En vísperas de otra cumbre, poco entusiasmo en el G-20
Las brillantes expectativas de la reunión anterior (Londres, abril) contrastan con el clima de saturación previo al 24 y el 25. Entonces, occidente anunciaba el fin de la recesión y la crisis financiera. Ahora no hay un tema tan mediático.
<p>Según analistas más o menos ortodoxos, el grupo se ha desbordado. O puede achicarse, si el francés Nicolas Sarkozy impone su última idea, el “grupo de catorce”. Sea como fuere, unos treinta dirigentes convergirán en Pittsburgh. Pese a sus problemas de imagen (cedió de 51 a 46% en varios sondeos), Barack Obama compartirá las candilejas con el chino Hu Jintao.<br />
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También no sería difícil que surja otro dúo de estrellas geopolíticas, Sarkozy y Luiz Inácio da Silva. Por ende, quienes busquen figurar deberán acercarse a una de ambas parejas. Sin duda, sólo eso faltaba para desinflar el “viejo” g-8 (Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Rusia, Gran Bretaña, Canadá e Italia). El G-14 añadiría Brasil, India, México, Australia, Argentina y Sudáfrica. <br />
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Quienes organizan el encuentro temen que sea pálido, algo que es en parte inevitable. En la reunión de abril, subsistían riesgos de que la crisis sistémica occidental condujera a una depresión estilo años 30. Pero el punto más peligroso parece haber quedado atrás. <br />
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Ahora se avecina el aburrido rediseño de un sistema financiero confiable. Por ejemplo ¿cómo sostener una recuperación apoyada en el sector público? se preguntan los monetaristas, que nunca se meten con el sector privado. ¿Cuán rápido podrán los gobiernos disciplinar la banca? inquieren los estructuralistas.<br />
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Para disgusto de los primeros, las estrategias de salida elaboradas para el g-20 por Econfin (ministros económicos o financieros de la Eurozona) pivotean en la regulación de instrumentos especulativos (derivados) y remuneraciones para banqueros u operadores privados. En resumen, septiembre será un ejercicio de coordinación poco favorable al “libre mercado”.<br />
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Por cierto, el mutuo reconocimiento de intereses comunes por ambos dúos (EE.UU.-China, Francia-Brasil) resulta en particular clave. Pero Occidente no sale todavía de la recesión y la transición a la normalidad será tarea dura, poco simpática. En este plano, hay incógnitas sobre cómo Washington y Beijing evitarán nuevos desequilibrios económicos. <br />
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Entretanto, otros debates típicos del G-20 –cambio climático, proliferación nuclear, recursos renovables- resaltan las tensiones entre dos megatendencias mundiales. Por una parte, el surgimiento de potencias como China, India, Brasil o Rusia. Por otra, la creciente interdependencia que disminuye, aun en EE.UU. la capacidad de actuar por cuenta propia (punto que irrita a neoconservadores, especialmente latinoamericanos). <br />
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El resultado es una puja entre fuerzas centrífugas inherentes a un sistema multipolar y centrípetas, asociadas a la interdependencia. Giovanni Grevi (instituto para estudios sobre seguridad, Unión Europea) define ese perfil como “mundo interpolar”. El neologismo suena bien, pero no explica cuál de ambas megatendencias prevaldrá.</p>
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