico- tecnológica. Son dos las disciplinas de mayor protagonismo en el proceso de gestación: las matemáticas y la computación. En el momento que esas herramientas permiten elaborar modelos de alcance planetario, ser procesados (simulados), y dar lugar a modelos operativos (hojas de ruta), se hace posible el gerenciamiento compartido de los recursos del mundo necesarios para la vida.

Es ahí donde nace G. Esa sinergia de matriz transdisciplinaria y alto potencial intelectual toma forma en la década de los setenta del siglo pasado, en el momento en que el ser humano sale del seno materno y comienza a internarse en el espacio celeste. En ese sentido G es un cuerpo vivo: nace, crece y se desarrolla. Al igual que nosotros, no puede regresar a la vida intrauterina. El sentido común y un abordaje científico lo certifican. Último y no menos importante, el 80% de la producción mundial de bienes y servicios, está globalizada. Esa masa actúa transfrontera, sus estacionamientos son blancos móviles, y no pueden ser afectados desde la ciudadela nacional. Es una incumbencia del G20 que desde 2008 viene dedicando buena parte de sus preocupaciones para controlar ese desenvolvimiento.

 

Proteccionismo y crecimiento

 

El proteccionismo no es malo en sí mismo como lo es su uso indiscriminado (transitorio/permanente). Igual que los cuidados a un bebé, la industria naciente amerita ser incubada con los cuidados que ello reporta. Por su parte, la producción global se debate en una crisis de crecimiento: cuánto robotizar sin perder consumidores. Es una paradoja. Las paradojas no tienen solución en el plano en que se revelan. Se hace necesaria la configuración de otro plano donde las variables enfrentadas puedan discurrir: es el de la vuelta al trabajo nacional en su medida y armoniosamente. Sin abdicar de la tecnología (hoy las zanjas se hacen con retroexcavadoras).

Trump conduce una ambulancia que se propone levantar los heridos que dejó el brutal traspaso de áreas productivas íntegras de EE.UU a China en los inicios de la G. ¿Era dable pensar que esa movida que se fue dando a partir de los años setenta -sin duda la mayor operación logística de la historia- no tendría costos?

Los excluidos aportaron fuertemente a la victoria de Trump. Sin embargo, el estado de un sector social en esas condiciones no es el mismo en los EE.UU que en Ãfrica por más que el descontento no tenga fronteras. En materia de malestar, el continente negro está en el podio: contiene una mayoría de los 700/1000 millones de indigentes que en el mundo aún no han tenido acceso a los frutos de la globalización (por cierto no a la telefonía móvil -lo cual no es poco- pero sí a una vida sustentada en la generación de recursos proveniente del trabajo digno y no en la dádiva populista).

Entonces, el foco en la pobreza lo pone el G20. De su agenda, la situación del continente negro es el único tema que rompe con una tradición de no involucrarse en cuestiones no fundamentales. Sin duda, Ãfrica es una metáfora. En otro trabajo hemos visto como los chinos financian y construyen infraestructura en las costas del Ãndico como parte de una apuesta estratégica. Al mismo tiempo, ocupa una parte medular del discurso del Papa Francisco, y su movida –interpretada no pocas veces solo desde la forma- transita principalmente por ese andarivel pastoral.

Todo este proceso tiene una lógica sistémica que, a pesar de su enorme complejidad, cae por su propio peso. Descorriendo los velos de una realidad a veces esquiva, veremos que en su transcurso los asuntos globales por venir estarán fuertemente condicionados por este objetivo de auto-interés de la producción global por incorporar a todos los seres humanos como consumidores.

 

Repercusiones locales

 

Argentina va en contracorriente. Mientras que en otros lugares se amenaza con el cierre de las economías, en nuestro país se viene dando una política de creciente apertura. No es para menos. La decadencia nacional de los últimos 80 años, de la que hemos empezado a salir con Cambiemos, se puede medir en términos concretos. Los números no mienten.

Nuestro país ocupa el primer lugar global (somos los campeones) en materia de proteccionismo. En general hay una tendencia a abrir las economías desde 2008. No es nuestro caso. Sobre todo en el último período, donde el mundo relevante nos fue dando la espalda. Sin embargo, sería limitado culpar de ello solo al peronismo aunque, huelga decirlo, el partido de Perón ha sido el adalid en materia de aislamiento y conflictividad internacional.

El vector de la decadencia, ha atravesado horizontalmente durante la última parte de nuestra historia, en mayor o menor medida, la casi totalidad de las gestiones habidas desde los años treinta del siglo pasado. La responsabilidad no ha sido del “populismo” –un concepto viral multipropósito usado como atajo para eludir el análisis serio de los problemas- sino de una forma de pensar que aún sigue siendo preponderante en nuestro medio: la que deriva de una concepción nacionalista burguesa del desarrollo.

No siempre revelado con nitidez –tal vez debido a que ha caído en desuso como marco teórico-, el nacionalismo burgués es la ideología que identifica a las élites de nuestras principales corporaciones: sindicatos, empresarios, fuerzas armadas, sistema político, medios de comunicación, iglesia, sistema académico, etc. Eso se pondría en evidencia, por ejemplo, con una simple encuesta de posicionamiento frente al estado y sus funciones.

El proteccionismo -enemigo de la innovación de una industria que reniega de aprovechar nuestras ventajas comparativas y competitivas- ganaría por afano. Igual resultado se obtendría con una ponderación colectiva de otras variables: producción sustitutiva (ignorando irresponsablemente la división internacional del trabajo), defensa del empleo público (atentando contra la inversión y la creación de trabajo genuino y sustentable), centralismo causante de desequilibrio territorial y demográfico, estado empresario (defensa irracional de las empresas del estado), desidia en la diagramación de un esquema de transporte moderno, docentes sin vocación de actualizar un sistema obsoleto a los que les interesa solo el sueldo, aquiescencia en torno de prácticas corruptivas a todo nivel… y la grilla de factores causantes de la decadencia nacional podría continuar.

Estamos en el fin de un ciclo que ha grabado en forma indeleble las huellas de la renuencia al progreso en el imaginario de una parte sustancial de la sociedad.

 

Dos posiciones enfrentadas

 

La virulencia, el desorden, la irracionalidad y el sinsentido de las luchas de estos días, son una manifestación de lo anterior: un enfrentamiento entre una posición ideológica aún mayoritaria, encarnada en los promotores de dichas luchas, y otra en proceso de gestación –en el gobierno, y en importantes sectores de la clase media en la ciudad aunque no con perfiles del todo nítidos como sí lo son los del campo- pero que sin embargo tiene desplegados los alerones en el sentido de G. Y ese posicionamiento en las relaciones de fuerzas preanuncia un desenlace más temprano que tarde…

El gobierno tiene que ganar tiempo para llevar adelante un proyecto tendiente a globalizar la Argentina. Para ello debe mantener la paz social y dar todo lo necesario para administrar los conflictos inevitables (como lo viene haciendo al punto de que ahora se hace más “asistencialismo” que antes). Pero hay una diferencia. Una cosa era el desenfreno K en el reparto irresponsable de recursos a costa de las reservas del Banco Central para favorecer “el consumo como motor” de la economía. Y otra, en un curso de estabilización y crecimiento como el actual, pilotear la situación con endeudamiento, sintiendo el aval y la contención internacional.

De cualquier manera, el crecimiento del déficit fiscal con Cambiemos no es inmanejable (es bastante menor al de Brasil y a nivel global se sitúa en la franja del medio junto a países como España, India, Japón, Rusia, etc.).

Se dice que no hay inversiones. El año pasado solo a proyectos energéticos se destinaron U$S 6.000 millones y este año U$S 10.000 millones.

El blanqueo de capitales, alentado por los Panamá Papers y otros mecanismos de transparencia global, hizo posible el regreso al país de la friolera de U$S 120.000 millones que ahorristas, especuladores y ladrones nacionales habían expatriado en los últimos años.

Esos dólares no se pueden guardar en el colchón ni mantenerlos improductivos en cajas de seguridad. La secuencia es la siguiente. Primero la compra de bonos, acciones y propiedades. Luego la construcción de diversas formas de infraestructura con financiamiento privado y público-privado según los mecanismos aprobados por ley para ese tipo de proyectos conjuntos. Finalmente, vendrán los emprendimientos para la producción de bienes y servicios. Ese proceso ya se ha puesto en marcha. Aunque, se sabe, hay un pero: si bien los inversores están a la espera del juzgamiento y posterior encierro de Cristina Fernández –como alertó Felipe González a Macri en el último viaje presidencial a la madre patria- finalmente los procedimientos tendrán el corolario que estamos anhelando.

En todo caso, desde el momento del anuncio de una inversión destinada a proyectos de bienes y servicios (que son los que interesan porque crean trabajo) hasta que la producción se pone en marcha hay una serie de pasos ineludibles que llevan su tiempo.

El triunfo de Cambiemos en la elecciones de medio término, que tendrán lugar en la segunda parte del año, se sustentará en la sinergia generada por una combinación virtuosa de diversos factores de procedencia exógena y endógena. El resultado agudizará la crisis del peronismo que se dirige inexorablemente a su desaparición, un final previsto desde hace algunos años en distintos trabajos de mi autoría. El peronismo de Cristina ha devenido en una cristalización que se irá esmerilando con los sucesivos turnos electorales. Dejando al kirchnerismo de lado por su carácter residual, el resto de los peronistas (con los que tendremos que convivir por un tiempo mayor que con el menemismo) con intención de salvarse, tendrán que tener paciencia: este año ni siquiera podrán mostrar cabezas de lista competitivas.

Massa y Randazzo son vulnerables por su participación ominosa en los gobiernos kirchneristas. Hasta donde se ve, Urtubey se reservará; tiene mejores perspectivas de crecimiento que ningún otro peronista de los que se ofrecen hoy en el mercado de las candidaturas. Sin embargo, con el tiempo, el peronismo se terminará sublimando en un polo en el que convivirán todos los que hoy se van nucleando alrededor del massismo, sumados a no-peronistas del andarivel progresista.

Son sectores que hoy están desconcertados por la inevitabilidad de un cambio que no terminan de asumir y entender, aunque intuyen que también los afectará. Pero ese producto ya no será peronismo explícito según lo concibieron sus padres fundadores. Los partidos, grupos y personalidades que lo integren solo podrán ejercer su identidad en tanto la asuman como parte de un sistema coherente pero diversificado, al estilo de lo que ya ocurre con Cambiemos.

El proceso refundacional abierto en nuestro país no tiene retorno. El día que alguien se decidiera a cambiar las cosas de fondo sin necesidad de una nueva batalla de Caseros (ya hemos sufrido suficiente violencia), la resistencia sería enconada pero sin destino. Ese día ha llegado.

 

 

 

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